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La escaramuza

Reflexiones sobre el feminicidio

Reflexiones sobre el feminicidio
Una suerte de epidemia de feminicidios azota las principales ciudades de Bolivia y gran parte de las sociedades del siglo XXI. Si consideramos el desarrollo histórico de las reivindicaciones femeninas podríamos haber esperado una situación menos dramática. Ya llevamos varias décadas en que activistas de diferentes organizaciones, tanto locales como internacionales, despliegan campañas que permiten alterar los valores machistas y establecer un sentido de equidad e igualdad de derechos de género. A pesar de ello, los esfuerzos parecen tener muy poca incidencia. Complotan contra estos esfuerzos la carga histórica de la organización social, basada en la preeminencia masculina y una cultura machista profundamente arraigada en la estructura productiva, social, cultural y política dominante. 

Se suma a ello una avasalladora erotización de la sociedad, donde los deseos en torno a la figura femenina dominan el espectro de la comunicación social e interpersonal. Este es el aspecto que me propongo desarrollar brevemente en este artículo: la erotización y el comercio de la sexualidad femenina como un elemento inherente a todo feminicidio.

La explotación estética y sexual de la figura femenina y los placeres sexuales han sido desde siempre un mecanismo de enorme poder en la modulación de los deseos. Se sostiene que el potencial económico del comercio de placeres relacionados a la figura femenina alcanza dimensiones asombrosas desde el momento en que se incorpora al mercado en calidad de  mercancía sin valor de cambio; esto es, una vez "consumida”, agota todas sus posibilidades de "uso” y, en consecuencia, disfrutar de estos deleites, supone una nueva erogación económica con la subsecuente tasa de beneficio. 

Es una erogación que se agota en el mismo acto. Esta ley del capital funciona de forma idéntica en las profundidades psíquicas del criminal que comete feminicidio. Nada le resulta suficiente y, al final, todo se confunde: el límite de lo permitido y lo vetado, del bien y el mal desaparece.

El desarrollo del capitalismo está en gran medida basado en una cultura de consumo en la que si la demanda no existe se la crea. Los especialistas en marketing son una prueba de la eficacia en la manipulación de los impulsos consumistas que, a estas alturas del desarrollo planetario de los mercados, mereció el calificativo de "sociedad de consumo”.  El "consumo de bienes y servicios” es pues el dispositivo que hace posible el desarrollo de las fuerzas productivas y el avance del capitalismo; todo lo que puede transformarse en mercancía vendible debe explotarse inmisericordemente a despecho de que esta arremetida termine trastocando los valores que, en algún momento de la historia de la humanidad, protegían la integridad, moral, ética y física de los ciudadanos.  

En este escenario, el mercado de los placeres (acompañado de un multimillonario negocio de trata y tráfico de mujeres) nace junto a la liberación de todas las fuerzas productivas, la creatividad artística, la ciencia y la tecnología. El éxito del capitalismo se debió, en gran medida, a la liberación de la subjetividad humana. 

En una sociedad en que todos los esquemas valorativos adolecen de una versatilidad progresiva -según la cual nada puede sostenerse como un principio inviolable y todo debe flexibilizarse, al punto de integrar un esquema de relaciones líquidas, fluidas, en las que todos sabemos dónde empieza un acto humano pero no sabemos dónde puede terminar, porque, finalmente, ya todo está permitido-, la industria de los placeres, asociados a la sexualidad, liberó todas las trabas que protegían a las mujeres y, junto a esta liberación deliberada, liberó también las fuerzas del crimen que la acompañan. En el epicentro de esta espiral ad infinitum está el criminal, el feminicida, el desquiciado.

Es en este escenario en el que el feminicidio se hace comprensible como fenómeno sociológico.
 
No se trata de un acto criminal desligado de una sociedad en que toda la existencia ha sido erotizada, se trata de un crimen que da cuenta de la ausencia de límites en la vorágine del capitalismo moderno.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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