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Bajo la sombra del olivo

La contradicción como modo de vida

La contradicción como modo de vida
 ¿Qué ha quedado del Dakar en el país, una vez que se han levantado las carpas y se disipa la nube de polvo? Lo primero, una sensación de que no entendimos nada de nada, que confundimos principios, causas, sensaciones y posiciones, y que fuimos presa fácil de una pequeña jugada en la que todos nos embarramos. 

Y ese resultado es, desde la lógica del Gobierno, un rotundo éxito. ¿Por qué?, porque ese es el país que Evo Morales necesita seguir reproduciendo para perpetuar su proyecto de poder; un país en el que la juerga del consumo y el espectáculo, revuelta con una cháchara nacionalista y de orgullo patriotero arrase con todo y no nos permita razonar.

El fango en el que se revuelquen y se confundan la Pachamama, la industria automotriz, la integración de los pueblos, el negocio privado, la depredación del marketing, el orgullo nacional, el complejo de inferioridad, el espectáculo televisivo, el activismo medioambiental y todas las biblias, y los calefones posibles y nadie sea capaz de distinguir una cosa de la otra, es, en el fondo, el modelo de país que nos han impuesto.

El Dakar no es más que una cojuda trampa que pinta de pies a cabeza a un gobierno tramposo ideológica, política y económicamente, pero que además refleja muy bien el descalabro social que esa gigantesca impostura ha causado. Es la síntesis de las contradicciones entre un relato de aparente izquierda y una praxis salvajemente capitalista.

Tengo la impresión de que en el Gobierno están convencidos de que se han anotado un porotazo, que con eso la ciudadanía ha olvidado la falta de agua, la sobra de corrupción y el exceso de la anulación del 21-F y que con este carísimo regalo se han vuelto a ganar todo el respeto, la confianza y la credibilidad perdidas.

Por suerte están otra vez equivocados. La masiva asistencia de la gente a la carrera y al espectáculo se explica porque se trata de una cosa muy atractiva y glamorosa, pero sobre todo porque es gratuita.

Somos un país tan tremendamente pobre que un evento así es una cosa extraordinaria para el ciudadano que solamente ha visto cosas así en la tele y que puede llevar a su familia a disfrutar de un show gratuito.

Cuando una cosa parecida ocurre en Buenos Aires o en Río de Janeiro, ciudades acostumbradas a juegos olímpicos, mundiales de fútbol, Fórmula 1, grandes conciertos y toda la parafernalia del show business, asisten, con suerte, los aficionados a las tuercas, y un par de curiosos más.

Claro que disfrutamos del show y la pasamos bárbaro, pero eso no quiere decir que seamos idiotas, y que no nos demos cuenta de que éste ha sido otro intento fallido de comprarnos, porque sencillamente no estamos en venta.

No quiere decir que la mayoría de las personas no se dé cuenta de las escandalosas contradicciones entre lo que el Gobierno dice y lo que hace, expresadas groseramente en este episodio. Y tampoco quiere decir que no nos demos cuenta que el Presidente está tan desesperado por aferrase al poder, que está dispuesto a cualquier disparate y a cualquier exceso para conseguirlo (incluso dejar de trabajar cinco días persiguiendo a los organizadores en posición genuflexa).

Para mí, lo mejor que ha quedado del Dakar tiene nombre y apellido: Violeta Tamayo, Daniela Troche, Reyna Zúñiga y Ninón Gamarra, cuatro jóvenes que fueron arrestadas por el régimen, no por haber intentado poner una bomba debajo de uno de los autos, sino simplemente porque salieron a la calle a protestar con unas pancartas.

Estas cuatro valientes ciudadanas nos han mostrado que ya no vivimos en una sociedad plenamente democrática, pero también que no estamos condenados a quedarnos paralizados por el miedo.

Ilya Fortún es comunicador social.
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