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Nada es lo que parece

El indio sintético

El indio sintético
"Los indígenas tenemos derecho a tener campos deportivos con césped sintético”. Esta declaración es una síntesis excepcional de la comprensión que del "indigenismo” y del país tiene el presidente Morales. Cubrir con césped sintético una cancha de fútbol de tierra o de pasto natural cumple simultáneamente dos condiciones del populismo despótico:  disfraza el rostro de la pobreza aparentando progreso y deslegitima  la oposición.

El rostro de Bolivia sigue siendo el rostro de la pobreza. Aunque el discurso gubernamental afirme constantemente que la pobreza ha disminuido del 60% al 38% durante estos 10 años y que durante este mismo lapso de tiempo la pobreza extrema ha caído de 37 a 17%. Ser pobre no sólo significa la incapacidad de satisfacer las necesidades básicas; ciertamente, en este sentido la situación menos mala, aunque esa mejora se deba fundamentalmente a la caridad de los bonos y no a la emancipación ciudadana. Pero la pobreza no se podría reducir a esa perspectiva tan estrecha.

 Supone, por ejemplo, estar excluido de la oportunidad de desarrollar capacidades para desenvolverse productiva y creativamente en la sociedad. En nuestro país la producción y la productividad han disminuido de tal manera que la importación de productos básicos (alimentos, por ejemplo) nos ha convertido en consumidores dependientes de nuestros vecinos. La papa peruana es la única existente en nuestros mercados. La creatividad no tiene casi ningún soporte institucional; las leyes de fomento a la cultura y la creación siguen siendo una excepción.

  La pobreza también supone la limitación institucional que tiene el ciudadano para hacer efectivas las propias reivindicaciones y para ejercer sus derechos. Las únicas reivindicaciones que se realizan en el país son aquellas que le convienen al poder; todas las otras son desechadas o son condenadas. Los derechos humanos -educación y salud, por ejemplo- son conducidos exclusivamente desde una perspectiva subordinada a las urgencias gubernamentales. Los derechos políticos son constantemente negados; sólo el MAS tiene derecho a la política. No en vano una crítica ciudadana al circo del Dakar es respondida "denigrando” esa crítica como política.

Por todo esto, el Gobierno necesita que se entienda que la lucha contra la pobreza es una lucha por las apariencias y los adornos. Mientras derrocha esa extraordinaria cantidad de dinero (130.000 millones de dólares, cuando menos) que ha recibido durante estos 10 años,  como fruto de la casualidad y no por obra de su capacidad de gestión en alfombras persas para el aparato estatal, en fondos indígenas para sus militantes y en baratijas coloniales para la masa, el pueblo se convierte en un consumidor de espejos de colores. Y el mundo indígena recibe canchas de fútbol de pasto sintético. Así comenzó el camino sin retorno de indio natural a indio sintético.

Las canchas de pasto sintético también sirven para deslegitimar  la oposición. Como todo lo que hicieron todos los gobiernos anteriores habría sido corrupto, colonizador y proimperialista, todo debe cambiar. Y ese cambio necesita reunirse en un símbolo altamente visible. Antes eran símbolos del trabajo o del heroísmo, hoy son símbolos mercantiles. Mejor si están identificados con alguna baratija fácilmente asociable a la artificialidad brillosa. Durante la colonia fueron los espejos de colores. Durante esta neocolonia son las canchas de pasto sintético. Claro que, como ahora, la oposición no fue capaz de inventarse ni vidrios de colores, ni pasto sintético, las canchas se han multiplicado como langostas, hasta dar lugar al Museo del Evólatra. Un museo, sin duda alguna, sintético.

 La degradación de los derechos al mero adorno de la diversidad es, seguramente, una de las derrotas mayores de este proceso de cambio que cambió los símbolos heroicos por los símbolos de la banalidad. Al mismo tiempo, sin embargo, revela la impotencia partidaria y política ante el MAS y ante el poder del Estado. La oposición y los ciudadanos tampoco hemos sido capaces de generar una alternativa ni simbólica, ni política. El camino que nos espera es difícil y complejo.
 
Pero queda la certeza de que sustituir el símbolo del indio sintético por un símbolo de futuro ligado a la naturaleza y a los derechos es, cuando menos, más esperanzador.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
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