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Bajo la sombra del olivo

El último atributo del Gobierno

El último atributo del Gobierno
 A Evo Morales le gusta romper marcas. Trátese de días de permanencia en el poder, de popularidad, de elecciones ganadas, o de lo que fuere, un instinto básico lo lleva siempre a confundir todo con cantidades y magnitudes, y a tratar siempre de romper récords, a como dé lugar.

La semana pasada, él y su gobierno la han hecho otra vez. Con el conflicto de los cooperativistas, nos han llevado a situaciones inéditas en nuestra historia democrática, y han conseguido, además, sorprendernos nuevamente. 

En un país medio acostumbrado a los excesos y a la violencia política, nos han dejado con la boca abierta, atónitos y perplejos frente a unos acontecimientos de un salvajismo y una crueldad  verdaderamente incomprensibles.

El asesinato anunciado y perpetrado a plena luz del día, de un viceministro que además era uno de los hombres del Presidente, a manos de la dirigencia de un socio estratégico del gobierno, es un hecho extremo que evidentemente rompe cualquier marca imaginable y que, en esa medida, ha dado la vuelta al mundo.

Muchas cosas tienen que haberse hecho y salido mal, para que una monstruosidad de este tipo haya ocurrido. En el plano operativo de seguridad, los hechos  para mí son absolutamente inexplicables. No parece tener sentido que un operador que conocía perfectamente con quienes se enfrentaba, se haya metido sin ningún tipo de protección e ignorando todos los protocolos, a un cerro con miles de mineros en pie de guerra.

La versión de que el chofer salvó la vida providencialmente porque se le ocurrió bajar del auto a comprar caramelos en el medio de la nada, no ha hecho otra cosa que enturbiar aún más las extrañas circunstancias de los hechos.

La inacción frente a los reiterados y dramáticos pedidos de auxilio del rehén  es también inexplicable. De acuerdo, una operación de rescate en esas circunstancias hubiera terminado en un baño de sangre, pero eso no explica la negativa a entablar las negociaciones con los captores, aunque eso significara ceder a sus demandas.

Hay alguna razón por la que creyeron que aquello podía llegar a buen término, o por lo menos no llegar a los extremos a los que llegó; hoy no sabemos cuál fue esa razón, y por eso no nos es posible comprender las cosas.

En el plano político, este episodio destroza uno de los pocos atributos que la gente en general podía atribuirles todavía: la supuesta capacidad política para controlar y mantener a raya a las facciones más conflictivas y combativas.

No podemos olvidar que el poder de controlar la conflictividad social, aunque se tuviera conciencia de los costos que aquello significaba, fue entendido como una de las claves de la estabilidad, tanto política como social.

Los hechos muestran que no han podido manejar las cosas ni siquiera entre socios y amigos íntimos, y que ésta podría ser la tesitura de lo que viene por delante, cuando ya queda poco o nada para repartir y cuotear, y cuando las expectativas y la costumbre a la plata siguen en altos niveles.

Los hechos muestran, después de todo, que fueron la plata, las prebendas y los favores, los que mantuvieron a las huestes bajo control, y que en ausencia de ésta, las cosas son del color de siempre. Pero siempre se lo puede hacer peor. La explicación de que todo ocurrió a causa de la oposición y de los medios  traerá una vez más consecuencias desastrosas para la credibilidad y la legitimidad del gobierno, al margen de esa cantidad más o menos importante de bobos y fanáticos que todavía compran esas historias.

Ilya Fortún es comunicador social.
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