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Nada es lo que parece

La victoria de los discapacitados

La victoria de los discapacitados
La discapacidad es una consecuencia regular de la pobreza y ciertamente un efecto inevitable de la miseria. Por eso en Bolivia los discapacitados son, en verdad, cientos de miles, no sólo los 82 .000 "censados” en 2010. Pero los movilizados, los que quisieron movilizarse pero no pudieron, incluso los Judas de siempre que negociaron a las primeras de cambio, fueron pocos. Estos pocos movilizados, entonces, ¿representan algo sustantivo o apenas una demanda marginal? ¿Son nuestra alma más entristecida por la vida que les tocó, o son esos invisibles necesarios para recordarnos nuestros privilegios, o son la última brasa de rebeldía de la tea que no se apagará?

Este Gobierno ganó las elecciones en 2005 porque el primer momento de nuestra democracia había perdido la más importante de las batallas: la batalla moral. La gente dejó de creer que los gobiernos anteriores trabajaban por el bien común y se cansó de entregar su confianza como una inversión sin retorno. Esa misma rebeldía que convirtió el pasado en el lugar de una reiterada frustración depositó en el futuro toda su esperanza. Pero hasta ahí llegamos. Los indígenas del TIPNIS, los ciudadanos de Potosí, los asesinados de El Alto profetizaron a los discapacitados. Los pocos que creímos que llegarían arrastrando 500 kilómetros los recibimos abiertos mientras el Gobierno encarcelaba su propio retazo de legalidad detrás de rejas acorazadas de policías.

Los discapacitados no son invisibles. ¿Cómo podrían serlo si uno de cada 10 bolivianos inevitablemente padece algún grado de discapacidad? Sin embargo, los vemos cada día pero nos negamos a mirarlos. Son una presencia que revela aquello que, en última instancia, son privilegios: sonreír cuando el hijo nace sano; abrazar a la pareja que vuelve agotada para compartir el pan, aunque sea duro, del día; caminar recorriendo nuestros caminos desgraciados, pero caminar; poder mirar la última hierba sobreviviendo en la sequía.

 Los discapacitados nos revelan esos privilegios, con su simple presencia, aún si se los vive como a los leprosos contemporáneos. Aquellos a los que no hay que tocar ni con la mirada.

Entonces llegaron. Y llegaron juntos. Y se reconocieron nuevamente. Y poco a muy poco salimos a tocarlos. La solidaridad con la movilización se convirtió en un abrazo, seguramente escaso, a sus más 140 días de rebeldía.
 
El abrazo tuvo que transformarse en llamados musicales y en gritos políticos para sacar del ahogo a los náufragos.

Los gasificaron, los golpearon, los "neptunearon” y siguieron resistiendo porque vinieron para quedarse.

Su movilización todavía confiaba en el origen moral del Gobierno sin darse cuenta que ese origen se había derrumbado más allá del fondo de su propia corrupción. Que ahora el Gobierno es sólo una horda de politiqueros intentando sacar la cabeza de ese mar de podredumbre en que han convertido al Estado y en el que necesitan hundir al país para convertirnos a todos en cómplices del latrocinio.

Aún en su ingenuidad social, aún en su derrota política, la movilización de los discapacitados es el lugar de una victoria imposible. Esta batalla antigua y de siempre nos revela que quienes la luchan lo hacen para sostener las virtudes elementales del ser humano. Amar, aprender, dialogar. Virtudes menores en todas las épocas imperiales -que son casi todos los tiempos de la historia-, virtudes de aquellos de quienes la historia no registra los nombres, esas virtudes cotidianas que revelan lo mejor de nosotros.

Porque lo que el Gobierno no sabe es que ninguna represión podrá ahogar a los discapacitados. Aunque  su movilización esté siendo derrotada por la inmoralidad del poder y por la cultura del leprosario, los discapacitados saben respirar aire limpio hasta con la cabeza hundida en cualquier mar de podredumbre. 

Ellos son los que verdaderamente no tienen nada que perder. No sólo porque aún si pierden el último retazo de vida estarán heredándonos la más grande lección moral.

Aún si hundidos en el fondo del fondo del naufragio de su movilización, que es la de todos, quedan 10 parapléjicos bailando y 10 ciegos mirándonos cara a cara y 10 downs sonriéndonos, habrán honrado como nadie y como nunca nuestra historia de teas libertarias. Y gracias a los discapacitados sabremos que aún con la espalda del alma rota, hoy, gracias a ellos, somos más libres.

Guillermo Mariaca Iturri 
es ensayista.
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