La Paz, Bolivia

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Ilya Fortún
# VerdadesSinFiltro

Cuando la estupidez se convierte en tradición

Cuando la estupidez se convierte en tradición
¿De dónde salió esa maldita manía de tener que entregar obras en los aniversarios de cada lugar? ¿Y porqué los bolivianos sufrimos de esta extraña tendencia de convertir malos hábitos y estupideces en tradiciones? ¿Alguna autoridad en este país tendrá las bolas como para romper esta práctica tan absurda?

A ver. Parece que los habitantes de las ciudades y los departamentos de este país tenemos la exótica idea de que en cada aniversario de fundación de nuestros pagos, merecemos recibir "un regalo” y que ese regalo debe llegar bajo la forma de alguna obra entregada por nuestras autoridades.

Si nos atenemos en serio a esa torcida lógica, tendríamos que asumir que los recursos para la ejecución de esas obras provienen del bolsillo de los funcionarios, que, en un arresto de generosidad, han decidido gastar sus ahorritos en bienes públicos.

Discúlpenme el atrevimiento, pero yo soy uno de esos idiotas que están convencidos de que esas platas son mías porque salen de los impuestos que pago por convicción o por obligación, y, por lo tanto, nadie me está haciendo ningún favor o ningún regalo cuando inaugura una obra. Dicho de otro modo: no veo ninguna razón para sentirme agradecido porque los que elegimos están cumpliendo con sus obligaciones.

La idea, por si la hemos olvidado, es la siguiente: yo elijo a un partido y a un candidato equis, que me han ofrecido administrar de cierta manera los recursos públicos a través de una institución, y espero que cumplan con lo prometido; si lo hacen bien los recompenso con mi voto y si lo hacen mal, los castigo de la misma manera.

Pero el problema va mucho más allá de mis percepciones y de mis sentimientos personales; las dificultades y las distorsiones que estas prácticas del subdesarrollo provocan en la gestión son enormes.

El hecho de tener que concentrar la entrega de proyectos en una fecha, o, peor aún, tener que inventarse obras cuando no las hay en esas fechas, perturba la ya difícil tarea de administrar recursos escasos para necesidades abundantes. Alcaldes, gobernadores y ministros se ven en figurillas en cada una de estas fechas, obligados a manosear los presupuestos y a hacer piruetas administrativas para cumplir con el rito de la entrega de obras/regalos.

Las obras y proyectos deben ser producto de la planificación racional de todos los recursos disponibles, y deben ser concluidas y puestas en funcionamiento en el momento que técnicamente corresponda; ni un día antes, ni un día después.

Lo más sano sería, en realidad, que o se haga ningún tipo de acto de entrega que pueda ser utilizado con fines políticos y proselitistas, pero si no queda remedio, por lo menos de debe respetar los ya de por si complejos cronogramas técnicos.

Toda esta práctica provinciana, a la que todos nos abandonamos, creyendo que se trata de una sabia tradición, contribuye nomás al cultivo del caudillismo y al sabotaje sistemático a todo intento de construcción de institucionalidad, que es el contrario absoluto del caudillismo.

El temita, entonces, es medio de fondo y tiene que ver con el viejo arraigo de toda una concepción errada de las instituciones, de los liderazgos, y de la política y no será fácil de cambiar de la noche a la mañana. Dejaremos de hacer esas tonterías, seguramente recién cuando seamos capaces de comprender la política de otra manera y hagamos las tareas pendientes hace tanto tiempo.

Me quedo con la postura de un alcalde del oriente que, al ser acorralado por las expectativas y demandas de obras previstas para el aniversario de la ciudad, respondió que nunca hay que hacer dos cosas mal por tratar de hacerlas al mismo tiempo, y que el feriado era para festejar y no para trabajar.
 
Ilya Fortún es comunicador social.
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