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Rafael Puente
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¿Quién mató al lago Poopó?

¿Quién mató al lago Poopó?
Una de las noticias más tristes de los últimos tiempos ha sido la referida a la muerte del lago Poopó. Sí, señor, muerte, porque si bien las noticias publicadas daban lugar a esperanza de que se lo pudiera recuperar, los datos, que no están siendo noticia, nos muestran que ya lo hemos matado.
El primer punto lamentable es precisamente el de la información. Nos cuentan que el lago se ha ido secando porque su principal afluente, el río Desaguadero, viene sufriendo crecientes pérdidas de caudal porque desvían sus aguas para regar. Si así fuera ciertamente quedarían esperanzas de solución, ya que el riego se puede mejorar y planificar de otras diferentes maneras. Sin embargo, gracias a información recolectada por instituciones tan serias, como el CEDIB, ahora sabemos que el principal enemigo del lago Poopó no son los regantes pobres del Altiplano sino las empresas y "cooperativas” mineras, cuyos efectos son difícilmente reversibles.
Y al analizar esta información nos enteramos de que lo más grave no es que dichas empresas y "cooperativas” utilizan grandes cantidades de agua que le extraen a la cuenca del Poopó (lo que de por sí ya sería suficiente desgracia), sino que además -y esto es lo más grave- le devuelven a dicha cuenca, por tanto al difunto lago, una tremenda masa de desechos contaminantes. Es decir que en lo que era el lago Poopó no sólo ha desaparecido el agua, sino que además se han ido sedimentando inmensas cantidades de sustancias minerales incompatibles con la vida.
Son varias empresas importantes las que vienen contaminando el lago desde hace muchos años (y pretenden seguir haciéndolo), entre ellas nada menos que Huanuni, Vinto, San José, Sinchi Wayra, Kori Kollo, Inti Raymi… De hecho el río Huanuni es el segundo afluente más importante de dicho lago, después del Desaguadero, y ese río Huanuni arrastra cada día más de 15 mil kilogramos de residuos minerales.
Pero esta carga letal resulta pequeña en comparación con el total de residuos que se vienen metiendo diariamente al Poopó: entre ellos 39 kilogramos diarios de cadmio, 3,96 de zinc, 821 de arsénico, 73 de plomo (además de 2.215.449 de diferentes cloruros). Es decir que gracias a la minería descontrolada el lago Poopó, el abuelo más sabio del altiplano -como dice María Galindo- se ha convertido en una inmensa tumba donde hace tiempo ya no había peces ni resto de vida alguna.
Ése es el resultado del extractivismo, que no es lo mismo que la extracción de riquezas; el extractivismo es la extracción obsesiva como actividad y meta central de la vida económica, es la manía de extraer sin medida ni clemencia, ¿para qué? para exportar ¿Para qué? para obtener dinero ¿Para qué? eso ya lo veremos…
Nos preguntamos, para empezar, por qué la información oficial no menciona todo esto (¿remordimientos de conciencia por la Ley Minera, probablemente la más nefasta de la historia de la República?). Nos preguntamos también por qué los anteriores ministros de Medio Ambiente nunca dijeron nada, nunca dieron señales de alarma, nunca se condolieron siquiera de la tragedia que viene ocurriendo hace tanto tiempo. Pero nos preguntamos sobre todo cómo se explica la incongruencia entre esta desgracia histórica que ha desembocado en la muerte del Poopó -y en la marginación definitiva e irreversible de los Uru-Chipayas, aquellos legendarios constructores del Tawantinsuyu incaico- y este proceso de cambio que enarbolaba las banderas de la Madre Tierra, de la descolonización y del Vivir Bien.
¿Por qué ninguno de nuestros portavoces mencionó este triste tema en la última Conferencia de los Pueblos en Tiquipaya ni tampoco en la CUP21 de París, digo, como quien reconoce los propios pecados, además de acusar (con razón) al capitalismo de ser el cáncer del planeta?
¿Y ahora? Pena, pues, qué le vamos a hacer, así nomás es la vida… Y, por supuesto, la minería sigue su curso, implacable, preparando nuevos Poopós en el resto de nuestra geografía. En una situación así viene a ser un consuelo la glaciación que se nos viene a fines de este siglo… ¿no creen ustedes?


Rafael Puente es miembro del
 Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.
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