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Mario Castro
Desde el mirador

De los derechos de prensa y de información

De los derechos de prensa y de información
Por diversas declaraciones, en los últimos días,  de personajes encumbrados en el poder abordamos  la libertad de prensa y su lógica derivación a la ciudadanía: el derecho a la  información. No es nada novedoso. Muchos periodistas, así como analistas, se han ocupado del tema en distintas ocasiones y quien suscribe esta columna también lo ha hecho en distintas oportunidades, desde diferentes ángulos.

Ahora, en coincidencia con el Día Mundial de la Libertad de Prensa , instituido en 1993 por la Organización  de las Naciones Unidas,   el presidente Evo morales expresó -vía Twitter- que "es un pilar fundamental de nuestra democracia”, puntualizando que "Bolivia celebra y garantiza ese derecho”. Varios periodistas e internautas criticaron ese mensaje señalando que las palabras deben guardar lealtad con los hechos, lejos de la mínima  presión o del amedrentamiento.      
     
  También  la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Internacional de Derechos Humanos, organismo integrante de la OEA, en su informe anual,  hizo hincapié "en varias limitaciones que el gobierno impone a los medios de comunicación de Bolivia y recomienda a las autoridades no lesionen los derechos de comunicadores”. Reconocen así que tienen facultades para denunciar, por ejemplo, actos de corrupción que damnifican al  propio Estado  y, por otro lado, que en el ejercicio del periodismo se cumple una labor  que a veces  distorsionan funcionarios de ámbitos oficiales con versiones contradictorias.   

  Estamos cotidianamente frente a un fenómeno promovido por los medios de comunicación: una creciente ola de debates y una acentuada preocupación por asuntos de interés nacional motivados por la información, y la opinión que  profusamente difunden   prensa, radio y televisión.  
 El ejercicio del periodismo es el basamento fundamental en los medios y  los responsables –directores, redactores, reporteros, editores, comentaristas y otros - que aporta a ese "molino sin tregua” hace que se constituya, más allá de un servicio público, en un bien común trascendente.    
Por su importancia e influencia se ha instituido un 3 de mayo, a iniciativa de la Unesco, Organización para la Educación, la Ciencia y la Cultura de la Naciones Unidas,  el Día Mundial de la Libertad de Prensa. La conmemoración no sólo destaca el alto valor intrínseco de esa libertad, sino que la hace propicia para reconocer a  quienes se desempeñan en este trabajo al servicio de la comunidad. Es también oportunidad para remarcar cuán perniciosa es la acumulación de medios en favor de un sistema gubernamental que  sirve a intereses  sectarios y no a la colectividad,  aquellos que deplorablemente sólo sirven al gobierno de turno, olvidando que el Estado somos todos.

  Sin lugar a la menor duda, esta actividad concierne a toda la ciudadanía, es un axioma indisoluble la libertad de prensa y el derecho a la información; ese derecho de todo ciudadano a informarse sin distorsiones, de modo plural. 

  No obstante lo anotado, especialmente en el momento histórico que se vive en el país, la libertad de prensa debe contar con una balanza infalible para calificar verdades o manipulaciones y no endilgar arbitrariamente la culpabilidad de todo error en la función pública a los medios de comunicación y a los periodistas o lo que es peor, estigmatizar esta actividad como "cartel de la mentira”.

 Según un ya antiguo estudio de la Unesco, la profesión de periodista transita cotidianamente por las cornisas de alto riesgo.  Esta calificación, que vista superficialmente parece una exageración, encuentra razones en acontecimientos concretos tercamente recurrentes. Reporteros, camarógrafos y fotógrafos que sólo estan allí para la cobertura periodística recibieron trato irracional por abuso de autoridad  y por incomprensión de dirigentes cívicos, políticos o sindicales.

Pero no sólo son agresiones físicas en escenarios de enfrentamientos con las que se ataca al periodista. También se dan en la cotidianidad las agresiones verbales, no obstante la lucha del periodismo, hoy como ayer, por la vigencia de la democracia. Deplorablemente se está haciendo una costumbre endémica ese tipo de ofensas que conlleva la agresión psicológica.

Igualmente son muchas las desaprensivas declaraciones.  En  raptos soberbios de algunos funcionarios del Estado eludiendo responder a cuestiones de interés nacional,  salta a la vista  la incongruencia, porque de lo que se trata es que el periodista está cumpliendo una labor social y no debe considerarse irritante aquello que tenemos derecho a saber, sin olvidar, además, que esos funcionarios son servidores públicos.   

Mario Castro es periodista. 
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