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Cara o cruz

Y dale con los perros

Y dale con los perros
Hace dos semanas escribí una columna sobre la necesidad de controlar la cantidad de perros callejeros (o cuyos dueños los dejan vagar libremente durante el día) y que suman unos tres millones en todo el país. No usé las palabras "eliminarlos” ni "sacrificarlos”, pero pese a ello fui atacado ferozmente por los defensores de los animales que, además de enviar insultantes mensajes de Twitter y Facebook, incluso produjeron un video en el que se me etiqueta como "biocida”. No se puede descartar que algunos ganapanes del Gobierno hayan tenido algo que ver con parte de este asunto.

Como bien predijo mi columna, es imposible mantener en Bolivia un debate razonable respecto a los canes vagabundos por la manera cómo reaccionan los defensores de los animales (a propósito, no veo que éstos hagan campañas contra la construcción de la represa de El Bala o el camino por el TIPNIS, que sí causaría verdaderos trastornos en el medioambiente y, por tanto, eliminaría a miles o millones de ejemplares de animales).
 
Entre las cosas que me dijeron esos defensores de mascotas mediante las redes están que me castrarían, que me obligarían a comer caca de perro y que el mundo estaría mejor si alguien me matara. Algunos mensajes, francamente, prefiero no repetirlos. 

Aprovecho de decir aquí lo que conté en un programa radial: mi familia tiene una mascota, que fue adquirida cuando su vida estaba en riesgo y que luego hicimos todos los esfuerzos por salvar. Mi familia y yo le damos todo el cariño y cuidado necesarios para que tenga una vida feliz, incluyendo controles periódicos en el veterinario. Otra cosa más: siempre sacamos a nuestra perrita con correa y recogemos sus desechos en una bolsa.

Y mientras no pueda realizarse en el país un debate serio y desapasionado sobre los perros callejeros, que sobre todo tiene que ver con la salud pública y la seguridad ciudadana (cada día hay más mordeduras de perros callejeros en Bolivia que atracos), los sistemas de recojo de canes de las alcaldías, antes llamadas perreras, seguirán sin funcionar o funcionando a medias o a cuartas. El problema, por tanto, persistirá y Bolivia seguirá siendo uno de los países con más perros vagabundos per cápita del mundo y con más prevalencia de rabia canina.

Fue interesante, sin embargo, observar que la mayoría de los lectores de la columna estaban de acuerdo con su contenido, lo que se comprueba en los "likes” generados en las páginas web de los diarios que la publican (una vez que hice notar aquello mediante un tuit, los defensores de los animales se organizaron, lo que hizo cambiar esa tendencia). 

Con todo, se puede afirmar que más o menos el triple de personas respaldaron el mensaje del artículo respecto a los que no. Es la "mayoría silenciosa”, que no insulta ni tiene capacidad de organizarse, pero que por lo menos puede establecer su criterio mediante un "me gusta”.

 Esa "mayoría silenciosa” no organiza bloqueos ni marchas, pero, estoy convencido, aspira a vivir mejor. Al margen de su posición política, esos vecinos desean que las calles tengan menos heces de perro, que las fachadas de las casas estén en mejor estado y no pintarrajeadas, que las aceras sean mejoradas, que los árboles no sean mutilados, sino podados y que existan más áreas verdes.  Dejo para el final los tres principales problemas de la ciudad: que se mejoren los sistemas de tráfico vehicular que genera gigantescos atolladeros, que mejore la seguridad ciudadana y que se ordene el comercio minorista.

 Sin embargo, al parecer, esa "mayoría silenciosa” piensa, como lo hace sus autoridades municipales, que nada de eso puede ser logrado. Que estamos condenados a que miles de minibuses atasquen nuestras calles y contaminen nuestro aire; que los grafiteos en las casas no se pueden evitar; que la basura en todas partes es imposible de eliminar; que la contaminación visual y sonora es irremediable; que la aspiración de caminar por aceras limpias y bien tenidas es algo que sólo se puede dar "en otros países”.

 Bueno, es verdad. "Otros países” lo han logrado. El centro de Quito ha sido recuperado y hoy sus casas, comercios e iglesias lucen refaccionadas e iluminadas. En amplias zonas de Lima se ha mejorado la seguridad ciudadana, además de que se han embellecido los barrios y los parques han aumentado. Para no hablar del desarrollo de Medellín, que es hoy una ciudad modelo cuando hace sólo dos décadas estaba tomada por cárteles del narcotráfico y otras bandas delincuenciales.

 En esas ciudades, "las mayorías silenciosas” se aliaron a sus alcaldes para enfrentar los problemas de más difícil resolución. Bogotá y Quito pudieron aprobar los sistemas de buses  "Transmilenio”, pese a la oposición de los transportistas, como Lima logró sacar de sus calles a miles de comerciantes minoristas y Santiago erradicó los horribles cables de electricidad y telefonía. En La Paz y otras ciudades del país eso está lejos de suceder. 

Raúl Peñaranda U. es periodista. Twitter: RaulPenaranda1
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