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Cara o cruz

Perros callejeros o mil toneladas diarias de caca

Perros callejeros o mil toneladas diarias de caca
La organización Huellitas, aparentemente copiando la idea de una entidad similar ecuatoriana, acaba de instalar dispensadores de comida para perros callejeros en La Paz y Cochabamba. Me pareció una pésima idea porque lo que hará es fomentar la existencia de estos canes, que ya pululan por miles en nuestras ciudades.

  Escribí un par de tuits al respecto y he recibido la ira de decenas de mis seguidores. Estos son algunos de los "cariñosos” mensajes que he recibido: "[email protected]: Usted es periodista? que asco de persona”; "[email protected]: Las perreras las deberíamos llenar de rabiosos y odiadores como vos”; "@renataroblesgut: Qué poca empatía con los animales más necesitados, donde está tu sensibilidad? Monstruo!!”. Hay otros mensajes que simplemente son irreproducibles.

 También hubo personas que, obviamente, respaldaron mi idea de que las ciudades en las que vivimos deben controlar la cantidad de perros vagabundos. Pero lo hicieron de manera relativamente medida. Lo que pasa es que los protectores de los animales tienen una actitud tan agresiva que impiden cualquier debate al respecto. Además, los defensores de los animales creen tener una superioridad moral. Aunque, según recuerda Javier Marías en su columna "Perrolatría”, Hitler tenía una mascota, a la que adoraba. Yo añadiría que Calígula y Kim Jong-iI también las tuvieron, y quién sabe cuántos abusivos más. Así que superioridad moral, nada.

  Marías se queja de que en Madrid existen 270 mil perros, es decir uno cada 20 personas. El escritor español admite además que todos ellos tienen dueños, que los llevan por el mundo con correas y recogiendo la caca que producen. Qué pensaría Marías si supiera que entre La Paz y El Alto existe medio millón de perros, es decir uno cada tres personas, y que el 80% de ellos vive en las calles. Por supuesto, nadie recoge los "regalos” que dejan en calles y plazas. Estimaciones de especialistas señalan que el índice de un perro por cada tres personas también se da en el resto del país, con lo que en Bolivia habrían unos 3,5 millones de canes. La OMS recomienda la existencia de uno cada diez personas, como máximo.

  Estos perros hacen nuestras ciudades más riesgosas, inseguras y proclives a las enfermedades. Primero, como he dicho, estos canes son peligrosos: sólo en Tarija, unas diez personas son mordidas por perros callejeros todos los días. En La Paz se estima que ello se produce 100 veces diarias. Los niños, por su estatura, cuando reciben estas mordidas, lo hacen en lugares de alta peligrosidad, como cuello o cara. Siguiendo los datos de La Paz y Tarija y extrapolándolos al resto del país, se deduce que en todo el territorio unas mil personas son mordidas por perros sin dueño cada día, 365 mil al año. Varias personas al año mueren por estas mordeduras.

  Luego está el mal de rabia. Aunque no hay estadísticas nacionales, sólo en el primer semestre de este año se produjeron 31 casos de rabia canina en Oruro y 24 en Cochabamba. Contando el resto de la población boliviana, es probable suponer que esta enfermedad, que es mortal si no se controla a tiempo, afecta a 300 o 400 personas al año, el índice per cápita más alto de los países de la región.

  Y también  hay que mencionar la caca. Un perro, en promedio, genera unos 300 gramos de heces por día. Si en todo el país hay 3,5 millones de perros (la mayoría de los que no son callejeros igualmente salen de sus casas durante el día), entonces estos animales generan unas mil toneladas diarias de desechos (sin contar el orín), unas 365 mil al año.

  Los perros callejeros también contagian sarna e infecciones parasitarias y esparcen la basura al escarbar los contenedores, generando otros contagios. Para no hablar del mal aspecto que todo ello produce.

  Los dirigentes de la organización Huellitas, la que tuvo la idea de dar comida a estos canes, lo hacen para liberar su conciencia, para creerse superiores al resto, para jactarse con sus amigos sobre "lo solidarios que son”. Pero luego no limpian las toneladas de basura que esos perros producen, no curan las heridas de las miles de personas que son mordidas, no van a los hospitales a ver a quienes tienen enfermedades parasitarias ni a los velorios de quienes mueren. Qué fácil regalar alimento a unos animales y desentenderse de todo lo demás. Incluso de los propios perros a los que alimentan y que luego no saben cómo viven el resto del día.

 Mientras tanto, los sistemas de control de perros callejeros de La Paz, El Alto y otras ciudades, incluido el trabajo de las perreras, prácticamente ya no existen. Es una victoria, lamentable, de los defensores de los animales.

Dejo para el final la mención a otros derechos: tengo una tía que solía caminar por su barrio, en Alto Sopocachi.
 
Era uno de sus mayores placeres, además realizado por pedido de su médico como una forma de combatir una incipiente artrosis. Pero cómo los perros tienen más derechos que ella y éstos pueden deambular sin control por donde quieran, ahora ya no sale a caminar. Les tiene miedo. El ejemplo de mi tía se multiplica por miles en Bolivia, desde los niños que deben dar un largo rodeo para ir a la tienda a comprar un refresco, o los que trotan en las madrugadas, siempre temerosos de que desde cualquier rincón saldrá un perro a atacarlos. Pero, como digo, esos animales tienen más derechos que las personas.
 
Raúl Peñaranda es periodista.

 Twitter: RaulPenaranda1
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