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Desde el mirador

Para “vivir bien” cuenta la seguridad ciudadana

Para “vivir bien” cuenta la seguridad ciudadana
Se puede afirmar que no hay desazón comparable a la congoja infinita cuando un ser querido desaparece. Y cuántas veces las acciones viles de atracadores, secuestradores y autores de crímenes de esta naturaleza son obra de delincuentes que operan no precisamente en callejones oscuros, sino en calles céntricas a plena luz del día y  ni siquiera conocen a sus víctimas.

 Son también grandes los sufrimientos de quienes tienen que afrontar esas pérdidas. Si la cuestión no es fatalmente  irremediable, tratan de mitigar heridas, fracturas, en fin, traumas de los que difícilmente  pueden salir las personas atacadas.

 Familiares y amigos solidarios no sólo se ven impotentes sino más que sorprendidos, perplejos porque la acción de los violentos, en muchos casos es de una magnitud tremenda  ¡por apropiarse de nada! Llega a lo horrendo que un atacado pierda un ojo, o que otro quede inutilizado para siempre por robarle un celular.

  El Estado es un cuerpo social que depende de sus células. Ese organismo palpitante está enfermo si se lastima ignominiosamente los componentes  básicos, es decir las partes integrantes de nuestra colectividad, sí  muchas familias en sus más íntimos tejidos han sido dañadas. Y el Estado está en la obligación de evitar que la irracionalidad de la violencia siga destruyendo seres humanos y núcleos familiares.

 El conglomerado social sigue reclamando Seguridad Ciudadana.  Desde hace varios años se viene planteando la vigencia de un sistema de seguridad que debiera encajar en el pregón repetido de "vivir bien " y  que deplorablemente en relación con este tema, sólo está en los discursos y en la práctica cotidiana está ausente. Se ha dicho públicamente reiteradas veces que  se tienen "planes contundentes”. Sin embargo, pocos  han sido los intentos en ese sentido y apenas se aplica algunas medidas hasta ahora poco efectivas; en tanto, la delincuencia sigue volcándose a las calles o ingresando en viviendas con impunidad.

 En nuestro medio habitable no se daban con frecuencia estos hechos, pero en el último tiempo hasta lugares considerados poco probables para esta amenaza  se han  convertido es un escenario de peligros, habiéndose  alterado ese clima de convivencia pacífica por el accionar de la delincuencia y  son constantes los atracos, secuestros e incluso crímenes. 

 Los antisociales están actuando en todo el país, en el centro de las grandes ciudades, en barrios adyacentes y en la periferia, así como  en ciudades intermedias que corrientemente eran ámbitos urbanos tranquilos.

  Generalmente  se endilga al descuido de la Policía el mal endémico de la delincuencia, pero ¿qué se puede exigir a un organismo policial con insuficientes efectivos, mal pagados y con escasos recursos técnicos y de transporte?   Esa misma  Policía ha dado cuenta, hace poco,  que hay más de 200 grupos de pandilleros en la ciudad de La Paz y en la ciudad de El Alto. Permanentemente   registra y divulga  robos y asaltos, cuyos autores están agrupados o bien obran individualmente. Al margen de inferir daños a las personas y a bienes públicos y privados son constantes  las peleas despiadadas entre ellos.

  Es importante averiguar la identidad de estas personas, muchas de ellas reincidentes,  con el fin de detener su acción temeraria y es igualmente importante indagar las causas que conducen a delinquir, conocer en profundidad las raíces subyacentes del grave problema social para arrimarle las soluciones adecuadas.   

No se trata de hacer acusaciones, sino de sugerir reconvenciones que podrían ser humildemente asimiladas para preservar derechos de la ciudadanía  especialmente a los funcionarios de gobierno cuya competencia es el  bienestar de la población.   Al mismo tiempo, cabe exigir de los poderes públicos las medidas suficientes para poner coto a estos temibles sucesos.

  Lo deplorable es que muchas veces se han involucrado en el delito policías que han manchado a su institución y como no es suficiente simplemente limpiar su imagen es imperioso modificar y sanear su estructura, y comportamientos. Tampoco eso basta. Es indispensable que el Estado proporcione los recursos indispensables y le dote de equipos para poner en movimiento todos los elementos que están a su alcance para un efectivo desenvolvimiento.

 No caben excusas. Hoy esos instrumentos de seguridad deben ser puestos en actividad con carácter de urgencia.

Mario Castro es periodista.
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