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¡Imperioso! Protegerse de embates destructores

¡Imperioso! Protegerse de embates destructores
Murió el sargento Juan Apaza Aspi. Su deceso ocurrió el recientemente pasado martes 7. No se trata de alguien que falleció en forma natural  o que sufría alguna  enfermedad. Tenía sólo 31 años. 23 días antes estuvo en terapia intensiva. El anterior sábado 14, cerca de las diez de la        noche, en pleno centro de la ciudad, una esquina de la Plaza Murillo, cuando terminaba un concierto musical en la Catedral Metropolitana y la gente se disponía a salir, un antisocial que había atracado a una librecambista, cuando lo perseguía el Policía para atraparlo, le disparó con un arma de fuego que le destrozó órganos importantes y lo llevó a la muerte.

  No mucho antes de este suceso,  a un muchacho muy joven, en cercanías de una discoteca, con la complicidad de la oscuridad de la noche,  un delincuente  lo asaltó para robarle su teléfono celular. Y como éste se resistía a que le arrebaten algo de su propiedad  el maleante le disparó un balazo y lo mató. Tal vez capturen al autor del crimen (tal vez...). Pero ya nada podrá reparar esa vida ni el dolor infinito de su madre. 

 Como esos hay muchos casos que apenas llegan a las denuncias y protestas de una sociedad impotente y desprotegida. Ha sido abolida la tranquilidad en que transcurría nuestra vida cotidiana.  La convivencia pacífica es ensombrecida, desde hace unos años, por la delincuencia   La información de la irracionalidad es abrumadora todos los días.

 Las más de las veces los delincuentes  actúan en grupos  o mafias agrupadas. Sus viles actitudes conmocionan,   porque en los secuestros especialmente las   víctimas son  niños  y  adolescentes en cuya tierna humanidad se ceban las acciones más bajas que puede albergar el alma de hombres o mujeres cuando sus conductas se tuercen.

  La delincuencia está presente en todo este escenario de peligros (particularmente en las ciudades de La Paz, El Alto  y  Santa Cruz ,   en el centro, barrios circundantes y en los de la periferia. Son muchos los casos de asaltos, robos, atracos, e incluso crímenes dándose los modos más ingeniosos y en otros con una  violencia frontal. Y si se    producen descubrimientos de esta índole son casi casuales.  En algunas ocasiones  nosotros mismos, colectivamente, fuimos responsables, porque no le dimos  importancia a la violencia que nos rodeaba.

 Muchas veces también  subvaloramos las acciones de la violencia desatada, porque no dimensionamos  la seguridad ciudadana en otros, paradójicamente, los encargados de ese control se han involucrado en el círculo del delito; más que una acusación ésta quiere ser una reconvención que debiera ser humildemente asimilada para combatirlo.

 Se han trazado  repetidamente planes de lucha toda vez que el problema se hacía más evidente y la delincuencia se ha acentuado. No bastan propósitos de medio camino. Hacen falta, al menos, dos cosas:   la primera es indagar en las profundidades donde se encuentran las raíces de los múltiples problemas sociales que conducen a la delincuencia, hasta develar sus causas fundamentales. La segunda,  que el Gobierno -sobre todo en relación con sus mecanismos específicos- asuma la responsabilidad de cumplir su rol de guardián de la colectividad, cosa que se puede exigir sólo con mayores dotaciones de equipos a la Policía, y de orden económico para sostén de sus recursos humanos.

  Dentro de ese mayúsculo empeño, frente a la magnitud del riesgo concreto urge que se planifique las   correspondientes políticas de respuesta. El punto de partida tiene que ser asumir la gravedad de lo que ocurre y la amenaza de su continua expansión.

  En coincidencia con la espera de contar con una política pública que permita visiones integrales y estratégicas para que el  Estado Plurinacional sea el garante de la paz social;  sin embargo, en el más reciente informe presidencial, en la  Asamblea Constituyente se habló otra vez de intenciones respecto de seguridad ciudadana prometiendo  que el Poder Ejecutivo impulsará la         aprobación de nuevas normas  sobre el delicado asunto y apuntalará acciones eficientes.

 La violencia y la delincuencia  -dupla ominosa- conlleva una amenaza irrestricta que no reconoce  fronteras, sus víctimas pueden ser adultos o niños inocentes. Peor aún, la delincuencia continúa y en estos hechos participa gente que había sido aprehendida y puesta en libertad inexplicablemente y que se suma a otros que están deshaciendo la confianza en el sistema policial, carcelario y jurídico.

 El horror que nos sacude generalmente queda confinado a la zona   -gratificante pero con frecuencia estéril-  de las solidaridades, de la pena y la condena moral por implacable que sea.

Mario Castro es periodista.
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