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Dársena de papel

Pokémon Go, Botero y la realidad aumentada

Pokémon Go, Botero y la realidad aumentada
El orden natural de las cosas ha sido alterado una vez más y esto, que implica un cambio, ha puesto nervioso a más de uno. Los mojigatos del siglo XXI no se escandalizan por un par de insolentes besándose en el banco de la plaza, ni por la "moral distraída” de una prostituta. En la era del conocimiento, quienes han sido pacatos toda su vida y ahora cosechan tempestades se horrorizan al ver gente en situación de aquelarre, con la baba chorreándosele sobre una pantalla, predispuesta para la caza de Pikachu. ¿Acaso no es cautivante agrandar la realidad para, sintiéndonos Botero, deformarla?

Una especie de orgasmo intelectual debió provocar en la ciudadanía de moral despierta el hace poco fallecido Umberto Eco luego de su feroz ataque a la "legión de idiotas” que, según él, habita las redes sociales. Alguien con nombre resonante debía cantarles las 40 a los "necios”, según él, que antes (pobres diablos) no dañaban a nadie porque sus verdades se evaporaban en un vaso de vino, bar adentro.

Pues, resulta que esos idiotas, esos necios ya no solamente dejan su cuerpo y su alma en Facebook (mis reverencias, Mr. Zuckerberg), sino que se han atrevido ahora a salir de sus casas para ir en busca de unas criaturas bastante feas (con perdón de la familia Pikachu), dando materialidad a un fenómeno abominable para los intolerantes, por no decir amargados discípulos de Botero: la (¡huyamos!) "realidad aumentada”.

Fuera de toda chanza (y de la gazmoñería que sonroja de sólo comentarla), en un entorno cargado de remilgos, prejuicios y tabúes (no, no estamos en el medioevo), donde lo "normal” debe ser la tónica, la agresión discursiva contra los jugadores del Pokémon Go tiene asidero. No es anormal que personas nada acostumbradas a este tipo de cimbronazos se deschaveten con la imagen frívola de jóvenes (y no tanto) deambulando como zombies por la cuidad. Es en todo caso sintomático que las críticas provengan generalmente de mayores de 35 años, es decir, de quienes no pertenecen a los "millennials”. Yo creo que tendrán que nacer de nuevo, si pueden reinventarse para entender lo que, desde su discretísimo punto de vista, parece digno de extraterrestres.

A los entendidos en tecnología no les sorprende el juego de bichos de celular conviviendo con seres humanos, sino su masificación (Pokémon Go tiene predecesores en esto de la realidad aumentada, y si vamos más atrás en el tiempo, no se crea que faltaron los contrarios a las películas de cine, en su hora fenómeno de masas tangible en interminables colas de enajenados de otra época).

Por fortuna, el entretenimiento nunca implicó la obligación de la productividad (no he conocido a muchos que buscasen distraerse con el propósito de pasar por fecundos para la sociedad). Pero los adalides de la sensatez que ven con perplejidad cómo unas hordas de ansiosos buscadores de pokebolas "pierden su tiempo” en pokeparadas, exigen más de lo que ellos mismos pueden dar. Para su disgusto, pisan el mismo suelo que los humanoides a los que cuestionan y si alguna vez no cayeron, ¡ay!, resbalaron.

A esta altura, cualquier cosa sirve de pretexto para sacar a relucir la imperecedera frase: "Todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Será esta la única arma que tenemos para defendernos los cuarentones (y más) del huracán de hipertecnologizados (esos raritos, esos bobitos) que se entretienen improductivamente con la realidad aumentada? Quiero creer que no nos estamos volviendo tecnófobos…

En el fondo nos creemos Botero, no hallamos goce mayor que exagerando el tamaño del "error” ajeno; juzgando, mejor aún linchando, al menos ridiculizando, alimentamos nuestro ego. Aquí mismo lo he hecho yo. Bueno, los dejo, tengo una cita con Pikachu.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
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