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Desde el mirador

La infancia no sale a protestar pero reclama

La infancia no sale a protestar pero reclama
En un par de días más (el 12 de abril) escucharemos resonantes discursos por celebrarse el Día del Niño.  Es, sin lugar a dudas, enormemente placentero  que se haya marcado en el calendario una fecha para festejar a esos pequeños que encarnan la alegría de vivir en los diferentes estratos sociales en que está parcelada nuestra sociedad.  Esta especial fiesta dedicada a ellos tendría que ser una y única para todos pero hay algunas distancias que esta celebración nos lleva a considerar. 

 Es ciertamente halagüeño que muchos de ellos tengan un entorno    placentero, pero es tremendamente penoso constatar que hay un gran número de otros niños que no disfruta los bienes vitales y  ni siquiera lo esencial para las satisfacciones elementales.

 En los muchos discursos se pondrá énfasis en los derechos del niño, pero generalmente son sólo enunciados porque,  desde hace tiempo, a un una gran parte de la población infantil, en ciudades y en el campo, a esos vulnerables e indefensos seres humanos  no se les ofrece las deseables condiciones para vivir bien. Algo se ha hecho en el último tiempo pero es aún notoriamente  insuficiente. 

 Me pongo a pensar que sería más contundente exhibir algunos ejemplos, claro que los hay y muchos, pero me limitaré a citar uno que muestra parte de esa  dura realidad que cuaja con exactitud en ese día de grata e ingrata celebración. Hace no mucho tiempo fui a ver la película documental El minero del diablo de Davidson y Ladkani, cuyo tema principal es la mina en nuestro país y el protagonista un niño minero. He salido del cine con el corazón estrujado.
 
Seguramente a quienes la hemos visto nos perseguirán las patéticas escenas y las asocio con tantas otras, no sólo en asientos mineros, en otros pueblos pobres de nuestro territorio, y hasta en las comunes esquinas de los cinturones marginales de las ciudades e, inclusive, en los centros citadinos.

 A esas secuencias que no son prefabricadas para una película –ya lo dije que se trata de un documento fílmico-  se agregó leer un informe preocupante del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), una institución que para un informe no hace cábalas, conjeturas o cálculos como juegos pirotécnicos,  sino estudios serios, dignos de crédito, a veces descarnados, sobre todo porque tienen que ver con el sector más sensible de la sociedad y por ello difícil de soslayar para el comentario, y para el cotidiano vivir.

 En la lectura de sus informes sólo se ve, como en el más reciente caso, desgarradoras estadísticas sino conmovedoras realidades.  Es en buenas cuentas diagnósticos y orientación.
 
 Advierte que si no se introduce cambios reales en la forma de hacer políticas públicas, hasta la actualidad, alrededor de 160 mil niños y niñas, morirán antes del primer año de vida.

El documento señala también, especialmente para esas políticas de orden público, que 600 mil menores de edad sufrirán desnutrición, 180 mil no asistirán a la escuela primaria, cerca de dos millones no estarán en las aulas del ciclo secundario y casi un millón de niños tendrán que trabajar.

Unicef señala que actualmente de 225 mil niños y niñas nacidos, anualmente, 6.000 mueren el primer mes de vida. En su desarrollo cuatro de cada 10 logran superar todas las adversidades que se les presentan durante sus primeros 15 años de vida.

 Si actualmente más de cuatro millones de niños, niñas y adolescentes bolivianos, representan en su conjunto el 44% de la población nacional, debe ser de máxima comprensión la necesidad de reconocer la importancia de invertir en ese sector como actores del desarrollo.  Es imposible que un país prospere cuando no se atiende adecuada y dignamente a esas células sociales, el niño, la niña y el adolescente.  Es imperioso construir sus capacidades y promover que vivan a plenitud en el marco de los derechos establecidos por la Convención de los Derechos del Niño.

No puedo olvidar la mirada de ese niño minero del documental y de muchos otros niños en cuyos ojos está clavado el reclamo y en los que hay un destello de esperanza, confiados en que habrá una fraternal dulzura con ellos, pero sobre todo solidaridad.

La infancia, particularmente aquella que está desvalida,  no puede ser motivo de preocupación sólo en este tan próximo  Día del Niño; sus necesidades se convierten en un reto para planificar soluciones sin demora de parte del  Gobierno y de todos.

Mario Castro es periodista.
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