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Guillermo Mariaca Iturri
Nada es lo que parece

La ecología del bachiller

La ecología del bachiller
"No vamos a ser guardabosques del Norte. Que no nos transfieran sus responsabilidades, sus obligaciones, a los países en vías de desarrollo”. El 29 de septiembre de 2015 Evo Morales definía así su política ecológica que, días después, formalizaría entregando al secretario de NNUU los ‘diez puntos para luchar contra el calentamiento global y salvar la Madre Tierra’. El sustento teórico y político de ese giro discursivo después de haber proclamado hasta ese momento que los derechos de la naturaleza y un cambio en el modelo civilizatorio eran prioritarios ("sin consumismo, sin mercantilismo, sin capitalismo, construyendo y consolidando un orden mundial para vivir bien”) radica en un artículo publicado tardíamente por su vicepresidente (18 de mayo de 2017) titulado ‘Medioambiente e igualdad social’. Ambos gestos resumen la hipocresía discursiva del MAS después de su primera y fundamental derrota resultado de las marchas indígenas de 2011 y 2012.
 
Ambos gestos, también, escondieron la contraofensiva paciente y constante que tomaría la forma de la Ley 969 promulgada el 13 de agosto de este año como culminación neocolonial del Estado.

La primera afirmación de eso que el gobierno llama ‘ambientalismo colonizado’ es que "los que sufren los efectos devastadores de este fenómeno son los países colonizados, subordinados y más pobres, como los de África y América Latina”. Esto es obviamente falso; el cambio climático es un efecto global de la modernidad –capitalista y socialista- que afecta al mundo en su conjunto. Basta ver la devastación que los dos últimos huracanes han causado en el mundo del norte. Sin embargo, la generalidad de la afirmación vicepresidencial citada contiene una verdad relativa: los países más pobres estamos menos preparados y tenemos menos recursos para enfrentar el cambio climático. A pesar de lo cual esta verdad relativa sirve para esconder lo fundamental: Trump niega el cambio climático para seguir explotando a los países pobres; García Linera afirma que como nosotros somos los únicos que sufrimos el cambio climático tenemos el derecho de seguir destrozando a la Madre Tierra con un capitalismo salvaje.

La segunda afirmación, "los efectos del calentamiento global se traducen, instantáneamente, en una concentración nacional, clasista y racial del sufrimiento y el drama causados por los efectos climáticos” es también falsa. Los efectos son globales, por eso se llama calentamiento global.
 
Algún momento destroza New Orleans con el huracán Katrina (murieron 1.836 personas y causó daños por  81.000 millones de dólares); otro momento causa una sequía y La Paz se queda sin agua durante tres meses. Pero como ni los jerarcas gringos ni los jerarcas neocolonizadores sufren los efectos del cambio climático; los pocos pobres del norte y los muchos pobres del sur, en cambio, pagamos las consecuencias.

La tercera afirmación contiene una media verdad. "Los medios disponibles para una resiliencia ecológica ante los cambios medioambientales dependen de la condición socioeconómica del país y de los ingresos monetarios de las personas afectadas”. Digo media verdad porque esa resiliencia sobre todo depende de las políticas públicas de cualquier país y no sólo de sus recursos. Si en Bolivia fuésemos también guardabosques, es decir, si el Estado tuviese un mínimo de conciencia ecológica, hubiésemos logrado prevenir la sequía en La Paz o, cuando menos, disminuir sus efectos. Si durante estos 11 años hubiésemos invertido en cambiar la matriz energética en vez de derrochar en canchas de fútbol, museos al ego, negociados millonarios y compra de conciencias, hoy no estaríamos temblando ante la carencia de gas e inventando impuestos contra los pocos productores que todavía apuestan por el país. Pero como en Bolivia los únicos guardabosques son los pueblos indígenas que viven en los parques nacionales, precisamente aquellos pueblos a los que el gobierno agrede y aquellos dirigentes a los que el gobierno prostituye, el gobierno del MAS pretende convertirnos en habitantes del desierto sin ‘resiliencia’ alguna.

La cuarta afirmación es directamente falsa: "No quieren que toquemos los árboles, pero ¿de qué vamos a comer? De qué vamos a vivir si no abrimos las hectáreas para sembrar alimentos. Quieren que vivamos como hace 500 años, quieren que vivamos como animalitos”. No se trata sólo de denunciar los indudables abusos de los países del norte referidos a su deuda ambiental; se trata de concentrarnos en aprender de aquellos que con semejante mentalidad racista y colonial llama ‘animalitos’. Porque si viviéramos construyendo un equilibrio con la naturaleza, viviríamos de la agricultura orgánica y de las energías renovables. Es decir, construyendo un cambio civilizatorio y no una profundización del extractivismo. Porque si fuéramos guardabosques seríamos un país maravilloso y no un país al que pretenden convertir en un narcoestado.

Aunque, claro, ¿qué otra cosa podríamos esperar de un bachiller colonial sino una mentalidad colonial?

Guillermo Mariaca es ensayista.
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