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Desde la acera de enfrente

Acoso sexual, nosotras estamos fuera de lugar

Acoso sexual, nosotras estamos fuera de lugar
En un momento histórico en el que las mujeres nos hemos metido en todas partes, sin excepción. 

Estamos en las universidades, estudiando frente a docentes eméritos que hace 15 o 20 años tenían al frente muy pocas estudiantes mujeres. En un momento histórico en el que en los trabajos estamos deseando hacerlo bien, deseando reconocimiento por nuestro trabajo. 

En un momento histórico en el que  las mujeres hemos roto la división sexual del trabajo, no por la vía de derechos que  nos haya asignado el Estado, ni por la vía del reconocimiento social, sino únicamente por la vía del empuje personal y colectivo de quererlo todo hoy, aquí y ahora. 

En un momento histórico en el que  la gran mayoría de mujeres estudiantes y trabajadoras no queremos ser juzgadas y valoradas socialmente por la apariencia física, sino por el trabajo.

En un momento así, la respuesta masculina de jefes y profesores de acoso sexual contra nosotras es para decirnos que estamos fuera de lugar. Que nuestro lugar es la casa y que desde su más profundo inconsciente masculino harán de todo por expulsarnos del mundo público. Un mundo que consideran que es de su propiedad y en el cual nos ven como indeseables intrusas, como inquilinas que deben pagar el derecho de piso con el cuerpo. 

El acoso sexual no es una banalidad, no es algo menor y sin importancia. No es una dinámica de seducción o atracción sexual que las feministas por conservadoras estemos censurando. El acoso sexual es una relación de poder instalada en el mundo público del trabajo o del estudio, donde el acosador te convierte de trabajadora a objeto sexual, de estudiante a objeto sexual.
 
Donde se te exige que respondas desde el código de ser un objeto sexual y no una compañera de trabajo. Donde no te miran a los ojos, sino que te miran los pechos y el poto. Donde te califican el cuerpo y no el trabajo. Donde la ropa que usas para trabajar o estudiar es escrutada con morbosidad. Tu forma de vestir se convierte en un territorio de lucha. 

Mientras tú buscas verte bien, ponerte lo que te gusta, y vemos a las mujeres en su lugar de trabajo con aretes, con blusas con minis, colmadas de detalles, maquilladas, y preparadas para el gran acto de toma de su libertad, el acosador utiliza cada uno de esos detalles para convertirte cotidianamente en un objeto sexual de su complacencia. 

El acoso sexual es humillante, es denigrante, es el mensaje de que estás fuera de lugar y  que para preservar el lugar que te has atrevido a tomar tendrás que pagar ese espacio cediendo a la complacencia sexual del jefe o el profesor.

Denunciarlo es difícil porque el acosador no deja pruebas, porque el acoso sexual es un comportamiento que desde el punto de vista masculino es "normal”, "aceptado”, además de generalizado; por lo tanto, los compañeros de trabajo es muy fácil que se solidaricen con el acosador y no con la acosada.  El acosador no acepta un NO porque en su mente ninguna mujer tiene la libertad de decidir, porque en su mente una mujer debería sentirse complacida con el acoso y no humillada. 

El acoso sexual es producto de una mentalidad masculina decadente que no ve en las mujeres sus pares. No acepta tener compañeras de trabajo con quienes relacionarse laboralmente, no acepta tener alumnas con quienes relacionarse desde el punto de vista del rendimiento académico.

Al mismo tiempo, socialmente el acosador tampoco será cuestionado porque en una sociedad donde el feminicidio es frecuente, donde la violencia machista es sórdida y cotidiana, en una sociedad así el acoso parece algo menor y sin importancia. 

Si el acosador es denunciado se podrá defender rápidamente descalificando tu trabajo o amparándose en el machismo social que lo aplaude y justifica. 

Por eso es doblemente indignante que una ministra mujer no dé credibilidad a las víctimas, se coloque del lado del acosador y en lugar de hacer un análisis de la situación de machismo, que le permita conectarse con el conjunto de las trabajadoras bolivianas, haga causa común con el acosador y denuncie una paranoica conspiración contra ella.

¿O es que a la ministra la une con el acosador algo más que una relación laboral y ha decidido protegerlo, traicionando su propia condición de mujer y traicionándose por lo tanto a sí misma?

María Galindo es miembro de Mujeres Creando.
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