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Oscar Díaz Arnau
Dársena de papel

Periodismo y poder

Periodismo y poder
Siempre digo que ninguna sociedad en democracia merece recibir información de un periodista intimidado por el poder. Pero, después de todo, no es tan malo que un gobierno tenga la costumbre de atacar a la prensa (al fin y al cabo el ensañamiento desnuda las debilidades humanas del que se ensaña, no del blanco de su porfía) si ambos, el político en el poder y el periodismo que lo vigila, están llamados a permanecer lo suficientemente cerca para relacionarse y lo prudentemente lejos para no enredarse.
 
En el mes de los días de la Libertad de Expresión y del Periodista, cuando para nadie es desconocido que el Gobierno en Bolivia utiliza diferentes métodos de acoso al trabajo de la prensa (agresiones verbales permanentes, privaciones arbitrarias de la publicidad estatal, hostigamiento impositivo a las empresas periodísticas, entre otros), la población debe ser consciente de que el periodismo auténtico (no el que se compra y se vende como mercancía del poder) continúa firme en su labor de informar con profesionalidad, es decir, con el único interés de la búsqueda de la verdad. Pero también que la estrategia desplegada desde hace varios años por el político en el poder ha sido efectiva.
 
Los periodistas bolivianos no trabajan con plena libertad. Es mentira que exista libertad de prensa irrestricta si, como todos sabemos, el cuestionamiento al poder político no sólo recibe una respuesta condenatoria (algo legítimo en una democracia de tolerancias), sino que esa contestación llega impregnada de ataques intimidatorios como procedimiento sistemático de persecución. Esto se viabiliza incluso a través de cuentas activas de funcionarios pagados por el Estado para acosar en las redes sociales.
 
El resultado de la estrategia de amedrentamiento es, naturalmente, el temor. Las libertades de expresión y de prensa no son letras muertas: no se goza de ellas simplemente porque estén escritas en una Constitución. Por lo tanto, en un país cuyos periodistas trabajan condicionados por la guadaña de la autocensura, de ningún modo se puede hablar de plenas ni absolutas libertades de expresión y de prensa.
 
El grado de libertad de la ciudadanía y del periodismo, o sea, la calidad de las libertades de expresión y de prensa, es una buena medida del estado de la democracia de un país.
 
Después de 11  años en el poder, el Gobierno aparenta no haber entendido cómo tiene que manejarse con el periodismo (lo suficientemente cerca para relacionarse y lo prudentemente lejos para no enredarse). Pero sabe lo que le corresponde hacer en son de paz. Si elige lo contrario es porque la estrategia de desacreditar a la prensa, importada del exterior y en la línea de la belicosidad, no se lo permite.
 
Ninguna sociedad democrática merece ser informada por un periodismo amedrentado, pero, después de todo, si un gobierno tiene la soberbia costumbre de arremeter contra la prensa no será tan malo. Será en todo caso porque quedan periodistas que no han sido cooptados para que publiquen únicamente lo que le conviene al poder. A veces es mejor ser atacado para que los demás se den cuenta de la calaña del atacante.
 
Finalmente, ¿quién ha dicho que el trabajo del periodista deba caerle simpático a un gobierno? ¡Quién ha dicho que el trabajo del periodista deba ser fácil! Sepan, especialmente los futuros periodistas, que entre sus funciones no estará la de trabar amistad con el político y que las tensiones con el poder —últimamente alentadas por éste como parte de una estrategia de supervivencia— pueden poner en riesgo principios como la verdad y la libertad no sólo de los periodistas, sino de la población entera. Y sepan que esas tensiones y algunas más serán su pan de cada día pero esto, que a veces desenmascara las bajezas del poder, después de todo, no es tan malo.
 
Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
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