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Nada es lo que parece

Crónica bahiana antes del carnaval paceño

Crónica bahiana antes del carnaval paceño
Supongo que muchos habrán escuchado eso tan parecido a una egolatría colectiva: Brasil, o pais mais grande do mundo. Creo que finalmente comprendí la sensación que, quizá, podría alimentar semejante confianza nacional en sí mismos. Un amigo paulista "nacionalizado” bahiano me arrastró a escuchar un concierto de un importante percusionista de Bahia y, la noche siguiente, a compartir en una favela una interminable sesión de candomblé kete. El concierto culminaba un encuentro afro y, por tanto, estaban invitados tres grupos musicales: un cubano, un colombiano y un ecuatoriano. Sin embargo, la fuerza de Carlinhos Brown era tan antropofágica, a pesar de su esfuerzo por incluirlos, que el abismo era definitivo. Y la intensidad de los orixas era tan transparente, que nadie podía salir de ese círculo.

Es decir, sentí que el alma no les cabe en el cuerpo. Y no tienen otra manera de expresar ese desborde que cantar que viven en la tierra más grande del mundo. Pero como nadie puede respirar con esa energía que ahoga, la exhalan en música, en baile, en fútbol. En cuerpo que exorcisa su alegría de vivir.

Yo, en cambio, definitivamente andino, apenas podía convertirme en oído en el concierto. O en ojos en el candomblé. Ellos no. Eran una sola y misma cosa mientras sus pies y sus manos eran tambores o mientras contenían con las palmas a los poseídos que les donaban otro día más de convivencia con la naturaleza colectiva. Quizá sea eso lo que expresan como país más grande del mundo. Quizá esa sea la raíz de su alegría desatada en decenas de carnavales.

En el vuelo de retorno estaba a mi lado una alteña de 21 años que tenía una wawa de cuatro y hace cinco que trabaja en Sao Paulo con su esposo (lo dice como si nada) en alguna de esas empresas de costura que han puesto los coreanos. En lo único que se le notaban –apenas, casi nada– esos cinco años de brasilianidad era en detalles  mínimos: ya no eran las trenzas de su cédula de identidad, sino un corte discretísimo; ya no era la manta, sino una blusita –oscura, claro–; ya no era el awayo, sino la cartera de plástico. Pero su acento andino, su reserva de montaña, su gesto sospechoso, su cuerpo tímido, sus preguntas cautelosas de estudiante de primaria, su definitiva ausencia de sonrisa, la delataban. Toda una vida de durísimo trabajo con su wawa, con la máquina del coreano, con la cocina y la ropa y los viernes del marido, no le habían hecho mella. Miraba con la certeza de quien mira la montaña: esa que es ahí y no se mueve.

Fue entonces que comprendí. Que una buena parte de brasileños deben bailar –como quien respira cuando recién nace– la fuerza de sus tantísimas "sambas” con sus tantísimas variantes.
 
Que ese aire no pueden contenerlo, les explota, los inunda, mueve a demasiados con el mismo ritmo. Y en el otro extremo, que una buena parte de andinos somos inconmovibles. Que estamos aquí –donde fuera que sea aquí– como una raíz de piedra.

Unos días antes de viajar a Salvador de Bahía pedí a la persona que me hizo la reserva en el hotel que me den una habitación con vista al mar. Así fue y respiré ese aire de mujer durante 10 días. Delirando con esa intensidad de gestación ininterrumpida, les dije a esos académicos brasileños llegados de todas partes que deseaba tanto que mi país declarara la guerra a su país.
 
En el restringido seminario de cierre del congreso apenas causó algún levantamiento de cejas. A esos segundos de suspenso siguió la explicación: si les declarábamos la guerra ellos nos invadían y nosotros resolvíamos un problemita –el mar– y solucionábamos dos traumas. 

Teníamos mar –un mar bellísimo, además–, éramos pentacampeones y aprendíamos a respirar alegría a pulmón lleno. Les pareció muy bien –excepto lo de pentacampeones, claro– y respondieron que ellos también ganaban montaña, Gran Poder, Tiahuanacu y la belleza del salar de Uyuni. Lo que ya no les dije era que su alegría y la nuestra iban a permanecer divorciadas para siempre.

La muchachita alteña me lo confirmó por milésima vez. Podemos aprender alegría. Pero siempre será diferente. Porque ellos sonríen aunque se estén muriendo de pena. Nosotros no, aunque estemos padeciendo de felicidad.

Guillermo Mariaca es ensayista.
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