La Paz, Bolivia

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Iván Arias
Serotonina

La Paz: turismo y la CCCC (II)

La Paz: turismo y la CCCC (II)
Uno de los problemas que tienen los workcity del municipio de La Paz, para sus fines de semana y feriados, es que no tienen áreas de esparcimiento fuera de su jurisdicción, en cuanto a cantidad, calidad, calidez y costo (CCCC). La tan necesaria metropolización no viene y no hay señas reales que vaya algún día a llegar. Las mezquindades de los caciques/alcaldes de turno la inviabilizan, pues cada uno  busca cuidar su feudo antes que pensar en el bien común. En este contexto, la idea pareciera ser sálvese quién pueda y tire la piedra (contra el otro, por supuesto) el que quiera y como quiera.

Para los citadinos la opción de salir, los fines de semana, hacia los valles de Wajchilla y Mecapaca es un calvario en cuanto a transporte se refiere. Enormes trancaderas, porque hay una sola vía de  entrada y salida, acobardan a miles de personas que buscan salir del trajín urbano. Mallasilla que, en medio de decenas de amenazas de cercenar su territorio, corresponde a la jurisdicción del municipio de La Paz, ha crecido como crecen los pueblos carreteros: ocupando las calzadas, vendiendo sin control y apoyando con el desorden, y la inseguridad. 
 
Las áreas de esparcimiento (lugares donde la gente acampa) lucen descuidadas y sin que tengan los servicios básicos. Hacia Mallasa y Mecapaca se han instalado una buena cantidad de restaurantes que, aparte de descuidar la calidad y calidez, como en Mallasilla, pareciera que quieren recuperar en un fin de semana lo que no ganaron en cinco días: caros. La demanda por un clima más benigno que el de la hoyada es tan alto, que los restaurantes, de buena como mala calidad, te cobran con creces el patio, el césped y el calor.
 
La otra opción es ir hacia el lago. Llegar a El Alto y salir de él es una travesía que sólo te lleva a armarte de valor y paciencia por la idea de disfrutar de la inmensa belleza del Titicaca. Luego, con la carretera en construcción, que ya lleva más de dos años sin terminar y que parece que la van a seguir postergando hasta las próximas elecciones, llegar a Huatajata te toma casi tres horas, cuando debía ser hora y media. Si quieres llegar a Copacabana, súmale dos horas y media más. En Huatajata el tiempo se ha detenido: no hay innovaciones en las inversiones. Es la ley del menor esfuerzo y del máximo lucro.
 
"No vale la pena hacer inversiones, ¿para qué? Si cualquier  rato te asaltan como asaltaron la casa de Víctor Hugo (exvicepresidente de Bolivia), sin que nadie pueda defenderte”, me comentaba un resignado pionero de los restaurantes a orillas del lago. Las inversiones privadas, tan dinámicas antes del 2005, sobreviven pero ya no arriesgan. ¿La comida? Lo mismo de siempre: trucha (cada vez más peruana) con diferentes aderezos, grasosa, fría y cara. Las cocinas donde se preparan los alimentos  son un barril sin fondo a los que no se sabe quién entra a certificar la higiene y buen manejo de los víveres.
 
¿De la calidez? Ese es un léxico y práctica muy poco arraigada en la zona, pues pareciera, más bien, dominar entre los anfitriones locales la obligación que tiene el visitante de aguantar sus malos humores, antes que disfrutar de su  sonrisa y del buen trato.
 
¡Copacabana: maravillosa! Pero por la Virgen, la ritualidad, el lago y el entorno. El pueblo se ve sucio, descuidado y los restaurantes, a excepción de los pocos que se atreven a arriesgar en inversiones de calidad, desprolijos de eficacia y calidez. Eso sí, te cobran como si estuvieras en el Vaticano o la Plaza Sixtina. Este destino turístico tan visitado, al igual que Coroico, que es otra opción para los agitados urbanos de la ciudad de La Paz, dan pena que estén tan olvidados y que todos nos hagamos los locos. Los visitantes, asumiendo que no se puede pedir más y los locales con la actitud de ¿si no les gusta, a  qué vienen?
 
Coroico, que a diferencia del lago, cuenta con una excelente carretera para arribar (recordemos que antes se tenía que pasar por el camino de la muerte y te tomaba casi seis horas) es otro destino donde el tiempo no sólo se ha detenido, sino pareciera que ha retrocedido. Miles de turistas, ya en transporte público, privado o en bicicleta, arriban a este pueblo empinado en una preciosa colina yungueña que recibe calor y brisas de viento que la atemperan naturalmente. De las cuatro C que hemos usado para referirnos al tema del turismo, todas, excepción de la cantidad, son contra el paseante.
 
Calles sucias donde, a pesar de los murales en favor de una ciudad ecológica y limpia, la basura y su fetidez compite con los olores de las comidas. ¿Cómo es posible que un pueblo que recibe a miles de turistas cada semana no tenga hasta ahora solucionado el tema del agua y la luz eléctrica? Sin mediar explicación alguna, los habitantes y turistas tienen que sufrir las consecuencias de los apagones y del racionamiento en el uso del agua. Los dueños de hoteles, posadas, restaurantes y puestos de comida (estos abundan como las moscas que los rodean) no saben qué es la gentileza. Tratan muy mal a los que, deberían saberlo, les pagan su atención. 
 
El servicio de comidas y su preparación no ofrecen la garantía que un destino como el de Coroico ya debía ofrecer, porque su desarrollo viene de hace decenas de años.
 
Por supuesto, al igual que en todos los lugares descritos, hay inversiones y lugares paradisiacos que cumplen con la calidad y la calidez, que son dignos de admirar. Pero son los menos, porque la lógica de la igualación hacia abajo es la que domina.

Iván Arias Duran es ciudadano de la República Plurinacional de Bolivia.
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