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Desde la acera de enfrente

El insulto

El insulto
Ser una de las mujeres más insultadas de la sociedad me obliga e inspira al mismo tiempo a hablar del insulto. No me interesa hablar del insulto ni desde el lugar de la víctima, ni desde quien denuncia públicamente el agravio sufrido. 

Me interesa compartir con cientos de mujeres llamadas: loca, fea, gorda, puta, inmoral, feminazi, pervertida, tonta, infantil, histérica, marimacho, lesbiana, anormal, etcétera; me interesa compartir con todas ellas este sencillo método de neutralización del insulto. Método útil para la vida personal y que se convierte en una estrategia de lucha, pues el insulto está dirigido a humillarte públicamente, y descalificar tu libertad, tu comportamiento y tus sueños. 

El insulto no es reflejo de fuerza, capacidad argumentativa o inteligencia; el insulto -compañeras- es siempre signo de ausencia de argumentos, debilidad y miedo. Es siempre signo de incapacidad de discutir ideas, es muchas veces la antesala de la violencia física y es una forma de violencia psicológica que para perpetrarse necesita la afectación sobre ti.

En el momento en el que no te afecta, no te duele, no te importa, no te clasifica o no te caracteriza pierde toda su fuerza.  Es por ello importante entender que quien insulta se caracteriza a sí [email protected] y no a ti. Por ejemplo, si alguien te califica de pervertida por ser maricona, muchas veces lo que está haciendo es negar su propia homosexualidad y sacar su pánico de ser homosexual. Muchos de los insultos recibidos esta semana reflejan el pánico social del macho de verse retratado en su vulnerabilidad. 

Escucho todos los días mujeres dolidas por el insulto de sus amantes, hijos o vecinos. El momento que te afecta se activa su poder, el momento que te ríes de cada insulto éste se desmorona de impotencia. 

Responder un insulto con otro insulto es legitimar el insulto recibido, es dejarse arrastrar al terreno de los prejuicios y los odios, y abandonar el terreno de las ideas, los sueños y la libertad. 

No es la idea cristiana de poner la otra mejilla precisamente, tan poco practicada por los cristianos. No pongo la otra mejilla, lo que propongo ante los insultos es no poner el corazón, no poner la piel, no ser vulnerables al insulto. Es posible hacerlo si rompes con el control social, con el qué diran y le quitas -al otro- el poder de gobernar tu vida.  Es posible hacerlo si entiendes que en el caso de las mujeres, el régimen social es de absurdo chantage: si acatas y te sometes serás insultada, si te rebelas y afirmas tu libertad serás insultada también. Denigrar e insultar a una mujer es socialmente necesario para controlarla y definirla continuamente.  

Insultarte es un acto político de poder para paralizarte; reírte del insulto es un acto político para afirmar tu libertad. El insulto se puede convertir en un coro, en un callejón oscuro, donde el que insulta compensa su debilidad y su miedo amparándose en un grupo que lo sigue para hacerte callar. En ese momento estás frente a la fuerza de un fanático, que es comparable a la fuerza de un borracho, con un borracho - lo sabemos las mujeres de primera mano- no vale la pena discutir. No vale la pena argumentar, ni reflexionar. El que insulta no quiere entender, ni escuchar sino descalificar, por eso con alguien que te insulta no vale la pena explicarse. 

Cuando llueve sacas el paraguas, cuando te insultan sacas la indiferencia o la risa. 

De todas estas estrategias compartidas, hay una  que es la más liberadora y la más efectiva, la que de forma más contundente neutraliza al insulto: es la reivindicación del insulto mismo como lugar político de transgresión. Por este camino he llegado a afirmarme como puta, maricona, loca, fea, gorda, marimacho,  etcétera. Cada una de estas palabras pronunciadas en primera persona neutraliza cualquier insulto, nos da una  potencia creativa inimaginable, nos coloca por fuera de su alcance. 

Se trata de abrir un nuevo lugar de libertad donde todos los insultos recibidos se convierten en palabras reapropiadas y resignificadas por nosotras. Quien te insulta de puta, cuando desmitificas esa palabra y te reivindicas puta, deja de tener sentido paralizador sobre ti. Es el momento en el que tienes el poder de tocar todas las sensibilidades sociales con libertad y picardía, como quien toca un piano, un acordeón o las cuerdas tensas de una guitarra que tiembla con tu tacto.

María Galindo es miembro de Mujeres Creando.
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