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El castigo de ser Messi

El castigo de ser Messi
No es Dios pero a Messi, en 2014, un jugador rival le hizo una reverencia antes de comenzar un partido de fútbol. Entonces tampoco era Jesús, no lucía una barba roja y apenas podía con su fobia por las cámaras, pero ya tenía el mundo bajo la suela de su pie izquierdo, era el mejor con varios balones de oro, estaba rompiendo un récord tras otro y se había embolsado tantos millones que son difíciles de imaginar en un espacio físico. Hoy sabemos que todo eso no alcanza. Que a diferencia del resto de sus colegas, simples mortales que corren ordinariamente detrás de una pelota por un sueldo, él no puede dejar de ganar. Más aún, Messi tiene prohibido equivocarse.

 El argentino, entre su club y su selección, ha convertido 69 penales de 89 ejecutados (algunos contabilizan 68 de 88), lo que significa una efectividad de 77,53 %. Cualquiera lo envidiaría descontando a Ronaldo, el portugués, que lo supera por 5 %. La de Messi es la historia del talentoso que ha conseguido casi todo en el plano profesional y, sin embargo, hoy lo sabemos, nunca volverá a rozar la dicha que sintió cuando no era todavía él, cuando de "cebollita” desparramaba rivales más altos y más fuertes, y no paraba hasta eludir al arquero y terminar felizmente aplastado en la cancha de tierra por una montaña de compañeros, tal cual lo había soñado la noche anterior. No, ahora lo sabemos, Messi no será más feliz, por lo menos así, con la plenitud del chico que juega por la gloria del potrero, sin grandes presiones ni temores, sin el exitismo idiota que prohíbe perder.

 En abril pasado, el Atlético de Madrid eliminaba al Barcelona en cuartos de final de la Champions Ligue y la prensa catalana no resistió la tentación de descargarse con el jugador al que no se le permiten equivocaciones (en el fútbol, hoy lo sabemos, bajo estas condiciones, los equipos pueden ser responsables de los triunfos y sus mejores figuras, de las derrotas). No resulta extraño que ese mismo jugador recuperara unas semanas más tarde su condición de ídolo, exactamente cuando su club (en gran parte por él) obtenía un nuevo título de la liga española y otra Copa del Rey.

 El show en el que se ha transformado el fútbol consiste en manejar con habilidad las dicotomías antagónicas de elogiar y rebajar, de exigir y no "perdonar”, de aplaudir y linchar, ensalzando unas veces al ídolo y sacrificándolo otras tantas, para regocijo popular. Una verdadera perversión de la que todos los amantes de este deporte somos cómplices. Porque (¿no lo han notado?) se puede ser un "pecho frío” y (casi) al mismo tiempo, el mejor jugador del mundo. Eso hasta que el mejor jugador del mundo dice basta, no más, y entonces, como peligra el show, "no te vayas, Lío”.

 Un segundo bastó para que todo lo bueno de su carrera se hundiera en el pozo infinito de lo malo. Un penal que era en rigor una nueva oportunidad desperdiciada por Argentina, pero, sobre todo, por él. Él que después ganará cinco, diez, quince títulos y premios personales más, pero, el día que falle otro penal, aun siendo el mejor, volverá a ser el peor.

 Hoy, lo sabemos, Messi no tendrá más la felicidad de la pulguita que supo fantasear con ser lo que paradójicamente es hoy. Lo que no sabemos es si era consciente de lo que le esperaba, si alguien -quizá- le advirtió en su momento que como mejor jugador del mundo estaba condenado a ser él: con su fama y su contrafama, con sus millones y sus privaciones, con sus triunfos y sus derrotas. Si alguien -ojalá- le dijo que no hay contento en el fútbol. Que el techo del ídolo es el cielo inalcanzable. Que será mejor que sea el mejor siempre, porque al (deber) ser "perfecto” y vivir en un continuo ultimátum tiene completamente prohibido ser humano, equivocarse.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
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