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La sociedad del miedo

La sociedad del miedo
Durante muchísimos años los hombres vivieron amenazados por toda clase de adversidades. La naturaleza era entonces el enemigo principal. Sus temores eran casi en su totalidad provenientes de su insignificancia frente a las fuerzas devastadoras del entorno. A lo largo del tiempo sus miedos fueron adquiriendo una naturaleza diferente. La cultura impuso su propio peso y a los temores frente a  la naturaleza se sumaron los de las fuerzas misteriosas que definían las sanciones que poderosos dioses imponían a través de míticas figuras y sacerdotes implacables. Eran los dioses y sus terribles representantes el epicentro del miedo. 

Los humanistas y el Siglo de las Luces echaron por tierra el espantoso oscurantismo y emergió la razón humana  como el  eje central de gravitación de la vida humana. Rápidamente el capital sustituyó todos los oráculos. El capitalismo transformó la sociedad en una entidad gobernada por la razón humana, empero, otro tipo de miedos emergían de forma irreversible.
 
En menos de tres siglos hemos llegado al punto en que pasamos de dominar la naturaleza a la conquista del espacio. Le hemos perdido el miedo a las ciegas fuerzas de la naturaleza; sin embargo,  junto al declive de estos temores emergieron los que acompañan el protagonismo de las grandes urbes, ésas donde el miedo ha pasado de los espacios individualizados a los espantos colectivos nacidos en las entrañas de la sociedad masificada, informe, hedonista  e implacable.
 
Ya no le tememos a los misterios del rayo y el trueno, tenemos cosas mucho más próximas. Nos da miedo el vecino, el desconocido que atraviesa la vereda de enfrente. Ya no es posible confiar en nadie y el círculo de personas que otrora eran una garantía de seguridad y estabilidad se ha tornado amenazante. Ya casi sin espanto alguno nos enteremos cualquier día que el pacífico vecino de nuestra cuadra era en realidad un asesino en serie, un sádico desalmado. 
 
Cada hombre localizado apenas unos milímetros más allá de nuestro círculo de confianza, un círculo mínimo, vital, insustituible y en lo posible inaccesible, adquiere el estatus del "otro”, desconocido, misterioso, amenazante. 
 
Desencadenadas las fuerzas del mal la soledad humana empieza a sustituir nuestras innatas habilidades sociales y a cada victoria de la soledad se incrementa el miedo. Hubo un tiempo en que el crimen era exclusividad de la edad adulta, de hombres pobres, iletrados. Hoy no tiene edades, ni   género, ni clase social, ni
grado educativo, un monstruoso emporio del delito recubre el tejido social y cubre de miedo nuestra existencia.
 
Hasta no hace mucho nos tranquilizaba la presencia de las fuerzas policiales. Un policía nos llenaba de serenidad y su mera presencia creaba un espacio de seguridad, ante su presencia retornaba  la normalidad de la existencia humana. Hoy, asimilada a las más oscuras fuerzas del mal, su presencia nos intimida, nos llena de miedo, sabemos que sus recursos son aún mayores a los que desplaza el villano que deambula las calles y una compleja estructura de corrupción, y el encubrimiento los ha transformado en un elemento altamente temible.
 
Son, de alguna manera, la expresión uniformada del temible Estado, de ése que hace rato dejó de ser un "Estado de Derecho”.
 
Aquel Estado, al que los hombres le habían delegado la administración de sus derechos en aras de su seguridad y de su propia vida, se ha convertido en la quinta esencia del miedo. Con todo el aparato represivo bajo su control no tiene límites. De nada sirven los románticos enunciados de su reinado, ya nadie es igual ante la ley.
 
Transformado en el epicentro de la violencia organizada ha despojado a los ciudadanos de todos sus líricos derechos. Cambia las leyes a su antojo, las reinterpreta como mejor le viene en gana o, simplemente, las ignora. 
 
Invade todos los espacios de nuestra existencia. Por momentos, pensar diferente, hablar, protestar, decir lo que uno piensa adquiere la inminencia del desastre, presagia una venganza irreparable. Cada acto de represalia adquiere el estatus de escarmiento. 
 
Hemos llegado al punto donde el Estado, al servicio de unos cuantos, sólo genera más miedo del que produce la sociedad de masas. Empero, todo indica que hemos alcanzado el límite en que  quizás, de pronto, quien sabe, ha llegado el tiempo de las grandes batallas por la libertad.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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