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Mario Castro
Desde  el  mirador

La Cinemateca y sus 40 años

La Cinemateca y sus 40 años
La Fundación Cinemateca Boliviana ha celebrado 40 años de vida. En estas cuatro décadas ha cumplido una tarea trascendente fiel a los fundamentos y objetivos trazados en su creación. En el acto de celebración de este cuadragésimo  aniversario se ha distinguido a dos de sus principales impulsores: Carlos Mesa y Pedro Susz. Y en el reconocimiento a ellos, como expresaron los homenajeados, se lo ha hecho a todos quienes estuvieron, en el principio como   ahora,  en ese empeño de plasmar muchas inquietudes y sobre todo preservar  el archivo  que corresponde, en ese aspecto,  a la historia del país. 

 La Cinemateca Boliviana, como parte invaluable del patrimonio cultural nacional se ha constituido en uno de los emblemáticos reservorios de su  memoria.  Después de denodados esfuerzos, hace  pocos días (12/7/2016) se ha recordado  su  comienzo precario en cuanto a sus posibilidades físicas hasta el estreno de su sede propia;  una edificación extraordinaria, construida  especial y funcionalmente  para ese fin, hoy  única en América Latina. 
 
La Cinemateca Boliviana carente de infraestructura, pero con un genuino amor de sus fundadores  por el séptimo arte, con el agregado de constante voluntad   se fundó el 12 de julio de 1976.  Desde el principio sus objetivos fueron claramente definidos: implementar, enriquecer y conservar un archivo nacional de la imagen en movimiento, y elevar la formación crítica de los espectadores, con los que queda,  sin lugar a dudas, remarcada su importancia.
 
La original iniciativa de Amalia Dávila de Gallardo fue secundada por el R.P.  Renzo Cotta y quien fuera alcalde de La Paz, Mario Mercado, sumadas las inquietudes y afanes de Carlos Mesa y Pedro  Susz. Así, entusiasmo,  talento y perseverancia fueron los cimientos de  la Cinemateca Boliviana que llenó una necesidad hasta entonces ausente en nuestra vida cultural.
 
El comienzo tuvo lugar en la Casa de la Cultura Franz Tamayo. Más tarde, por unos 20 años, los sacerdotes jesuitas le proporcionaron la sala de exhibiciones del Colegio San Calixto, con un canon más simbólico que material. Ya entonces, nació la idea de tener un local propio;  mezcla de sueño y legítima aspiración, que felizmente  se concretó como aporte tangible y altamente conceptual a cultura en Bolivia.
 
En los primeros pasos, mediante un concurso de proyección arquitectónica, se aprobó un diseño, para que se construya esa obra, que no sólo son los sitios adecuados para el archivo y salas de exhibiciones fílmicas,  sino todo un complejo cultural con diversos ambientes útiles para didáctica,  fuentes de consulta, charlas o conferencias y recreación.
 
Nada fue fácil, como no lo son en nuestro medio, para lograr los expeditos movimientos para conseguir recursos y allanar gestiones  inherentes a los asuntos de índole cultural.  El último tramo para alcanzar la meta de tener la sede que hoy se la conoce ampliamente, se recordó  el martes recientemente pasado teniendo en cuenta la infraestructura y el equipamiento,   particularmente para lograr un financiamiento que ascendía a más de cuatro millones de dólares.  
 
Tema  que se encaró con contribuciones de importantes empresas privadas, a las que hay que sumar  el apoyo de algunas embajadas acreditadas en el país,  así como personas particulares y -trasciende la anécdota- sabiendo que es un bien de todos, inclusive se adhirieron a una campaña de recolección de fondos, unos adolescentes "lustrabotas” que aportaron unas valiosísimas monedas que están ahí convertidas en unos cuantos ladrillos.  
 
Las varias posibilidades en su moderna  infraestructura invitan a abordar  en la actualidad  otros aspectos inherentes a su desenvolvimiento. El enorme rol social es  sostenibilidad.
 
El anhelado  proyecto se consolidó también con áreas didácticas. Además de las personas de la propia entidad capacitadas para impartir enseñanza  muchas otras iniciativas han podido tener cabida para  fortificar su labor con charlas, conferencias, talleres y otros que son útiles, igualmente, para formar nuevos públicos, especialmente de jóvenes y niños.
 
Pasados los 40 años de vida el reto continúa porque cada día su programación, su oferta tiene que ser novedosa, ésa es una labor que nunca se acaba. No sólo es una tarea que se mide en el transcurso del tiempo sino en sustentar sus cualidades de cinemateca, evitando, al mismo tiempo, que la devore la producción estrictamente comercial, como  la espectacular industria fílmica "hollywodense”   no siempre edificante.
 
Si bien es cierto que allí se comprueba una constancia de particulares asistentes a sus proyecciones, no es menos cierto que falta, en lo general, un sentimiento de apropiación de parte del público. No  obstante haberse emitido, en este largo tiempo, mensajes para que sintamos como nuestro este bien común porque, efectivamente la Cinemateca es de todos,  la amamos como cosa nuestra y  parte muy importante del patrimonio nacional cultural.

Mario Castro es periodista.
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