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Desde la acera de enfrente

Las comadres, su fiesta

Las comadres, su fiesta
No me refiero a la tradición nacida en Tarija, no me refiero a la bella canasta que una mujer le tiene que preparar a otra para nombrarla su comadre; no me refiero a la entrada de miles de mujeres en Tarija todos los años, tocando el erque. No me refiero a su baile zapateadito, sus trenzas y sus mantas bordadas, no me refiero a esa tradición que viene de atrás en el tiempo a recordarle al país entero que la diversión y la amistad entre mujeres existe desde todos los tiempos, aunque tenga que ocupar el breve espacio de un día de Carnaval, para luego sumergirse por debajo de la tierra, a seguir latiendo disimuladamente.

 Me refiero a la fiesta de comadres como celebración masiva actual desvinculada de la tradición, que es más bien expresión de otro lugar y otro deseo, que la fiesta de comadres tampoco cumple a cabalidad, pero que sigue siendo el único lugar para decirlo con el cuerpo: soy libre y hago lo que me da la gana.

 La fiesta de comadres ocupa hoy en el Carnaval, en todo el país, un lugar importante. Los grupos de amigas se preparan con disfraces, reservan una parte de su presupuesto de Carnaval para invocar libertad, desenfreno, ganas incontenibles de gritar y reír, de sacar toda su sensualidad entre mujeres, de reírse del machismo cotidiano para llorar en los baños de las discotecas y, sobre todo, farrear hasta vomitar la náusea del machismo cotidiano.

 La fiesta de comadres actual abarca varias generaciones de mujeres, especialmente las que están por debajo de los  50: mujeres de 40, 30 y 20 la celebran en grupos masivos, en fiestas donde no cabe ya nadie más, donde pareciera que todas las mujeres del país se hubieran reunido. No es una marcha de protesta, es una fiesta de protesta que contagia sectores y sectores, sin que nadie quiera quedar fuera.

La fiesta de comadres actual es un síntoma, es un signo de ese cambio de lugar que estamos protagonizando las mujeres bolivianas. De ese sentimiento de insatisfacción con la herencia de nuestras madres, con sus mandatos y sus recomendaciones.

La fiesta de comadres es abrir un lugar para ensayar bailes y contorsiones, para sacar a flote curiosidades sexuales, es un lugar masturbatorio que expresa esa profunda insatisfacción sexual de la que aún no hemos hablado las mujeres bolivianas y a la cual no le hemos puesto nombre.

El striper con su cuerpo, su tanga, sus músculos y su pene erecto frente a decenas de mujeres, tocando y chillando, es la chacota frente a la represión sexual en la que hemos sido educadas y es la burla de esa educación, y de esos sentidos.

El cuerpo del varón no es sagrado, no es intocable y no está en un altar para ser alabado. Por eso la fiesta de comadres tiene entre sus principales contenidos el contenido sexual, el disfrute del espacio de libertad que una mujer es capaz de darle a la otra en una pista de baile, en una confidencia, en una forma de vestir o de mirar. Es un espacio para vomitar el acoso sexual en la oficina, el sexismo en el trabajo y la cosificación de las mujeres. 

No acuden las mujeres a esa fiesta desarregladas; todo lo contrario, desfilan en la puerta ropas ceñidas, atrevidos escotes, jeans y poleras ajustadas; el concepto es sentirte cómoda por la vía de la compañía y no de la ropa. Disfrutar de la forma cómo una mujer es capaz de mirar a otra mujer. 

 Los hombres critican y se inquietan frente a la fiesta de comadres porque no se atreven a decir que están siendo destituidos históricamente de ese lugar de privilegio que llaman natural. Por eso critican la fiesta, acosan y abarrotan la salida, como se tratara de un espacio que no pueden invadir, fisgonean e intentan burlarse, intentan recoger a su pareja para llevarla al lugar de sometimiento, al lugar del encierro, al lugar de dominio, de donde la escurridiza comadre ha salido para bailar con sus amigas. 

 Después de la fiesta de comadres, que es sólo un día al inicio del Carnaval, todo parece volver a su lugar. La que no vuelve a ese lugar es la comadre, porque la fiesta de comadres, además de una catarsis, es una pequeña clase de libertad que queda escrita por debajo de la piel. 

No se trata de un machismo al revés, sino de un revés masivo al machismo.

 María Galindo es miembro de Mujeres Creando.
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