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Nada es lo que parece

Volver a pensar

Volver a pensar
¿Acaso no se pensó durante estos diez años? Claro que no. Aunque suene imposible, inaudito, paradójicamente impensable. 

 Gran parte del pueblo se ha convertido en cómplice del cinismo. Ni siquiera el espejo de nuestra historia que ahora lo refleja leproso y cobarde es capaz de obligarlo a recuperar la memoria de su rebeldía. Aquellos que hasta ahora eran los peores de todos, aquellos que nos dijeron que anduviéramos con el testamento bajo el brazo, supieron inmediatamente que estábamos dispuestos a caminar con el testamento bajo el brazo porque no nos iban a prohibir caminar.
 
 Hoy éstos, que son definitivamente peores que aquellos, nos dicen que no nos han estafado, que no nos han robado, que no nos han agredido, que no nos han asesinado, que no nos envenenan. Y casi todo el pueblo, aunque a escondidas vote No, agacha la cabeza y les amarra públicamente los huatos. Por eso este poder se sostiene. Porque la mayoría del pueblo admite ser llamado cara conocida. Y no se cabrea.

 Este pueblo protesta en las redes pero no toma las calles, o lo hace una vez al año, convocado por su propia impotencia. Va a San Francisco sabiendo que no tomará el cielo por asalto porque es demasiado trabajo y apenas gritará anónimamente "Evo a Chonchocoro”. Ha confundido la política con la terapia, o ni siquiera, apenas con la catarsis.

 No formo parte de los que creen que es sobre todo el abuso de poder el que nos ha vuelto cobardes, mudos, caras conocidas, amarrahuatos. Por supuesto que este poder canalla ha hecho todo para que nos resignemos, para que hagamos de la impotencia nuestra nueva vocación nacional. Pero la causa de esa mutación de rebeldes a cómplices no es sólo el abuso de poder; este gobierno canalla es apenas el motivo, no la causa profunda. La causa es que habíamos sido fáciles de comprar, que somos baratos. Que nos enorgullecemos con el autotransformer nuevo, con la basura de contrabando que llega a nuestra antena parabólica, con las telas acrílicas de colores en cuanta entrada podemos lucirlas, con la hija bachiller que no sabe leer pero es bachiller.

 Nos enorgullecemos, ostentando que hemos sido estafados y ahora exhibimos nuestras piedritas de colores con que han comprado nuestra epopeya y la hemos convertido en baratija.
 
Éramos un pueblo rebelde y ya no lo somos. Ahora somos un pueblo de cómplices. Y de consumidores de piedritas de colores.

 Pero estamos volviendo a pensar. Todavía, mirando espantados el pozo sin fondo de nuestra complicidad en la degradación intelectual y moral a la que nos arrastró este gobierno. Pero también, recuperando la brasa ardiente de la tea que no se apaga. Todavía atrapados en la palabra hegemónica y la mirada tutelar de su agenda patriótica 20/25 que escribe con la mano del "vivir bien” y borra con el codo de su gestión gubernamental todo lo prometido y por prometer. Pero también sabiendo que nos espera una larga, compleja y muy difícil transición democrática, que deberá estar alumbrada por un horizonte que recupere nuestra historia profunda de comunidades y nuestros mejores diseños de futuro.

 Claro que estamos volviendo a pensar. Y no cuatro gatos desde el escritorio de la clase media intelectual, aunque así parezca por las hojas de vida. Sino cuatro gatos que somos miles, reuniendo la vivencia de muchísimos ciudadanos que comenzamos a recoger la cosecha de nuestra impaciencia. Convertida en palabras, en propuestas, en esperanzas. Porque Volver a pensar no es un libro, es una convocatoria. Primero a pensar. Y después a actuar en consecuencia. (Volver a pensar. Diez voces en clave de futuro. Colectivo Fuerza Ciudadana. Editorial 3600. Febrero 2017).

Guillermo Mariaca Iturrri  es ensayista.
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