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Oscar Díaz Arnau
Dársena de papel

M&M: ¿qué tan malo es dormir con el enemigo?

M&M: ¿qué tan malo es dormir con el enemigo?
Para encarar de la mejor manera la batalla con Chile por el mar, Evo Morales hizo lo que todo buen gobernante debía hacer: convocar al mejor vocero que podría tener Bolivia, Carlos Mesa. Pero al hacerlo se creó un problema: por un lado, no puede bajar (más) el perfil de su carta de presentación ante la comunidad internacional para la demanda marítima y, por el otro, debe sacar del tablero político al mejor perfilado para enfrentarlo en las próximas elecciones presidenciales.
 
Desde que Morales invitó a Mesa a subirse al mismo barco, ambos han dado pasos extraños en un ambiente de políticos acostumbrados a buscar el hundimiento del rival para ser tales. No es común que un presidente convoque a uno de sus opositores a encabezar cualquier cosa, menos a ser vocero de algo que previsiblemente aumentaría su popularidad. Tampoco lo es, por supuesto, que el convocado acepte.
 
Morales y Mesa (M&M) no hacen la pareja perfecta en política, pero convengamos en que la peor cara del político de hoy, dejando fuera la corrupción, es la que muestra su afán polarizador cueste lo que cueste; si no por la vía del burdo agravio, por la desconfianza permanente. ¿Cuántos políticos reconocen alguna bondad, lo que sea, de su oponente? ¿Y cuántos de nosotros, ciudadanos comunes y corrientes, destacamos una virtud de alguien que no nos cae bien?
 
No soy iluso. Sé que M&M no se quieren nada y llevan la fiesta en paz hasta que se acuerdan de que son políticos de hoy y asumen el papel que la sociedad polarizada -nosotros- les reclama. Después se calman, pero por el tiempo que les demanda acordarse de que son políticos de hoy. No hay "mar” que por bien no venga.
 
Estar con el pie izquierdo en una vereda y con el derecho en otra siempre ha sido una pirueta; y nadie quiere saltimbanquis en las esquinas de la política. Eso sí, debemos ser consientes de que la polarización divide -no construye- al punto de colocar al otro (al que no es uno) en posición de antagonista acérrimo. ¿No hay acaso deshonestidad en la exitosa receta bien calculada: "a más polarización, más rédito político”?
 
Los cómodos, los flojos intelectuales aplauden la división fácil entre buenos y malos. En esa división, ¡oh casualidad!, uno siempre está del lado de los buenos y el otro, siempre, es el malo. Así resulta una quimera pensar en que la prioridad de uno pueda llegar a ser el otro.
 
Para ser y hacer mejor democracia es necesario derribar algunos mitos; por ejemplo, que lo contrario no siempre es malo, o que lo que yo creo puede estar equivocado. Hay un punto intermedio. Pensar diferente no implica una obligatoriedad de adscribirse al pensamiento opuesto: es factible hacerlo desde un lugar de conciliación, no de pelea.
 
Si eso a ustedes les parece improbable, hay algo más difícil todavía: aceptar con humildad que el otro es importante para mí. Que yo aprendo y crezco, me supero con el (aporte del) otro.
 
Polarizamos por inseguridad, para sentirnos a salvo en la trinchera que nos protege del otro (el malo), y entonces nos volvemos alérgicos a los matices. Con estos, más allá de los actores circunstanciales, de parejas imperfectas como la de Evo y Mesa, una política mejor (sin blancos o negros, izquierdas o derechas) es posible.
 
El otro que no soy yo, el candidato menos dilecto, puede representar una opción preferente para el electorado. Y es que sin el otro, sencillamente, no se vive; lo necesitamos y si no te nace la actitud deportiva de abrazarlo, demuestra con respeto que practicas el ejercicio democrático de la tolerancia.
 
Por lo demás, no debería importarnos si un político duerme con su enemigo mientras esa "inmoralidad” pública tan privada redunde en un beneficio general. Evo, al convocar a Mesa para que forme parte del equipo boliviano del mar, se creó un feliz problema. Uno que no le conviene a él, pero que nos hace bien a todos.
 
Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
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