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Oscar Díaz Arnau
Dársena de papel

La palabra en red social

La palabra en red social
Cada día, cada minuto estamos a un sustantivo de ser precisos o ambiguos, categóricos o vacilantes, explícitos o caleidoscópicos; a un adjetivo de ser justos o arbitrarios, piadosos o crueles, estéticos o inmoderados; a un verbo de ser listos o torpes, prudentes o verdugos. Cada segundo, ante todo, estamos a un pensamiento de ser responsables o no. La materia prima de los seres humanos no es la dominante tecnología, aunque usted no lo crea, sino la mente; después, la sencilla palabra. 

Las personas, aunque cada vez más auxiliadas por la ciencia e incluso reemplazadas por la máquina y por una competencia menos odiosa: los robots, tenemos en la palabra un poder ilimitado. De hecho, para lograr el éxito de la comunicación y en desmedro del resto de los animales, no poseemos una herramienta mejor. Así y todo, ¿cómo la utilizamos? ¿somos responsables, tenemos conciencia del compromiso que nos cabe al manejarla, por ejemplo, en las redes sociales? ¿No son acaso el Facebook, el Twitter y cía. un diario mundial, una memoria colectiva, el cofre virtual de nuestras palabras?
 
Sin palabra no hay nada. Antes, el poder de la palabra estaba concentrado en gran medida en el periodismo, que tenía el monopolio de la información; la internet le ha arrebatado ese privilegio, ese poder omnipotente y entonces la palabra en manos del usuario no periodista, dentro de las redes sociales, adquirió otra dimensión: más pública, menos restringida a su antiguo entorno cerrado. Esas redes —un verdadero guiño al periodismo— han emparejado a los usuarios de la palabra (aun con las estadísticas de la ONU según las cuales el 52.9% de la población no tiene internet).
 
Las cosas están así: sin el periodismo tal vez no sabríamos ni la mitad de lo que nos enteramos todos los días, pero ya no solamente informa el periodismo. Y aunque éste, por su naturaleza, tiene una responsabilidad mayor, el usuario no periodista no puede perder de vista que se desenvuelve, interactúa y vive dentro de un sistema de redes sociales en el que otros escuchan y leen su palabra, la palabra que es, siempre, un arma de doble filo.
 
Por eso estamos todo el tiempo a un paso de la verdad o de la mentira, de lo juicioso o de lo absurdo, de la mano tendida o del latigazo verbal, de la caricia para el alma o de la patada al hígado. Es tan liviano a veces el uso que hacemos de la palabra que da la impresión de que la subestimamos, de que no tenemos verdadera conciencia del poder que guardamos en la mente justo antes de sacar a relucir nuestros pensamientos.
 
Afortunadamente, equivocarse está en los cálculos de cualquier persona. Y afortunadamente también, las redes sociales tienen lo que en la escuela era la goma de borrar, esa opción que se nos brinda para eliminar un comentario; además, contamos con la alternativa de editar, para modificar o perfeccionar lo que hayamos escrito.
 
La autoedición es un buen hábito en aras de la comunicación, una virtud, un mérito; también un acto de piedad de la red social con nosotros. En Facebook, por ejemplo, otros leen mi palabra, y ojalá la comprendieran. Para eso necesito tener un alto sentido de altruismo, aprecio, al menos respeto por el otro que me lee; de ser así, no únicamente pensaré en mí cuando escriba en mi muro, sobre todo si quiero informar.
 
Generalmente somos lo que demostramos, lo que decimos con la palabra. A veces quisiéramos que no, pero eso mismo pasa en las redes sociales (no somos dos, sino una misma persona, lo cual significa que no hay ninguna diferencia entre ser y escribir en Facebook o WhatsApp y ser y escribir fuera de esas realidades virtuales). ¿O estaremos ante aquello que nos alertó Jaime Sáenz, aunque sea para decirnos otra cosa: "Qué tendrá que ver el vivir con la vida; una cosa es el vivir y la vida es otra cosa”.

Oscar Díaz Arnau
 es periodista y escritor.
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