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Mario Castro
Desde el mirador

El contrabando  disfrazado y desembozado 

El contrabando  disfrazado y desembozado 

Mario Castro

El pasado 28 de agosto se cumplieron 31 años de haberse sancionado el Decreto 21060, en el gobierno de Victor Paz Estenssoro, como freno al desastre de una hiperinflación a la que llevó al país el gobierno de UDP-MIR.  Así fue contenida la  devastadora inflación.   El histórico decreto que entonces transformó la economía boliviana, deplorablemente, además de paliar su rigor, para superar la tremenda escasez y abastecer los mercados estimuló el pernicioso contrabando liquidando gran parte de la industria nacional.
 
Nos detendremos en el grave asunto del contrabando del  que muy poco se ha hecho para erradicarlo,  no obstante las condiciones económicas   favorables, en los recientes  años, especialmente  por acciones internas y por un generoso apuntalamiento de la ayuda exterior. En tanto esta ilícita acción sigue campeando, sin que podamos  alentar esperanzas de que se acabe. 
 
Los contrabandistas al estilo de tristemente célebres mafias han llegado al extremo de esgrimir armas contra efectivos de control. Acusaciones formales señalan que existe una gran cantidad de vehículos "chutos” que están incorporados al parque automotor de diferentes regiones del país. Por otro lado ingente cantidad de ropa usada continúa comercializándose.   Actividades de esta índole muchas veces se disfrazan y otras se las hace abiertamente. Se da también lo insólito, por ejemplo, en el último operativo "Ciclón II”, con el resultado referido, se incautó 19 camiones que transportaban diesel, GLP, harina y otros productos, pero a los dos días otra caravana de más de 25 camiones salía de Escoma consumando nuevamente el delito.
 
Casi para todos estos casos,  existen disposiciones de prohibición,  pero los contrabandistas se mofan de éstas, juegan a la "gallinita ciega”  con los encargados de controles  y encuentran, en una extensa frontera con escasos efectivos policiales -sólo saben ellos-  los  muchos "ingresos de puertas abiertas”.
 
Lo más reciente, entre lo que sale a la luz pública, es que estaban más de cincuenta camiones  con mercadería de contrabando en la pequeña población de Sabaya, del departamento de Oruro, y que para enorme sorpresa, no obstante el conocimiento de la Aduana, desaparecieron con la complicidad de la noche y supuestamente de autoridades originarias  y otras de ese Municipio.   La evasión  de Sabaya debe ser recogida de una vez aleccionadoramente porque  no  es la primera vez que ocurre, en ese lugar y otros,  desde que el contrabando actúa desembozadamente en nuestro territorio. 
 
Este ilícito es algo que se produce desde hace décadas y cada vez con mayor frecuencia. La misma frecuencia con la que los hechos delictivos  pasan  parsimoniosamente al olvido;  más aún es un recuento de la impunidad. 
 
Esos hechos, sin embargo, no son ni pueden ser determinantes. No bastan disposiciones, particularmente porque son escasos los recursos humanos y técnicos. Para que la estrategia sea totalizadora falta que el Estado ejecute las políticas necesarias para controlar las fronteras, organizar operaciones policiales y militares (con estas últimas, tal como lo solicitan los propios policías) con filtros que eviten que los propios encargados de ese control se involucren en esa ilegalidad  y  sin que  la comisión de excesos opaque una tarea que tiene que ser moralizadora. 
 
Actualmente aún es sorprendente la cantidad de titulares de la pequeña y la microempresa, esa enorme legión de emprendedores que han creado innumerables fuentes de trabajo y para cuyos productos abrieron mercados con esfuerzo y con imaginación. Sin embargo, no se los estimula en correspondencia a su contribución. Han sido pocos los caminos habilitados para la exportación.  Al contrario se ha producido el cierre de mercados, agravado por los impactos que les ocasiona el contrabando. 
 
La internación ilegal de diversas mercaderías, además, está marcada por  condiciones no competitivas con la producción de esas micro y pequeñas empresas, inclusive  medianas. Es decir que dentro de casa sigue el avasallamiento del contrabando al que no se alcanza a poner coto y sigue causando daños  tan evidentes  que muchas de esas fuentes de trabajo no han tenido otra alternativa que la de liquidarlas y cerrar sus puertas.    
 
Este breve análisis intenta no  hacerse parte de una cierta conspiración del silencio, según cuyos estrategas los problemas desaparecen cuando no se habla de ellos. Muy al contrario, creemos que el Gobierno debe mirar de frente a las incertidumbres, asumir la existencia de dificultades y que estamos retados a vencer un camino sembrado de obstrucciones. 

Mario Castro es periodista.
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