La Paz, Bolivia

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Guillermo Mariaca Iturri
Nada es lo que parece

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Hace algunos años, las organizaciones internacionales que reflexionan sobre el desarrollo inventaron un nuevo término: clase vulnerable. Los miembros de la clase media tienen un ingreso que varía entre 10 y 50 dólares al día; los pobres sobreviven con menos de cuatro dólares diarios.
 
Y los vulnerables son aquellos cuyo ingreso está entre cuatro y 10 dólares diarios. La particularidad de la nueva clase no sólo consiste en la determinación de ese ingreso intermedio entre medios y pobres, sino en su cualidad transitoria.

 La vulnerabilidad pareciera haber caracterizado la salida de la pobreza durante los 15 últimos años, que han sido los años del auge de precios de nuestras principales mercancías de exportación. Hoy los vulnerables son el grupo socioeconómico más grande de América Latina: en 2013 representaba el 38%, los pobres eran un 24% y la clase media un 35%.

 Bolivia fue el país con la mayor reducción relativa de pobreza (32,2 puntos) y con el mayor aumento de población vulnerable (16,9 puntos) . Por otra parte, sin embargo, la desigualdad mantiene índices similares a los de principios del siglo. Esta situación -menos pobres pero igual desigualdad- revela que la extraordinaria cantidad de dinero que ha recibido el país no ha servido para salir de la trampa de la pobreza.

 Como no ha existido un fortalecimiento sostenible de políticas de protección y desarrollo social, ni un cambio sustantivo en nuestra matriz productiva, ni en la energética, deberemos enfrentar la caída de los precios internacionales como la reversión de lo que se ha logrado. Por una parte, si el ingreso en América Latina o en Bolivia se distribuyera como en los países del sudeste de Asia, la pobreza sería una quinta parte de lo que es en realidad. 

 Por otra parte, la reducción de la pobreza por ingresos no se tradujo en mayor acceso a servicios públicos de calidad (salud y educación, en especial) ni en mejoras significativas en otras dimensiones clave para el bienestar y el desarrollo de los ciudadanos (entorno, vivienda, saneamiento básico, etcétera). "Por esa razón, cuando se examina la evolución de la pobreza, medida con índices multidimensionales que trascienden la variable ingreso, si bien se advierte una evolución positiva en la mayoría de los países de la región durante los últimos años, la magnitud y el ritmo de la mejora resulta menor que cuando se analiza la evolución de la pobreza medida exclusivamente como carencia de ingresos” (Armas y Caetano). Finalmente, como la reducción de la pobreza y la emergencia de la clase vulnerable no tienen sostenibilidad, lo más probable es que nuevamente ese 17% de nuestra población vulnerable caiga en la precariedad.

 Por consiguiente, nuestro país no sólo enfrentará próximamente las consecuencias de una economía populista sino, sobre todo, el efecto de un mal Gobierno: la crisis de representación.
 
Para el ciudadano común, el responsable del mal Gobierno no sólo es el partido gobernante, sino el sistema de representación política. Este desencanto alimenta una pregunta sin respuesta: ¿qué tipo de bienestar es éste por el cual al mismo tiempo que crece el PIB aumenta la incertidumbre?
 El estado de ánimo del ciudadano común está pasando de la indignación ante la corrupción al desencanto con el sistema de representación, del 21 de febrero al vacío. La respuesta política a la indignación moral suele caer en el populismo, pero en Bolivia estamos curados de espanto porque ya sabemos que las iniciativas de bonos y caridades conducen a lo mismo o a algo peor.

 Seguramente porque hemos tropezado demasiadas veces con la misma piedra, pareciera abrirse ahora un nuevo horizonte. Una vía económica que haga posible construir una ecológica economía solidaria; una vía política que combine la representación con la participación, y una vía social que nazca de nuestras mejores tradiciones democráticas. 

 Lo dijo Franz Kafka en otros términos y en otra época: la unidad de la oposición no es unión, pues en ella no hay fluir hacia otra parte. Esa unidad sólo sería el tenebroso riesgo de reproducir el viejo poder con otra pollera, porque toda aspiración a la unidad elimina la diferencia. En cambio, la unión de los diferentes conservando sus diferencias podría albergar la semilla de otra economía, de otra política, de otra sociedad. Unión de los ciudadanos, no unidad de los partidos.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
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