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Continuidades y rupturas

Un 10 de octubre

Un 10 de octubre
La prensa de la época destacaba como una gran epopeya el momento histórico en que los gobernantes de facto reconocieron formalmente los resultados de las elecciones generales  de 1980 –después de dos años de un interregno militar-, y se entregaba el poder a don Hernán Siles Zuazo, ganador de los comicios y líder de la Unión Democrática y Popular, abriendo una de las fases más fructíferas de construcción política en Bolivia: una democracia sostenible y cada vez más comprometida con el destino del país. La pregunta de fondo es, ¿después de 34 años, cuál ha sido el derrotero de la democracia?

La calidad de  la democracia se puede medir de diversas maneras, una de las formas convencionales en la ciencia política contemporánea proviene del denominado neoinstitucionalismo, que evalúa distintas variables de funcionamiento del régimen, por ejemplo, estabilidad y regularidad en los procesos electorales,  las reglas de competencia y su acatamiento, la transparencia y credibilidad en actos electorales, la división de poderes, la generación de consensos,  el respeto a resultados electorales, la cada vez menor posibilidad de un retorno a las dictaduras, la participación ciudadana ordenada en elecciones, la vigencia de libertades civiles, el rol de los partidos, entre las principales. 

Esta teoría  parte de un tipo ideal de democracia que no siempre condice con la realidad; por tanto, en un rápido checklist de su cumplimiento, se pueden verificar los claros y oscuros, es decir las "zonas grises” que caracterizan a nuestras democracias; y como la realidad se encarga de complejizar los conceptos, aparecen las nomenclaturas híbridas como las semi-democracias, las democracias autoritarias, los autoritarismos competitivos o las democracias delegativas.

El asunto es que la calidad de la democracia, además de medirse por el rendimiento de  las instituciones, debe observarse en otros aspectos igualmente importantes como la cultura política y la participación social; es decir, la democracia no se restringe al ámbito político institucional, sino que está básicamente anclada en la sociedad y sus actores.  Por ello, otros indicadores clave que deben tomarse en cuenta son la participación  social en las decisiones públicas, el rol que juegan los sujetos sociales y la capacidad del régimen político de representar y responder a las grandes necesidades, demandas y conflictos sociales. 

Del mismo modo, como cultura política, la democracia se convierte en una forma de vida que  habita en los intersticios de las relaciones entre individuos,  la familia,  las relaciones de pareja,  los sindicatos,  las organizaciones vecinales, gremiales, culturales, etc. 

En consecuencia, la democracia es un proceso múltiple que  incide en la vida social y la política; es, en definitiva, una forma de ser de lo político. 

En un breve recorrido por la democracia boliviana en sus 34 años de vida, podemos encontrar muchas luces y sombras que corresponden a cada periodo histórico; pero vale la pena destacar dos elementos imprescindibles: el primero, que a pesar de los ciclos de estabilidad  y crisis,  derrumbe y reinvención, se ha logrado un acuerdo implícito y explícito de sostener la  democracia como régimen político, que garantiza un mínimo de reglas que resguarden a la sociedad de las arbitrariedades del poder, convocatoria a quienes hoy dirigen el país; y el segundo es la progresiva apropiación social de la democracia, que es la mejor garantía de su larga vida.

María Teresa Zegada es socióloga.

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