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Surazo

Bolívar, el enamorado

Bolívar, el enamorado
Tan grande es la figura del Libertador que es imposible pasar una larga temporada sin volver a él, a repasar su vida, su figura, sus obras…

Me pasó cuando investigaba la historia del periodismo en Bolivia y, gracias al maestro Luis Ramiro Beltrán, descubrí al Bolívar periodista, a aquel que le dio a la imprenta la misma utilidad que a los demás pertrechos de guerra, que fundó periódicos y escribió con seudónimo en varios de ellos.

Lo vi, encarnado por el actor Roque Valero, en la película Bolívar, el hombre de las dificultades, en la que, todavía con el bigote que solo se afeitó en Potosí, desvió el navío que lo llevaba a la reconquista de Cartagena para ir al encuentro de Josefina Machado, uno de sus más célebres amores. Pero la cinta no sólo muestra el desmedido gusto que el Libertador tenía por las mujeres, sino también su practicidad porque la famosa Pepita no lo esperaba con las manos vacías: le había llevado una imprenta y, por su reacción, se puede deducir que esta fue la principal razón de su desvío.

Los soldados a los que lideraba entonces lo tacharon de loco pero él sabía el poder que tenía la palabra y por eso utilizó a la imprenta como un arma. Beltrán explica que, además de difusora de ideas, el libertador le asignó a la prensa el papel de fiscalizadora del gobierno. Ignacio de la Cruz escribió que Bolívar no concebía que los gobernantes utilicen su poder para apropiarse de los fondos públicos y, por ello, había propuesto "despedazar en los papeles públicos a los ladrones del Estado”.   

Como la mayoría sabe, Simón Bolívar nació el 24 de julio de 1783 y se convirtió en el libertador de lo que hoy son seis naciones. En un estudio para elegir al hombre más importante del siglo XIX, la BBC estableció que peleó en 472 batallas y sólo perdió seis de ellas; cabalgó 123 kilómetros, más de lo navegado por Colón y Vasco de Gama juntos; llevó las banderas de la libertad por 6.500 kilómetros lineales, casi media vuelta a la Tierra, y recorrió diez veces más distancia que Aníbal, tres veces más que Napoleón y el doble de Alejandro Magno.

Fue, indiscutiblemente, la mayor figura de la historia de Bolivia, pero lo que pocos saben es que, para coronar tantos logros, tuvo que atravesar múltiples dificultades e imponerse en todas ellas. Dedicó su vida a la lucha por la libertad porque ya no tenía por quién más vivirla. Cuando apenas tenía 17 años se enamoró de tal forma que se casó con su amada, María Teresa Rodríguez del Toro, un par de años después, el 22 de enero de 1803, su esposa moría consumida por la fiebre amarilla. Tanto la amó y de tal manera que, destrozado por el dolor, juró que no volvería a enamorarse y menos se casaría de nuevo. En el maremagno de su dolor se refugió en los libros y en su maestro, Simón Rodríguez, quien lo forjó para convertirse en el libertador.

Demostró que tenía honor porque cumplió, uno por uno, los juramentos que hizo, desde no volver a enamorar ni casarse hasta liberar a América del yugo español. Las múltiples amantes que tuvo, porque fueron incontables, llenaban sus necesidades humanas, comenzando por la de cariño, pero no hizo promesa de matrimonio a ninguna.   

Los historiadores del pasado nos mostraron a un Bolívar occidentalizado, romanizado, más como un dios griego que como el mestizo americano que era. Hoy sabemos que fue tan humano como nosotros pero, pese a ello, supo imponerse por encima de todo. Amó como pocos y eso lo hizo extraordinario. Los que sólo saben de odio son tan vulgares que nunca serán pastores, sólo rebaño.

Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
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