La Paz, Bolivia

Miércoles 18 de Enero | 16:08 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
Dársena de papel

Un Mar de añoranzas por los Andes

Un Mar de añoranzas por los Andes
¿Qué es lo peor de no tener mar? No es lo económico: las pérdidas materiales o de un eventual progreso; ni siquiera el orgullo herido, la dignidad maltrecha, la bronca de no poder ver la bandera propia ondeando en el puerto que te contaron que fue tuyo. Lo peor de no tener mar es la memoria del mar, el recuerdo de lo que no sabes exactamente qué es porque no lo tuviste nunca. Vivir así.

"¿Miguel, hueles el agua salada? Segundo, ¿hueles el mar? El olor, tantas veces imaginado; la voz, tantas veces escuchada y nunca vista… ¡eres un fantasma que nos atormenta! (…) ¡Ay, mamá!, ¡¿por qué nos dejaron este fantasma de agua?!”.

Juana les habla a sus hermanos. Cargan los tres sobre las espaldas con su madre, cada cual con su pedazo en medio del desierto que es todo cuando no hay mar. Su madre es una madrepuerta que pesa como una cruz de madera y ellos, sus hijos, deben cumplir su último deseo: ser abandonada en las olas del mar.

Los hermanos -tres pedazos de madre a la deriva y con la vaga idea de un mar abstracto, de libro, teórico- caen, desfallecen, caen otra vez y se levantan y vuelven a caerse para después de nuevo levantarse. La suya es la historia languideciente de Bolivia, de caminantes sobre olas de arena embarcados en el sueño de llegar al mar.

Sufren y ríen, todo junto. El acordeón mayor, con tonos gemebundos pone remiendos al alma supurante por los que ya no están y, en otro acto salta la marca Bolivia, la herencia de la cultura que manda bailar una morenada porque, claro, siempre será mejor gozar a plancharse llorando el mar. Pedro Miranda es el acordeón lastimero que termina asordinado por el carnaval festivo, año redondo.

Juana dice que el mar es una abstracción pero el dolor, real. "Somos un pueblo de mineros: cavamos en nuestra memoria. Cavamos, cavamos… no encontramos el agua salada. ¡Es mentira que buscamos la plata!, ¡es mentira que buscamos el estaño! Cavamos para encontrar el agua salada”.

Como "la sal del desierto no es la sal del mar”, el imaginario del mar no es el mismo para el que lo tiene que para el que no lo tiene. El mar en Bolivia no es nunca el remanso para los pies en una playa de verano; ni siquiera es azul, no tiene color.

El mar nuestro es el Mar de los Andes, el representado por el elenco de teatro yotaleño; es nada y todo a la vez. El recuerdo de Juana de cómo su madre les contaba a ella y sus hermanos el cuento de la casa entre las olas; una ilusión, la esperanza del mar es el mar, nuestro mar, y también, el retintín de la cojudez (de nadie y de todos nosotros a la vez) por haber perdido un mar.

Nuestro mar es el símbolo, la figura retórica, incluso la parodia del civismo. La idea de que el mar concreto está cerca y, a la vez, la inconsciente conformidad con las olas de arena. La exageración de la nostalgia que, en realidad, no es tan exagerada. "Hablar siempre de lo que nunca hemos tenido”, porque "tenemos que olvidar y no olvidar”.

¿Qué te pasa a ti con el mar?, ¿cuánto pesa tu (ansia de) mar? ¿Como una robusta puerta de madera?, ¿como una cruz? ¿Pesa como libros de historia apilados en la remembranza de tu generación, que es la misma que la tuvieron tus padres y tus abuelos? ¿Te has preguntado por qué el imaginario de esa continua mancha de agua no es el mismo aquí que en cualquier otro lugar del mundo donde sí hay mar? Es difícil encontrar el mar -esa relación intangible que tenemos con él- buscándolo con los mismos ojos con que lo hemos leído.

Por eso el Teatro de los Andes te enfrenta con el espejo y cuando te tiene desnudo, como en una radiografía poética, no te lo cuenta: hace que lo sientas. Y es que, lejos de la pérdida y de lo que esto significa materialmente, el mar es la memoria del mar. Un fantasma, un tormento, sí, vivir con el recuerdo de lo que no tuviste nunca. La añoranza de eso.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
29
3

También te puede interesar: