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La escaramuza

Quiebre ético

Quiebre ético
Presenciamos estupefactos y de una forma abrumadora el derrumbe  moral del Estado. Su quiebre ético.  La promesa de ser la reserva moral del planeta no pasó de ser un canto de sirenas en estado perpetuo de simulación.  Si  seguimos el curso de los discursos exitistas, moralistas, éticos, políticos, económicos, jurídicos, etcétera, sólo terminamos en la desolación de un rosario de apariencias, que una a una se derrumbaron en un laberinto de   corrupción que genera un escándalo por semana. 

 Empero, a diez años de gobierno, empiezan a caer estrepitosamente la infinidad de escenificaciones artificiales que un poderoso aparato propagandístico construyó de forma minuciosa, calculada, técnica y aparentemente científica. Observamos dolidos la imagen de un país que no es como nos lo pintan, de un gobierno que no es lo que aparenta, de un poder que está cada vez más lejos de sus gloriosos discursos y sus imaginarios informes, y más cerca de las sombras que de las luces. De un gobierno ahogado en sus propias ensoñaciones.

 No se trata de la emergencia de eventuales errores humanos, transgresiones nacidas en la ambición de arribistas, traiciones de falsos profetas y la consecuencia natural que sobreviene cuando el Estado se asume como un botín de guerra; todo esto ya pasó en nuestra historia, lo grave de la situación actual es que  no es sólo eso, es la crisis moral de un gobierno que se dejó arrastrar por el "le meto nomas y después lo arreglamos”, que es como una convocatoria a la desobediencia de la norma, al público desconocimiento de los límites que hacen la diferencia entre el error humano y el acto doloso. Entre la verdad y la mentira, entre lo honesto y lo corrupto, entre la realidad y la mera representación en el escenario de la historia.

 Cuando nos sobrecoge la muerte de una niña masacrada por sus padres y que en la agonía de su dolor sólo pedía "irse a Jesús de Belén”, un imaginario refugio, lejos del fragor de sus torturadores padres, no solo pensamos en ella, nos preguntamos cómo puede generar una sociedad almas tan espantosas, y, sabe señor lector, creo que eso sólo es posible cuando un Estado ha resuelto trocar sus principios éticos y sus estructuras morales por las prebendas del poder y los espejismos de grandeza; cuando la regla es "métele nomas que después lo arreglamos”.

 De la considerable cantidad de acciones estatales, que sin duda aportaron al desarrollo de la nación; de la franca política de inclusión social que fue, inobjetablemente, lo mejor que le salió al Gobierno (hasta que éste se hizo racista a la inversa). Del crecimiento económico, que le cayó como un regalo de Dios, sólo hemos cosechado la certeza de que en un determinado momento éste podría haber sido el mejor gobierno de la historia republicana de la nación, excepto que, para fundar un país de la magnitud sociológica que se planteaba, se requería una dosis ética y moral que lamentablemente no la tiene. El único recurso disponible cuando los regímenes tratan de ser lo que no son es el imperio de la apariencia, el desliz de la agresión, el dispositivo totalitario y, finalmente, la ilusoria fantasía de que son eternos e irreemplazables.

 Seguramente, para los que se encargan de fichar a los que nos atrevemos a pensar diferente, este artículo parecerá un incendiario pronunciamiento político. Se dirá que es la expresión de la derecha neoliberal a más de todos los calificativos que en mi larga vida vengo escuchando desde los remotos años en que todavía creíamos en la virginal pureza de los Castro y el paraíso perdido de la Rusia socialista. No sean ingenuos, este es un modo de ver las cosas totalmente al margen de las ideologías; es, para serles honesto, lo que la gente comenta en las calles en el trajín del diario vivir. Es la frustración de los de a pie, al margen de los partidos y de las razas que tanto se esfuerzan en enfrentar, y obviamente, de los que estamos lejos de las prebendas del poder y hemos decido no traicionar nuestra fe democrática.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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