La Paz, Bolivia

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Mario Castro
Desde el mirador

Una gran necesidad: cultura de paz

Una gran necesidad: cultura de paz
No se incurre en  ninguna exageración si se afirma que muchos  bolivianos no son partidarios de la convivencia pacífica. El repaso retrospectivo exhibe, en incontables  momentos cruciales, sucesos que riñen con la tolerancia, el respeto mutuo y el pacifismo. Ahora, como antes, también en la cotidianidad se repite el mismo fenómeno que lleva a pensar que es algo así como un rasgo de idiosincrasia. No se puede eximir en esa definición la carencia de formación integral, a partir de la educación, por tantos años mal atendida en nuestro país.  
 
Es una constante atrincherarse en posiciones opuestas por diferencias ideológicas o culturales. Pero muchas veces impulsan esos desencuentros la mezquindad y el egoísmo. Nos animamos a aseverarlo porque en un sector o grupo en el que parecía que se compartía los mismos ideales, se han producido escisiones que nos han dejado pasmados y han afectado no sólo a sus integrantes o a la unidad de sus sectores sino a la sociedad nacional total.
 
Que no sabemos vivir pacíficamente no es un descubrimiento, inclusive en las voces de la calle escuchamos frases comunes como: "entre ellos era impensable la ruptura, pero el idilio duró poco”. Entre esos frecuentes momentos críticos ubicamos el panorama de estos días, así como de otros anteriores  y, no dudemos, luego vendrá otro y más tarde otro...             
 
Un reciente punto extremo se radicó en asientos mineros.  Aún no se alcanza a comprender que semejante beligerancia haya sido por la discrepancia en la explotación extractiva y de privilegios que se arrogan incendiando ferozmente el asunto con saldos lamentables inclusive de personas muertas.  
 
Es evidente que se dejó pasar mucho tiempo en la confrontación y sólo cuando la situación era de gravedad se decidió poner orden con efectivos policiales, los que igualmente se desplazaron sin calcular los riesgos para cumplir la misión,  los mismos que también fueron recibidos con los ánimos alterados por la furia acumulada que cerró hasta el último resquicio para encontrar la paz y el entendimiento.         
 
Y, lo que pudo haberse hecho oportunamente para darse la solución se convirtió en un duro enfrentamiento que fracturó la posibilidad de la mejor convivencia. Como en muchos casos, se llegó a una lucha irreconciliable y  hasta envilecida.  Y acaso los protagonistas para más adelante, con este problema u otros, seguirán preparando estrategias belicosas a las que asistiremos con pena y estupefacción.
 
El análisis sobre esta inclinación a lo violento demuestra que algo muy profundo está fallando. Hay que buscar la raíz de los problemas más allá de los factores económicos que son la base estos conflictos en la explotación minera. Corresponde a gobernantes y gobernados construir, otros andamios para desenlaces positivos.  Por eso mismo, la experiencia señala que los arreglos cosméticos no servirán de nada.  
 
Los "cooperativistas” que en buenas cuentas son empresarios de las concesiones obtenidas plantearon la atención de varios puntos harto conocidos y el gobierno no aceptó considerar ese paquete en tanto no se levanten sus extremas medidas de presión, tratando de imponer inclusive caprichos por haber gozado de privilegios que el propio gobierno les otorgó.   
 
Hay otro asunto derivado de esto: la interrupción del desplazamiento de las personas que necesitan trasladarse de un lado a otro para trabajar y  el transporte de mercaderías que aproximan mercados de producción con los de consumo, por caminos bloqueados y,  por otra parte,  el  turismo, afectado enormemente por los acontecimientos ocurridos . Y para ir al meollo de la cuestión, en términos claros, hay que decir que el turismo no sólo exige infraestructura y facilidades, es más que importante la paz social.
 
Por fuerza de la intransigencia  una paz social ha sido abolida en nuestro país, desde hace mucho tiempo. A nosotros ya no nos extraña, o nos hemos resignado a la ausencia de la convivencia pacífica, pero aquí cabe la pregunta: ¿a extranjeros les animará visitar un lugar inseguro?.
 
Los perjudicados no sólo son los turistas, sino que daña a tantas personas dedicadas a la actividad turística, a la economía por ser una industria que en caso de desarrollarla reportaría grandes réditos a las empresas estatales y  privadas, a la posibilidad de generar puestos de trabajo sobre todo ahora que confrontamos una ostensible falta de empleo, al erario nacional y al desarrollo que anhelamos.
  
Mario Castro es periodista.
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