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Desafío de prioridad: alimentación

Desafío de prioridad: alimentación
El  Programa Mundial de Alimentos (PMA)  dio a conocer un informe preocupante sobre los niveles de desnutrición crónica en nuestro país. Al corroborarlo, su director regional para América Latina y el Caribe, Miguel Barreto, precisó que los indicadores señalan que Bolivia registra entre el 25 y 27%, ubicándose por encima del promedio de la región, que llega al 16%.
   
 Esas referencias coinciden con estudios cuidadosamente elaborados por expertos calificados de organizaciones internacionales. Por ejemplo, en  términos globales la FAO, Organización de las Naciones Unidas Para la Agricultura y la Alimentación, en su informe anual   pintó un panorama alarmante,   revela que el hambre en el mundo se incrementó en un 9%. La crisis económica borró en un año lo que durante tres décadas se había avanzado en la lucha contra la falta de alimentos.

 En cuanto  a esta parte del mundo,  indica que 53 millones de latinoamericanos sufren hambre. Al respecto, Asia y África siguen siendo las regiones con el mayor número de gente con  hambre, pero llama la atención el dato en Latinoamérica. Comenta ese Aspecto el Jefe de la Oficina de la FAO en España, Germán Rojas, quien señala  países con mayor intensidad del problema: Haití, con más del 50% de la población; en el Caribe, República Dominicana con un 21 %; en Centro América, el porcentaje más alto se concentra en Nicaragua; y en Sudamérica (nuestra situación, debe particularmente preocuparnos) está el caso de Bolivia, donde el 23% está afectada por inseguridad alimentaria.

 Relacionamos lo anotado con una declaración que hizo, hace algún tiempo, el director del Fondo de Población de las Naciones Unidas, Rainer Rosembaum: "Bolivia no puede ser un pueblo feliz porque el cinco por ciento vive en la abundancia, el 15 por ciento en bienestar relativo y el 80 por ciento en condiciones de pobreza y de mal nutrición”. Y, en efecto, tenemos una enorme brecha alimenticia, extendida y perturbadora.

 La producción total de alimentos en nuestro país abastece apenas a algo más de la mitad de la población. Particularmente gran parte de la niñez está subalimentada y es un factor negativo en etapa de formación porque  incide inclusive en su rendimiento escolar. Por otro lado, la recopilación de datos nos conduce a la conclusión de que muchos agricultores han engrosado las filas de los productores de coca, por darles mayores ganancias,  habiendo abandonado los rubros de alimentos y los alcaloides no aportan a superar la desnutrición crónica. 

La alimentación, sin duda, tiene que ver con muchos factores que hacen su especial importancia:  una economía específica de producción, sustento y desarrollo y que exige, además, políticas públicas,  recursos humanos y  tecnología, que demandan constantes mejoras, así como acciones eficaces.  Dentro de las atenciones prioritarias está igualmente la educación, sólo sobre la base de ella se puede entender que no se trata de comer más, sino de alimentarse mejor.

Es necesario aplicar políticas de Estado que promuevan cambios de hábitos en el consumo de alimentos. Aún en estratos sociales "aparentemente  pobres”, como los de la extensa cadena de comerciantes que detentan el poder económico (la "nueva burguesía”),  su alimentación es pésima por no estar adecuadamente equilibrada. Mucha gente en esos sectores no consume leche, verduras y otros nutrientes indispensables en dietas racionales. Naturalmente que es más ostensible  en sectores  de escasos recursos  (sin  empleo o con salarios bajos) en los que apenas alcanzan a una comida barata, vulnerable a los efectos de la mala nutrición. 

En la observación de esta realidad no podemos engañarnos;  por  mucho tiempo nuestro país no abandonó su carácter de monoproductor en minerales, luego el gas pasó a ser el otro protagonista de la economía boliviana, en ambos casos  sometiéndose  a los vaivenes de las fluctuaciones del  mercado internacional, sin alternativas. La diversificación productiva tantas veces sugerida tuvo lugar más en los discursos que en la práctica, especialmente en campañas electoralistas, y resulta penoso que en un territorio generoso con tantas posibilidades para la agricultura y la agroindustria tengamos notoria carencia alimentaria. 

Es necesaria  una planificación que propenda a aumentar la producción de alimentos. Los políticos no deberían  perder de vista que gruesas capas de la población están en la imposibilidad de consumir el alimento que necesitan.  Además que la población aumenta a un ritmo más rápido que la producción de bienes de subsistencia.

 Urge  tomar conciencia  de esta situación y sus correspondientes soluciones. Será honesto pensar en un país que no esté subalimentado. De la alimentación no sólo dependen las capacidades físicas, sino las posibilidades intelectuales  y culturales.

Mario Castro es periodista.
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