La Paz, Bolivia

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Guillermo Mariaca Iturri
Nada es lo que parece

El entierro del último héroe

El entierro del último héroe
Filemón Escóbar fue un hombre de fe. Durante 50  años creyó en la epopeya de los dogmas.
 
Durante  20 en la "complementariedad de los opuestos”. Porque aún si su fe pasó del dogma a la certeza, fue sobre todo la fe la que iluminó su camino. Un camino que siempre estuvo determinado por el fin –y en este sentido Filemón quiso ser siempre un profeta- pero, al mismo tiempo, un camino que fue recorrido desde la entraña, no desde la razón. Quizá por esta actitud tan apasionada, Filemón Escóbar nunca fue un profeta militar sino un profeta testimonio. Filemón no fue nunca una voz distante que legislaba, sino un hombre íntimo que debatía. No fue nunca don Filemón; fue, siempre, Filipo.

 Casi todo el siglo XX nuestra vida política transcurrió por los senderos de la epopeya. Tuvimos, por tanto, una fascinación por los héroes. Claro, no por esos héroes de pacotilla como Superman, sino por héroes de carne y hueso. Héroes dogmáticos: apocalípticos unos –como Tamayo o Lechín o Paz Estenssoro-, paradisíacos otros –como el Che, Néstor Paz, Quiroga Santa Cruz-. Héroes complejos: el sindicato minero, el MNR, los kataristas, las movilizaciones ciudadanas contra las dictaduras, las marchas indígenas, los discapacitados. Pero siempre héroes con los que convivimos, de los que conocimos sus pocas virtudes y sus muchos vicios, aquellos ante los cuales nos rendimos porque fueron capaces de revelarnos ante el espejo de nuestra más íntima historia.

 Esta tradición épica ha diseñado las narrativas de nuestra historia. Por eso, cuando nos relatamos, lo hacemos desde tres mitos de origen nacional: "Volveré y seré millones”; "Hasta aquí hemos soportado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra Patria”; "La tea que dejo encendida nadie la podrá apagar”. 

La condición colonial, el sometimiento al imperio (sea cual sea) y la construcción nacional, esas tres narrativas convergentes han determinado el carácter épico de los héroes, pero al mismo tiempo que los recordamos descuartizados o asesinados, paradójicamente, los vemos muriendo en sus camas. Quizá por esto nuestros héroes son héroes de monumento pero simultáneamente son héroes íntimos; quizá por eso nuestro Rey siempre estuvo desnudo.

 Filipo, ciertamente, fue un hombre de fe. Pero sus camaradas lograban en el debate que sus dogmas duden, sus compañeros conseguían que sus certezas resbalen, sus hermanos obtenían que sus trincheras se muevan. Entonces las razones dejaban de ser fundamentales y transformadas en pasiones los movilizaban a todos juntos y revueltos. Había límites, por supuesto. No límites ideológicos sino éticos.

 Por eso un trotskista, un comunista, un nacionalista, un indigenista podían estar juntos; se jugaban la vida. Por eso Filipo actuaba con obreros, con campesinos, con comunarios, con vecinos, con profesionales; estuvo siempre dispuesto a compartir su plato de comida por encima de sus biblias. Los límites éticos fueron eso: allá quedaban los interesados en sí mismos, los ensimismados; acá, con él, los que compartían, los que trabajaban, los que luchaban por el bien común.

 Quizá por esa manera tan particular de vivir la epopeya pudo transitar hacia la democracia. O, por lo menos, hacia aquel costado de la democracia que es el hábito de la duda. Sin embargo, Filipo encontró la manera de trabajar con la duda sin que la duda lo atravesara de impotencia o lo inmovilizara de esterilidad. Su manera de dudar era dudar en compañía para poder actuar en conjunto. Y en esa acción colectiva reencontrar la fe, la fe apasionada de la epopeya, claro, no la fe dogmática de los ensimismados.

 Aún si la generación que ha construido la tan imperfecta democracia boliviana es la generación de los hermanos menores de Filemón Escóbar; aún si el Filipo convivió con nosotros a carajazo limpio tropezando hasta hacer de la cojera una virtud; todos aquellos que vivieron la política como pasión épica nos han legado la fuerza ética de su fe. Ciertamente no creemos las mismas cosas ni, sobre todo, de la misma manera. Ciertamente no sólo no tenemos camino, sino hacemos camino al andar. Pero hemos heredado su vocación ciudadana y comunitaria.

 No estoy seguro, sin embargo, de que hayamos logrado asumir esa herencia fundamental. Ni a ellos ni al Filipo los sedujo nunca la democracia como baratija mercantil. Les importaba la vida de la gente, no el último modelo; los convocaba el bien común, no la vacación de fin de año. 

Nosotros, en cambio, parece que no estamos pudiendo distinguir entre lo fundamental y lo accesorio. Estamos construyendo una democracia degradada al voto. Pero aunque hayamos enterrado a nuestro último héroe y este sea el momento de los ciudadanos anónimos y los trabajos cotidianos, siempre podremos convocarlo para que nos espete: ¡Nosotros fuimos los autores de los gobiernos de corte militar y fascista en el cono sur! ¡Ustedes tienen la responsabilidad de no tropezarse en la misma piedra!

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
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