La Paz, Bolivia

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María Galindo
Desde la acera de enfrente

Museos de Bolivia

Museos de Bolivia
Si el Presidente considerara realmente que sus regalos son patrimonio estatal, el canal de televisión Abya Yala debiera ser estatal y no privado.
 
Si la colección de regalos instalados en el nuevo museo fuera completa debiera estar la estatuilla del Evito en yeso que le hemos regalado las Mujeres Creando, donde lo reflejamos con un aguayo en la espalda cargando wawa, con una escoba en una mano y la bolsa de mercado en otra. Estatuilla que hemos dejado de fabricar porque si bien en los primeros años de gobierno se vendía muy bien en la Alasita, hoy la figura de Evo cansa tanto que la gente no quiere comprar estatuilla alguna ni aunque esta implique una ironía. Desde ya en uno de los mayores museos  vivos de cultura popular como es  Alasita, el Presidente ha desaparecido, ya no se lo representa ni para bien, ni para mal por agotamiento de su figura. 
 
Si deberíamos entender la existencia del museo de Evo como un gesto que refleja el interés gubernamental en la cultura como un instrumento imprescindible para cualquier cambio social, entonces no sería el Dakar la principal y más cara actividad del Ministerio de Culturas. 
 
Si deberíamos entender la existencia del museo de Evo como una preocupación por la cultura, ¿por qué entonces el Ministerio de Culturas es el más pequeño en presupuesto, es el ministerio que se regala a gente que nada sabe ni entiende de culturas como la actual Ministra, es el ministerio que en estos 10 años no ha servido sino para armar tarimas? 
 
Si debiéramos entender la existencia del museo de Evo como una preocupación gubernamental en torno a la política de los museos y la historia que éstos transmiten, ¿por qué entonces no se ha modificado hasta la fecha la museografía de la Casa de  Moneda que debiera ser el museo que nos relata y explica a los y las bolivianas la colonización y la descolonización?
 
Si del valor de los museos se trata: ¿por qué el Museo Nacional de Arte está gestionado por gente que responde a criterios del siglo XIX, que sirve a una pequeña élite y que expulsa y repudia la producción cultural de una gran masa de jóvenes que no tienen acceso a exponer en ese museo?
 
Si el museo de Evo Morales es la preocupación por el rescate y valorización histórica de las culturas y luchas indígenas, ¿por qué el Museo de Etnografía y Folklore sigue llamándose así y persiste en el concepto etnográfico y descriptivo de los pueblos indígenas y no asume el reto de la historia y luchas de los pueblos indígenas permaneciendo en una visión colonial de mirar al indígena con lupa como si de una cosa se tratara? 
 
Cómo olvidar la Casa de la Libertad en Sucre, que refleja una historia de Bolivia contada desde el punto de vista de la élite blanca, masculina y letrada del país que la cuenta a beneficio propio y cuyo relato repetitivo y falseado no ha sido modificado. 
 
Recorrer los museos del país es una actividad de triste y aburrida. Cada museo refleja una pésima gestión cultural, el museo Tiwanacota en La Paz no logra siquiera reabrirse porque seguramente hay mucho que ocultar.
 
Sería interesantísimo un museo de la coca, un museo de la sexualidad, un museo de las danzas y la fiesta, un museo de la chola, un museo afro en los Yungas, un museo de la Amazonia, un museo para los y las escultores y así hasta el infinito. Son muchos museos que faltan;  museos que salgan de las cuatro esquinas de la plaza Murillo. Un museo para la ciudad de El Alto, que sea el museo del altiplano y un museo para la ciudad de Oruro, capital folklórica de Bolivia. Un museo que reniegue de la cultura para las élites y sea capaz de tocar el interés del pueblo como lo hacen la Alasita o el Gran Poder.
 
Un museo para los y las bordadoras de la calle Los Andes y para los y las matraqueras de la Omasuyus para que sus bellas matracas pasen la barrera del tiempo.
 
En ese contexto nace el museo de Evo, un mamotreto sin belleza arquitectónica  y que pudiendo haber sido algo interesante se convierte en un absurdo más de la ya pésima gestión cultural.
 
La historia del presidente Evo Morales es maravillosa, digna de una película y de un museo, sin duda alguna. Pero no así; no como culto a la personalidad, no como acto grotesco de colocar una obra gigante y cara que insulta el sentido común y la producción cultural boliviana.
  
María Galindo es miembro de Mujeres Creando.
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