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María Teresa Zegada
Continuidades y rupturas

Elecciones judiciales: “mal tiempo para votar”

Elecciones judiciales: “mal tiempo para votar”
La célebre novela de  José Saramago, Ensayo sobre la lucidez, empieza con  una frase que encierra un mensaje devastador para el poder: "Mal tiempo para votar”. Esta enunciación, además de las malas condiciones climáticas que eran el dato menos trascendente,  se refería a  un presagio, una sospecha que agrandaba la incertidumbre y generaba incomodidad en los pasadizos oscuros del poder, una suspicacia que se confirmó en el conteo de votos y se impone el voto en blanco con una mayoría abrumadora. 

 Cuando el voto en blanco -mayoritario o no- es capaz de hacer tambalear las bases del poder y generar un nuevo escenario, tiene eficacia política; de lo contrario, es sólo una anécdota, un dato estadístico para los estudios electorales que puede generar descrédito y desconfianza, pero no perfora el esquema de poder. 

 Esto es exactamente lo que sucedió en las elecciones judiciales de 2011. La abstención fue relativamente alta (cerca del 20%), pero éste no fue el dato más llamativo. En promedio, la suma de los votos blancos y nulos alcanzó casi el 60% del total, muy por encima de los votos válidos emitidos; sin embargo, la Ley de Régimen Electoral establecía -y aún establece- que en las elecciones para magistrados, la autoridad es conferida a quien obtenga "el mayor número de votos válidos”; es decir, por mayoría simple. 

 Por tanto, el Órgano Judicial se conformó, en  la mayoría de los casos, con autoridades que tuvieron votaciones inferiores al 10%, muchas de ellas sólo lograron el 4% o 5% de los votos y, en los casos extremos, se invistieron autoridades con poco más del 2% de los votos (alrededor de 10.000 votos). A pesar de que estas elecciones fueron impugnadas en su momento por los opositores y denunciadas por la poca legitimidad de los resultados, no hubo mayores implicancias en el sistema, al punto que dichas autoridades fueron investidas y en este momento  culminan sus funciones después de un deslucido paso por la magistratura.

 Por ello, cuando estamos a punto de cometer los mismos errores aplicando el mismo sistema de elección de magistrados -situación que fue admitida hasta por el Presidente del Estado- con algunas enmiendas para atenuar el desencanto, algunos líderes opositores  están también cometiendo los mismos errores al convocar al voto en blanco o voto nulo, cuando el sistema de elección de autoridades no ha cambiado. Por lo que matices más o menos el resultado  puede repetirse: nuevas autoridades con escasa votación, conduciendo a un mayor deterioro del sistema judicial, en detrimento de todos los bolivianos. 

 El voto en blanco, como dispositivo electoral,  surgió como una opción para que el ciudadano pueda expresar su desacuerdo o  indiferencia con las alternativas de la papeleta electoral, sin dejar de cumplir con el deber ciudadano de concurrir a las urnas, una suerte de "abstencionismo activo”. Existen sistemas electorales en que se introduce una casilla para el voto en blanco o, de manera más simpática, la opción "ninguno de los anteriores”; en otros casos, se toma como voto en blanco una papeleta sin marca o un sobre vacío. 

  Si se pretende dotar de alguna legitimidad a las nuevas autoridades, se requiere abrir una segunda batalla -la primera está en la fase de la preselección- que es modificar la actual Ley de Régimen Electoral estableciendo al menos el principio de que cualquier candidato alcance un mínimo de votación para optar al cargo en cuestión. Así, si el voto blanco se impone, la elección es legalmente anulada y la población puede sentir que su indignación a la hora de votar fue escuchada. 

María Teresa Zegada es socióloga y analista.
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