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Nada es lo que parece

Los desalmados

Podría haber dicho insensibles. O indiferentes, o impasibles, o inconmovibles. O pervertidos, o depravados, o envilecidos. Pero no. Todas estas palabras están referidas al carácter y a la moralidad. Por consiguiente, no son suficientes cuando se trata de calificar las acciones y no sólo las sensibilidades y los valores.
 
El diccionario define desalmado como inhumano. Digamos, alguien que fue humano y que, como resultado de la crueldad de sus acciones contra otros seres humanos, ya no forma parte de la humanidad. Se ha degradado a tal punto que ha dejado de ser lo que fue.
 
Los mitos de origen nos cuentan esas definiciones de humanidad. En el mundo occidental es el mito de Caín -digamos el primer Estado-: aquel que mató a su hermano -digamos la sociedad- para despojarlo de todo el poder que éste representaba. El mito sumerio -esa cultura que dio origen al mundo occidental porque inventó el Estado y la escritura-, a su vez,  cuenta que Gilgamesh (metáfora del Estado) buscó la inmortalidad -la deshumanización- para redimirse de la muerte de su amante Enkidu (la sociedad). Una lectura del mito de origen aymara podría decirnos que Wiracocha crea el Estado y lo establece sobre la Pachamama -la sociedad-. Estos mitos narran dos paradojas: el despojo de la representación directa que la sociedad ejercía sobre sus derechos y el intento imposible de reconstruir la igualdad humana destrozada por la emergencia del Estado. Lo fundamental en los tres casos es que se trata de actos que definen la humanidad restrictivamente (es sólo humanidad aquella que encarga la gestión de sus derechos al Estado) y, por tanto, que expulsan de ese modelo civilizatorio a todos aquellos que no se someten a aquello que, desde entonces, se llamará la ley.
 
Pero lo que no cuentan esos mitos es la degradación del Estado. Esa institución que bajo el manto del bien común usurpa los derechos sociales en beneficio propio. Ese Estado tirano que despoja de sus derechos fundamentales, de su humanidad, a la sociedad que le entregó la administración de esos derechos y que renunció al ejercicio de la fuerza para defenderlos. 
 
Un Estado que pierde su legitimidad porque abandona al pueblo que se la entregó.
 
Este Estado intenta convencernos que él encarna al Estado, al bien común, a la humanidad, y todo aquel que se opone lo hace porque es inhumano -neoliberal, imperial, subvertor, mentiroso, colonial, blanco, etc. Pero sabemos que todos los despotismos que hemos padecido siempre pretenden expulsarnos de la humanidad que ellos usurpan. Y no es la primera vez. Uno de los anteriores -caminarán con el testamento bajo el brazo- era precisamente un acto de extrema crueldad.
 
No cedimos, como tampoco nos resignamos a la degradación muchas veces antes en nuestra historia.  Porque no hay despotismo que dure 100 años. Siempre y cuando defendamos nuestra humanidad de los desalmados. Siempre y cuando mantengamos encendida la tea.

Guillermo Mariaca es ensayista.
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