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Mario Castro
Desde el mirador

Una gran interrogante, ¿y los niños encarcelados?

Una gran interrogante, ¿y los niños encarcelados?
La Cumbre Nacional de Justicia, a pesar de significar uno de los asuntos de la mayor importancia, no ha representado el foro en el que debía debatirse en profundidad la ostensible crisis del Órgano Judicial que incide en la vida del Estado en general. Deplorablemente sólo ha reunido a participantes del oficialismo cuando se esperaba como una oportunidad para la consideración plural, a fin de corregir sus diferentes facetas que por sus falencias actuales repercute negativamente en la marcha de la sociedad boliviana en su integridad.   

 De las principales conclusiones de las seis mesas de trabajo establecidas en esta ocasión, ampliamente divulgadas, en un resumen sintético está claro que ha tenido énfasis el endurecimiento de penas para quienes lleguen a someterse al peso de la ley. Decisiones como estas en otros países, con la idea de disminuir el delito y la violencia, rotundamente han fracasado e inclusive están empeñados en modificar esas medidas, por lo que, en tal caso, la Cumbre de Justicia puede ser inútil.   
 
 Estas consideraciones no son ociosas ni están fuera de una perspectiva real, salvo casos que los expertos consideren como cuestiones cerradas e irrevisables. Conviene recordar que  la moderna doctrina del Derecho Penal señala que la cárcel no debe ser un centro para castigar conductas, sino para redimir al ser humano. Pero ahora nuestro enfoque será dirigido a otro aspecto vinculado directamente a la justicia, a los sistemas carcelarios y a los niños que "guardan prisión” sin haber cometido ningún delito.
 
 Es verdaderamente  lamentable que para muchos niños  la cárcel sea su hogar y esa escuela de vicios sea también su degradada escuela. No podemos pasar  de largo y observar como de "reojo” ese triste hogar y esa desgraciada escuela.  Desde hace mucho tiempo se viene reclamando la tremenda situación de los recintos de reclusión. Sólo "viendo” desde afuera no alcanzamos  a comprender la verdad sobre las  cárceles del país que están entre las peores del mundo;   ambientes  precarios, inhumanos y llenos de injusticias.    Allí  con tanta limitación el hacinamiento es intolerable, las construcciones permanentemente "remendadas” son tan  incómodas que deprimen. Para los recluidos francamente insalubres y ahí están muchos  niños, hijos de los presos.   
 
 Este "encierro” a la infancia lo abordamos anteriormente, con motivo de la visita del Papa Francisco, a la cárcel de Palmasola, con referencias de registro de menores  por las culpas ajenas y que no tienen alternativas diferentes para sobrevivir. Entonces citábamos que se hizo pública una estadística que sobrecoge. En todas las cárceles del país viven (si se puede decir "viven”) alrededor de 3.000 niños. Sólo en La Paz existen cerca de 1.500  niños en los penales, junto a sus padres. Si bien no son presos, les privaron la alegría del aire libre y no supieron encontrar el amor. En ese ambiente su futuro está suspendido  en el azar de un encadenamiento. En ese conglomerado amorfo para su desarrollo y formación es triste ver su mirada de "sentenciados” sin culpa
 
 Esta descarnada estadística no es una novedad; la confirmaron, muchas veces, autoridades del Régimen Penitenciario. Esta realidad dramática referida a los  niños detrás de rejas es un repique sonoro a los Poderes del Estado, educadores, sociólogos, psicólogos y la sociedad en su conjunto, sobre  todo para evitar esta lacerante herida social.
 
 En innumerables discursos, pregones de propaganda, y expresiones de autoridades relacionadas con el tema se dice: "Los niños son el futuro de la patria” y nos preguntamos” ¿Y son patria los niños encarcelados”? 
 Para el cambio sustancial, los responsables de justicia tienen el primer rol debiendo basarse en  políticas de
 
Estado eficaces  que reemplacen los discursos que  no resuelven el problema,  sin perder de vista que toda política que busca eficiencia a cualquier precio se deshumaniza y resulta inservible.
 
 Habrá mucho que hacer por los recluidos adultos y por sus hijos, especialmente por aquellos a los que arrastran a los penales. Es imperioso hacer algo para salvar a esos niños,  para que la justicia presente no sea la iniquidad futura hay que cambiar ese régimen carcelario.
 
 Finalmente nos acercamos a otro ángulo.   Alguna vez recordó Barret que a Carriére le preguntaron cómo el hombre debería contribuir a la paz y contestó: "¡No golpees, no injuries a tus hijos! Hace siglos que los hombres se devuelven los golpes que recibieron cuando niños...”

Mario Castro es periodista.
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