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Dársena de papel

Pueblo, hegemonía y polarización

Pueblo, hegemonía y polarización
El error de forzar una nueva candidatura de Evo Morales ha vuelto a llevar al país a un escenario de polarización, aun no habiendo partido ni candidato opositor fuerte a la vista. Con su decisión de ir en contra de la Constitución, el MAS puso a tambalear su proyecto hegemónico porque azuzó a sectores de la sociedad generalmente pasivos y esto fue determinante para un impensado ejercicio de ciudadanía política fuera del sistema tradicional de partidos.

No se trata de una polarización que desencadene el conflicto permanente, como en los primeros años de gobierno masista, sobre todo durante la Asamblea Constituyente, pero sí de una que va dejando atrás el objetivo ideológico de una hegemonía política articulada a partir de demandas de las organizaciones sociales. (De todos modos, como cuando se habla de la posibilidad de una III Guerra y de la alerta de Occidente contra la tentacular amenaza del terrorismo islámico, el conflicto en Bolivia se ha trasladado de las calles a las redes sociales). A la estructura contenedora de Morales se le hace cada vez más cuesta arriba ser el núcleo moral de una clase todavía dominante pero, hoy por hoy, incapaz de regir la voluntad colectiva, tal cual lo previó Gramsci.

Por otro lado, con el empoderamiento ciudadano demostrado en las manifestaciones del No en La Paz y otras capitales de departamento, la pobre noción de "pueblo” se ha ensanchado. El pueblo no es más aquel que antes se pronunciaba en las calles sólo si apoyaba al MAS; por la repostulación de Morales, el pueblo recupera su noción de contrapoder. Por lo demás, con esta polarización sui generis —que no tiene una cara opositora visible— hay un tibio esbozo de equilibrio en la balanza de fuerzas. No es, valga la aclaración, mérito opositor sino obcecación, falla garrafal del oficialismo.

Hay quienes se niegan a reconocer que vivimos un momento de polarización en el país. Pero, para tal apreciación, se quedan en la superficie y no toman en cuenta que polarizamos desde el momento en que no somos capaces de aceptar virtudes en el otro; y esto se advierte, mucho, cada vez más, en la Bolivia dividida de hoy. El solo hecho de optar entre dos opciones —aunque más no sea entre Evo y no-Evo, como lo venimos haciendo hace años— es, ya, polarización.

A tal punto se ha estirado la cuerda de la resistencia a la consideración del otro, es decir, del que piensa diferente a uno, llegando inclusive al odio, que no sensibiliza ni genera empatía o solidaridad una enfermedad del Presidente. Evo Morales es también un ser humano, pero su mismo afán polarizador endurece a quienes no lo quieren más allá de lo que la Constitución le autoriza a quedarse en el poder.

Un meme que circula en las redes sociales da cuenta del mal que ha afectado la garganta más importante del país, y sin embargo, ahí mismo se ruega por la salud de la bacteria y no del afectado. El humor negro contra un presidente que ha encarado reformas sociales trascendentales en la historia boliviana no puede sino ser interpretado como una absurda dilapidación de la confianza depositada varias veces en las urnas por una extraordinaria mayoría de votos, todo producto de una serie de desatinos que incluyen la manipulación de medios de comunicación afines al Gobierno.

El año pasado escribí que "nada incomoda tanto al gobierno del ‘empate catastrófico’, primero, y de las ‘tensiones creativas’, después, como quedarse sin rivales y verse obligado a lidiar con sus propios fantasmas”. Pues, debe estar ahora feliz por la competencia —parece que nada fantasmagórica— de un "nuevo” pueblo (inclusivo a la inversa), de una clase media que aprendió a movilizarse y que es también masa —aunque siga en inferioridad numérica— con posibilidades de organización y protesta.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
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