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Mario Castro

Democracia y vaivenes políticos

Democracia y vaivenes políticos
Siete lustros son, en el curso del tiempo, infinitamente menores a un parpadeo, pero 35 años en la vida de un país pueden ser muy significativos sobre todo si es un tiempo en el que tratamos de dotarnos de un sistema de derecho  que se asiente sólidamente. 
 
 Mañana, 10 de este mes, se cumplirán 35 años de haberse recuperado la democracia, una aspiración varias veces postergada hasta aquel octubre de 1982. Un tesón democrático se puso de manifiesto en un país al que pocas veces se le dio la oportunidad de elegir libremente a su gobierno.   Acaso también porque los gobiernos de facto y dictatoriales se convirtieron en la contraparte necesaria: sufrir el autoritarismo hace amar más la libertad. 
 
Ahora, más de un cuarto de siglo sugiere una evaluación detallada y serán muchas, de diferentes ópticas, las que se harán.  Desde otro ángulo, en el pequeño espacio de esta columna, hay algunas reflexiones  que considero válidas. Este hito histórico, desde que el país comenzó a encaminarse a un mejor destino, ha buscado una doctrina asentada en el derecho  y la institucionalidad.  
 
Desde hace 35 años iniciamos una  nueva historia, empero muchas veces hemos llenado de incógnitas y de incertidumbre esa atmósfera de esperanzas. Consolidar la democracia depende de un buen gobierno, es decir de una gestión de respeto a principios y honesta administración de la cosa pública: igualmente  de un esfuerzo común de acciones responsables de los gobernados.
 
 Sin lugar a dudas la crisis más profunda del sistema democrático que vemos como observadores de nuestro tiempo, no se detiene en la democracia. Se extiende hasta  los fundamentos del Estado.  Si se transforma en una dirección dictatorial, trata de supeditar a toda la sociedad al Estado,  dispersándolo con una etiqueta de revolución cultural.   En el fondo subsiste el viejo problema : dictadura o libertad.
 
  Para justificar esas conductas se pregona la idea de "progreso inclusivo” con una hábil demagogia, una creencia  absorbida  por la mayoría y con pocas muestras, no obstante una época de bonanza económica  que podemos considerar que  no ha sido  aprovechada mejor en los grandes problemas sociales que nos aquejan.
 
 Ahora el partido gobernante  con el rótulo de socialista plantea, en inocultable angurria de poder, elecciones de perpetuidad para el actual régimen. En nuestros días comienza a discutirse el tema y el mito se viene al suelo junto a la ideología, de economía y política que lo alimentara; exhibiendo, en muchos casos,  corrupción, servilismo e incompetencia.
 
 En ese clima vivimos una realidad que daña la democracia:  representantes del partido oficialista Movimiento al Socialismo (MAS) han pedido al Tribunal Constitucional Plurinacional la eliminación  de cuatro artículos de la Constitución Política del Estado y la  anulación de los resultados del referendo del 21 de febrero de 2016, en un claro desconocimiento de  la  alternabilidad  y de los Derechos Humanos, con el fin de habilitar  a Evo Morales, en su reelección el 2019, y el TCP aceptó la solitud provocando rechazo y protestas con advertencias de que si le da curso asestaría un gravísimo golpe contra el orden democrático en el país.   
 
 Un concepto simplista o simplificador se ha difundido  identificando democracia como elecciones. En su esencia contiene algo más, la cuestión no radica solamente en actos electorales, sino en la vigencia del respeto a las normas legales, y  el derecho a discrepar o disentir privilegiando la confrontación de ideas.
 
 Superado el concepto de electoralismo es pertinente retroalimentarse con los grandes pensamientos clásicos de Aristóteles, Polibio, Cicerón y sus discípulos que fueron los primeros en definir la democracia como una forma de gobierno, que no la miraban como un fin en sí mismo, que se agota en el establecimiento de instituciones, elecciones, partidos, legislaturas; sino como un medio para un fin. El buen gobierno para la comunidad.
 
 Los directamente interesados se amparan detrás del paraguas de "el pueblo me pide que continúe en el mando”, "no soy yo, es la opinión pública”;  si la democracia fuera producto de opinión pública legítima, el pueblo entero tendría sus necesidades cubiertas. En alimento, vivienda, educación, salud, trabajo, hay una opinión generalizada que demanda que no siempre fue atendida por los detentadores del poder, que sin embargo se regodean hablando de democracia. 
 
 No cabe duda que para gobernar hay que eludir el facilismo y saber escuchar a los otros. Las expresiones en los medios independientes, las de la cotidianidad o la calle pueden ayudar a la capacidad e imaginación de  gobernar para resolver unos conflictos sin crear otros nuevos.
  
Mario Castro es periodista.
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