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¿A quién le importa ese ser humano llamado Gualberto Cusi?

¿A quién le importa ese ser humano llamado Gualberto Cusi?
Resulta muy triste leer en la prensa la situación del magistrado Gualberto Cusi, en su momento una figura sobresaliente de nuestra vida política. Sobresaliente en primer lugar por ser un ciudadano auténticamente indígena y que llamaba la atención por su capacidad intelectual y profesional. Concluidas las elecciones de las diferentes autoridades que tienen que ver con la administración de justicia, Cusi era una de las figuras que más llamaba la atención. Se lo veía inteligente, profesionalmente capaz, seguro de sí mismo, realmente una figura que expresaba que en el Estado boliviano se producían cambios sustanciales.

Hoy don Gualberto aparece en la noticia como víctima terminal de un proceso judicial que empezó en 2014 y que ahora parece encaminado a condenarlo. Le ha costado conseguir abogado —normal, después de lo ocurrido con Eduardo León—, y sus testigos ni siquiera se presentan en las audiencias a las que son convocados. Está acusado de los delitos de incumplimiento de deberes, resoluciones contrarias a la Constitución y las leyes, y prevaricato.

Está sin trabajo, depende de la ayuda que le puede prestar su madre, su salud es muy delicada y no parece que la angustia que le genera el proceso judicial sea la más adecuada para favorecer un tratamiento médico. Puede que exagere al comparar su situación con la pasión de Cristo, pero de todas maneras es una expresión de lo que él siente. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué en tan poco tiempo semejante decadencia de un personaje público?

Me atrevo a afirmar que la explicación de fondo es el haberse manifestado como una autoridad —indígena para colmo— que se da el lujo de tener ideas propias e independencia de criterio. ¿Acaso no son precisamente los y las indígenas quienes están más obligados a alinearse con lo que diga este gobierno indígena? Si no, que les pregunten a Félix Patzi, a Damián Condori o a Félix Santos…

La independencia de criterio —y peor en un indígena— se considera un delito, pero al no figurar como tal en el Código Penal, se tiene que inventar alguno. Y en el caso de Cusi se lo acusa de haber paralizado, mediante un auto constitucional (junto a sus colegas Rosario Chánez y Ligia Velásquez), la aplicación de la Ley del Notariado. ¿Tan importante era esa ley para el país y para la sociedad? ¿Realmente se justifica acabar con la vida de un ciudadano porque aplicó un criterio adverso a ese proyecto de ley? No lo parece. Se trata de penalizar al desobediente para que aprenda y para que aprendamos todos. Por eso el ensañamiento del aparato estatal, que llegó al extremo de que aquel ministro Calvimontes —de triste memoria— revelara a la opinión pública la enfermedad que tiene Gualberto… Y estando hospitalizado, en camilla y con suero, cuenta él que el Ministerio Público fue a interrogarlo en la Caja Petrolera.

Por supuesto es consciente de que le va a resultar muy difícil "demostrar su inocencia” en un Senado controlado de manera absoluta por el partido de gobierno. Si le ha costado encontrar abogados…

Más allá de la Ley del Notariado, más allá de su comportamiento como magistrado, más allá de sus ideas —que por supuesto pueden ser discutibles—, Gualberto Cusi es un ser humano, y un ser humano que está sufriendo, un ser humano al que se le va la vida y que en esas circunstancias tiene que asumir su defensa en un juicio cuyo único sentido es aleccionar, aleccionar no sólo a la persona de Cusi, sino a cualquier personalidad indígena que se atreva a pensar y actuar por su cuenta. ¿A quién le importa la soledad y el sufrimiento de Don Gualberto?

Rafael Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.
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