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¿Subcampeones de corrupción?

¿Subcampeones de corrupción?
Tremenda sorpresa. Todos los días se habla de corrupción en Bolivia, pero que de pronto aparezcamos en segundo lugar dentro de un total de 154 países era algo que nadie esperaba; aunque tampoco se puede decir que sea una novedad absoluta, ya que hace unos 15 años Transparency International nos solía colocar en los primeros lugares del mundo. ¿Y ahora qué? ¿Nos desgarramos las vestiduras? ¿Denunciamos una maniobra política internacional? Pienso que lo mejor es hacer un análisis sereno, ya que no tiene sentido ni defender —sin argumentos— la honra del país, ni tampoco sumarnos a las voces que afirman con entusiasmo que este Gobierno es más corrupto que ninguno…

Primero, a la hora de calificar los índices de corrupción en diferentes países lo que hacen las instancias encargadas del tema son sondeos de opinión (ya que la corrupción no está registrada formalmente, como podría ser el caso, por ejemplo, del índice de divorcios). Y es evidente que una encuesta de opinión tiene que ver con la información que posee la gente común (a la que se le pregunta). Y también es evidente que en un país "desarrollado” la gente común no tiene noticia sobre los elevados niveles de corrupción (que se manejan en las altas esferas del Estado, aunque de pronto aparecen sorpresivamente, por ejemplo en los Panama papers), ya que esa gente común no tiene contacto con los jerarcas. 

En cambio en Bolivia la población está en contacto directo con funcionarios de base, que aquí se dan el lujo de corromperse (hablamos de policías, de fiscales, de muchos funcionarios municipales) y, por tanto, la respuesta masiva es que sí hay corrupción, ¿quién conoce un montón de casos?

 O sea que en nuestro país no necesariamente hay más corrupción que en otros, lo que pasa es que aquí la corrupción está socializada y difundida, y podríamos decir que más aún en este Gobierno, que ha incorporado a gran cantidad de ciudadanos y ciudadanas que antes estaban marginadas del aparato del Estado (y, por tanto, de la corrupción), y que ahora tienen oportunidad de corromperse. Pero, además se trata de corruptos inexpertos que se hacen pillar rápidamente (y le dan publicidad al tema). No es un consuelo, es una explicación de que aparezcamos más a la vista del público (y, por tanto, de las instancias investigadoras).

 Segundo, no deja de ser lamentable que a lo largo de este proceso de cambio siga habiendo altos índices de corrupción, no necesariamente más que en etapas anteriores, pero sí suficientes para que sintamos una seria frustración, ya que se esperaba una disminución progresiva de esa lacra. 

El Fondioc ha sido el caso más estrepitoso, aunque no el más cuantioso. Por cierto, hasta ahora nadie nos ha explicado qué movió a la Contraloría a destaparlo (nuestro Canciller habló de una manito blanca, pero tampoco aclaró más). Pero ahí están también los escándalos que han aparecido en el Ministerio Público y en el Órgano Judicial, y en la Policía Boliviana y en contratos con empresas chinas (y no chinas),  en Aduanas y en numerosos municipios, en el proyecto Evo Cumple, y los que no han llegado a salir a la luz pública, pero se sabe que existen, por ejemplo, en YPFB…

Por tanto, podemos afirmar que lo grave y preocupante no es tanto el hecho de aparecer como subcampeones en corrupción —incluso es engañoso— y no hay que tomarlo como una tragedia. Lo verdaderamente grave y preocupante —al margen de toda estadística internacional— es la pervivencia de la corrupción en Bolivia como característica fundamental del Estado. Y lo más grave es que la incorporación al aparato del Estado de nuestros pueblos indígenas —históricamente libres de corrupción—, y sin una formación política previa, los ha llevado a pensar que ahora "nos toca”, "nos toca cobrar nuestra parte de la herencia”. 

 Una vez en esa dinámica, resulta fácil cobrar la herencia de otros (o sea
corrupción). La tragedia es que junto a un mayor acceso a los recursos, un mayor acceso a los servicios, un mayor acceso al crédito, este proceso haya incluido —de hecho— un mayor acceso a la corrupción. Eso es lo grave, y no lo que digan supuestos expertos internacionales. ¿No creen ustedes?

Rafael Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba. 
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