La Paz, Bolivia

Martes 22 de Agosto | 20:37 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
La escaramuza

Poderes dinásticos

Poderes dinásticos
El Presidente Ortega, de Nicaragua, acaba de suspender de sus funciones al Poder Legislativo y, sin controles constitucionales de por medio, nominó como candidata a la vicepresidencia, nada más y nada menos que a  su esposa. Se trata, como todos sabemos, de un viejo líder de la izquierda latinoamericana, cuyo mayor mérito consistió en el derrocamiento del dictador Somoza, el año 1979, a través de una heroica lucha revolucionaria que lo llevó al poder entre 1985 y 1990. 

Retomó el poder hace cinco años y postula su tercer periodo. Genuino representante de la izquierda leninista latinoamericana, pasó a la historia en el pabellón de los que hicieron posible el retorno de la democracia en los aciagos años de las dictaduras militares que asolaron el continente en las décadas de los 60 y 70.

Los esposos Kirchner, en Argentina, una expresión de la izquierda peronista, desde el mítico Perón, optaron por una vía más directa. Al segundo periodo presidencial le siguió la esposa, lo que dio lugar a calificar todos esos años  "la era Kirchner”. 

En Cuba sucedió algo similar, a la decadencia senil de Fidel Castro le siguió el hermano, Raúl Castro, con lo que la dinastía lleva más de medio siglo en el poder. El calificativo "la era” resulta en este caso totalmente insuficiente.
En Ecuador, su actual presidente optó por instruir la modificación constitucional que lo habilitaba para ser presidente vitalicio y aunque luego desistió de semejante postulado la intencionalidad de permanecer en el poder por tiempo ilimitado se instaló como un riesgo inminente en ese país.

En el nuestro vivimos la pugna por un intento prorroguista que, en las versiones más moderadas, pretende extender el mandato de Evo Morales un periodo más y, en su versión extrema, declararlo, como en el caso de Correa en Ecuador, presidente vitalicio.

Lo que tienen en común estos casos es que todos quedan dentro los límites de lo que podríamos llamar "gobiernos progresistas”. El segundo común denominador es que, en el intento de mantenerse en el poder, echan mano de un recurso filial, dinástico. Si no son ellos, son parientes de primera línea consanguínea.
 
Paradójicamente, en todos los casos se trata de personalidades que asumieron una posición progresista antitética a todas las formas coloniales basadas en el linaje.

¿Qué lleva a estos líderes a asumir una posición francamente antidemocrática y colonial? La mayoría de los que observan este fenómeno adoptan tres posiciones explicativas. La primera está centrada en una característica personal y sostiene que las intenciones prorroguistas derivan de la ambición desmedida de poder, fundada en los beneficios y ventajas tan difíciles de abandonar una vez experimentados. 

Esta posición, a claras luces, es insostenible en la medida en que el poder es mucho más que eso e implica un vasto conjunto de factores históricos, culturales, sociales, políticos, etcétera. De manera que esta tesis es sociológicamente insostenible.

La segunda explicación está basada en juicios provenientes de la biopolítica en su versión genética. Esta sostiene que, así como el fútbol es una reminiscencia de los hábitos de caza que las sociedades tribales desarrollaron como método de supervivencia, el poder es un código genético configurado en el pasado remoto de la especie, orientado en todos los casos a mantener un orden por mediación directa del jefe tribal. Una estructura centrada en las capacidades del caudillo, instalada bajo un código genético en la estructura de personalidad básica de los que pretenden su permanencia en el poder.

La tercera sostiene que no se trata de una ambición personal ni de un condicionamiento genético, sino, más bien, de la necesidad de llevar adelante un proyecto societal a la justa medida de su mentor y de los intereses de clase, raza, credo u otro elemento. Desde esta perspectiva, los intentos de mantenerse en el poder obedecen a la necesidad de transformar la estructura social en todos sus niveles (objetivos y subjetivos) en el largo plazo, con el fin de  consolidar una cultura y una cosmovisión a ser inscrita en la subjetividad humana a través de sucesivas generaciones. 

Algo así como sostener que la "idea” de un Estado etnocéntrico -por ejemplo- sólo será posible a través de una larga permanencia en el poder capaz de garantizar una réplica sucesiva de esa cosmovisión y esa cultura.
 
Aunque esta hipótesis parece más plausible, no existe en la historia moderna una prueba objetiva. Regímenes de larga data terminaron sin lograr nada. Otros, en cambio, muy breves, marcaron para siempre sus respectivas sociedades.

Renzo Abruzzese es sociólogo. 
72
2
Comentarios

También te puede interesar: