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Oscar Díaz Arnau
Dársena de papel

Intelectualidad e inteligencia

Intelectualidad e inteligencia
Tengo la impresión de que se da por sobreentendida la inteligencia de un intelectual, ¿es de intelectuales la inteligencia? Habiendo varios tipos de inteligentes, ¿puede un intelectual (hombre, jamás se nos figura una mujer) no encajar en ninguno de ellos? Si la misógina intelectualidad no hace mejor ni peor a nadie, correspondería agradecer todo esfuerzo por ser o parecer intelectual ("nunca he sido un intelectual pero tengo ese aspecto”, dijo Woody Allen). Alguien debe encargarse del trabajo sucio de pensar por los demás.

Un obsesivo César Aira habla en una reciente entrevista de un "intelectual inteligente” (Duchamp, para él) y, sin quererlo, con su brizna de ‘qué me importa’ pone en su sitio una categoría presente en las sociedades contemporáneas, donde la terquedad de unas democracias cada vez menos democráticas paren a menudo grandes intelectuales nada inteligentes, aunque se pasen de vivos. Esta columna nace por esta última idea mía que está motivada en la actualidad política boliviana pero, ante todo, en la sospecha del sentimiento generalizado de la no existencia del intelectual necio, falto de inteligencia.
 
A saber, lo intelectual suele ser emparentado con el entendimiento, en contraposición a la fuerza (¿bruta?). La RAE define como "intelectual”, en su tercera acepción, al individuo "dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”. En tanto unos lo tienen por alguien que invierte su tiempo en el estudio de la realidad y en la cavilación de los problemas sociales, otros vinculan su actividad directamente con la inteligencia, lo que debería afligir a los intelectuales no inteligentes. Como la responsabilidad nunca es mucha, no falta el desocupado que le endilga al intelectual el "deber moral” de fomentar una reflexión crítica en la sociedad. Y esto ya parece cosa seria. (Injustamente para los cultores del humorismo inteligente, todo lo que provenga de la sesera, por lazo medular, está condenado —no obstante— a parecer cosa seria).
 
Es lógico suponer que a todo intelectual le convendría estar provisto de alguna inteligencia; pero no hay obligatoriedad en esto. Por último, pensar no es (sólo) de intelectuales. Puede ser (en el mejor de los casos, también) de inteligentes.
 
Como de pensar se trata, no parece de inteligentes, por caprichoso ejemplo, mentarse a uno mismo con su propio apellido (verbigracia —si yo estuviera hablando de mí—: "el señor Díaz nunca dirá que…”), tal si aludiese a otra persona; un caso de desdoblamiento que en otra época hubiera terminado en el diván de Freud.
 
En cambio, en un intelectual está permitida la torpeza (ejemplo: "¿acaso un periodista define un titular de un periódico?”), al menos en un intelectual no inteligente o incapaz de medir las consecuencias de tal insinuación pública, según la cual un periodista-títere empeña su profesión a favor de un supuesto poder político-empresarial.
 
Apena tener que explicar la falibilidad del intelectual con semejante estropicio, ilustrar de esa forma todo lo feliz que puede ser la coincidencia de un intelectual y un inteligente en una misma persona. Aunque no está obligado a ser inteligente, incomoda, pues, la malversación de la capacidad de entendimiento por parte del intelectual, especialmente cuando se autoinflige con la pretensión de servir a la sociedad como funcionario, exponiendo su inteligencia a costa de su abochornada intelectualidad.
 
No hay derecho, la neurociencia debería encargar el desarrollo de un buen astringente mental contra los desparramos intelectuales. Porque si no reacciona a tiempo, la peste dejará un globalizado cuadro escatológico y nosotros, irónicos y envidiosos como somos, extrañaremos la pinche inteligencia de los que hacían el trabajo sucio.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
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