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La escaramuza

La mentira

La mentira
Todos recordamos el momento en que el presidente Morales reconocía en una declaración televisada que efectivamente el hijo que había procreado con la señorita Zapata había muerto y, en consecuencia, había existido. Compungido y en apariencia dolido aún por aquel hecho estableció así la veracidad del caso. Poco  tiempo después todas las versiones fueron alteradas o negadas. Entre argumentos que van y vienen se dijo que el resultado negativo del referendo de febrero era producto de este oscuro episodio. Hoy los vencidos demandan la anulación de los resultados en virtud de que éstos no son más que el producto de "una terrible mentira”.

 Todos sabemos que la política es impredecible y siempre se nos ha dicho que los argumentos de este tipo pueden ser de lo más variados y ocurrentes posibles. La lucha por el Poder es, acá y en todos los países del orbe, una sucesión interminable de astucia e imaginación. Hubo quien llegó a desatar una guerra contra un país vecino a fin de salvar el destino político de su partido, su imagen personal y el credo político que defendía. En política casi todo es posible, siempre y cuando ese "todo” no caiga en el absurdo.

 Desde esta perspectiva, la pregunta  que nos ocupa es: ¿un argumento moral  -como es declarar la victoria del No como efecto de una mentira- podrá producir un resultado político -como es viabilizar la cuarta re postulación de Morales?

 La respuesta convoca varios elementos que habría que tomar en cuenta. Primero,  que la mentira sistemática es inherente a los regímenes de corte populista, en la medida en que éstos apelan  a la subjetividad humana más que cualquier otro tipo de régimen. Mentir sobre las cosas que afligen a la gente, crear un universo de majestuosas victorias, construir elefantes blancos con el solo fin de brindar una imagen falseada de la realidad, desplegar un arsenal comunicacional de proporciones inmensas y costos incalculables  con el objetivo de brindar una imagen inexistente, es y será la estructura de soporte de todos los regímenes en los que los preceptos ideológicos se anteponen a la realidad concreta. Por eso Marx, con toda razón, definía la ideología como la "falsa conciencia” que la clase hegemónica construye con el único fin de someter al conjunto de la sociedad. 

 En el campo político, la mentira es un artificio ideológico que termina como un acto colonial de dominación de un grupo frente al conjunto de la comunidad. La forma extrema de este procedimiento es mentirle al pueblo en nombre de una supuesta mentira, como en el caso de demandar la anulación de los resultados del referendo de febrero de este año arguyendo que se debieron a una mentira. El Gobierno le miente al pueblo porque finalmente no fue una mentira; de hecho, la existencia del niño la reconoció en un principio su propio progenitor.

 Intentar desconocer la voluntad popular haciendo uso de un recurso tan peligroso como la mentira, en un régimen que se caracteriza por mentirle al pueblo, es, sin duda, un movimiento altamente riesgoso. Si se agrega a esto que la única manera de evadir el peso de mentirle a la sociedad es reconocer que no se sabía nada de lo que pasaba y todos eran "caras conocidas”, lo único que se logra es poner en evidencia el manejo mentiroso del poder. 

 Intentar anular la derrota del 21F mintiéndole al pueblo no va a reproducir el poder político que requeriría un eventual nuevo gobierno de Evo Morales, peor si se le miente aduciendo que semejante derrota es producto de una mentira que nunca existió. Mentir en nombre de una mentira parece un movimiento explosivo. Por lo demás, el argumento linda en el absurdo y el sinsentido, y asume un nivel tan pobre de inteligencia ciudadana que se lo siente como un insulto, un acto de soberbia tan infantil e ingenuo que pone en ridículo a quienes los sostienen y evidencia una mentalidad colonial, muy similar a la de los conquistadores europeos que le mentían a los nativos para sojuzgarlos. 

 Tratar de desmantelar todo el andamiaje jurídico apelando a una mentira inexistente es propio de un mundo surrealista, una crisis de alucinación paranoica, una aberración política que sólo, y en el mejor de los casos, sumará cero.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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