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La escaramuza

Unidad nacional y estructuras culturales diversas

Unidad nacional y estructuras culturales diversas
La mayor interrogante que pretende contestar la sociología clásica tuvo que ver con aquellas cosas que permiten que una comunidad se mantenga unida. Qué fuerzas intervienen para mantener unida la sociedad y qué posibilidades de mantenerse unida existen en un determinado momento de la historia. 

Casi todas las reflexiones que dieron pie a la teoría sociológica moderna, particularmente después de las dos guerras mundiales, tenía que ver, de alguna manera, con esto. Se arguyeron una enorme cantidad de teorías, pero sólo una parecía tener fundamentos que permitieran adoptarla como un juicio adecuado y coherente. La respuesta más compartida en este sentido sostiene que una sociedad se mantiene cohesionada cuando hay más cosas que unen a los ciudadanos de aquellas que los dividen o los separan.

El espectro de elementos, obviamente, cubre todo los campos de la vida social: la política, las ideologías, las formas de representación social, el poder y aquellos elementos que hacen a la subjetividad social en todas sus magnitudes y variantes. Basados en esto parece útil preguntarse si la diversidad cultural y la existencia de 36 "naciones” al interior de Bolivia es un elemento que cohesiona y fractura la unidad nacional.

En principio habría que reconocer que Bolivia, por referencia a su diversidad étnica, comparte con otras naciones una estructura que cobija culturas diferentes: aimaras, quechuas, guaraníes, ayoreos etcétera, conviven dentro el espacio de la República organizada como Estado Plurinacional. En la medida en que ninguna de ellas puede abandonar su propio espacio y dado que éste hace parte de la nación, los sentimientos de identidad están arraigados en los más profundos filones del territorio nacional. 

Comparten, en este sentido, un sentimiento de pertenencia por encima de sus diferencias culturales. Hay en esto un campo común del que ninguna de las 36 culturas que conforman la Bolivia actual puede renunciar, no sólo porque ese es su hábitat natural, sino porque, además, es el único que tienen y el único en que sus propias cosmovisiones tienen sentido. De esta forma las diferencias se amalgaman bajo una concepción integradora: todos son bolivianos.

Como contraparte, cada una de ellas posee una cosmovisión diferenciada. Las culturas de tierras bajas "leen” el mundo que los rodea de manera absolutamente diferente a las de tierras altas.
 
Entre los Ayoreo y los Aimaras las diferencias son abismales y, en consecuencia, su existencia transcurre en la compleja yuxtaposición de una identidad nacional y una identidad particular, que no siempre coincide con los proyectos de sociedad que se suceden a lo largo de la historia. Hay pues un principio identitario que los hace diferentes entre ellos en los marcos de una identidad nacional mayor.

La unidad nacional, es decir, la posibilidad de que a pesar de ser tantos y tan diferentes reconozcan una pertenencia mayor a sus propias cosmovisiones es, en consecuencia, un dispositivo de poder más que uno cultural. El poder del Estado es el único artificio que produce unidad o la destruye.

La hipótesis acá es que la unidad nacional es posible, cuando el Estado se instituye como un mecanismo de articulación capaz de lograr que el Estado de cuenta de la presencia de todos los estamentos culturales y sus variantes sincréticas y no sólo de alguno, o de algunos. Si esto no se ejecuta como un proceso efectivamente pluricultural, la función etnocéntrica es el recurso menos eficiente para integrar una nación como la nuestra, y probablemente, insistir en la imposición de una sola visión étnica y transferirle al Estado esos contenidos que de manera dominante genere en el largo plazo más tensiones centrípetas que centrífugas; es decir, más elementos que nos separen de aquellos que nos unan.  

Desde ésta perspectiva, y como es natural además, la garantía de unidad nacional está en manos del Estado más que de los ciudadanos vinculados a través de sus culturas, sean estas originarias o sincréticas. Crear un imaginario de unidad y neutralizar los fundados en la diferencia son, en gran medida, la garantía de una nación capaz de afrontar los desafíos de un futuro marcado por la mundialización y globalización de la sociedad moderna, pero, además, afincar las estructuras de un país que asegure el bienestar de todos sus ciudadanos en igualdad de condiciones.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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