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La escaramuza

Legitimidad sitiada

Legitimidad sitiada
La Edad Media se puede definir como el momento en que el mundo y la vida social en todas sus múltiples expresiones fueron reducidas de una forma radical al ámbito de la privacidad religiosa.
 
El objetivo supremo de cada ciudadano era la salvación de su propia alma y el derrotero de este  ordo terrerum  era la obtención de un estado de gracia. La politicidad fue sustituida por la fe. La historia ha definido esta situación como la etapa en que la humanidad quedó sumida en "oscurantismo”. 

Para entonces las reflexiones sobre la legitimidad de un régimen o del sistema era innecesaria, porque luchar contra las fuerzas del mal con el único fin de salvar el alma ante el inminente juicio divino copaba la totalidad de la existencia humana; los hombres dedicaban la vida entera a este fin y los que los gobernaban alimentaban los miedos que ponían en duda la eficacia de esta lucha cotidiana frente a las fuerzas del demonio. 
 

Por suerte las cosas no son inmutables, la modernidad trastocó este catastrófico régimen e impuso una visión centrada en los derechos del hombre lo más lejos posible de la religión. Ante la notoria ausencia del demonio lo que se ponía en tela de juicio era la legitimidad del régimen, de manera que la situación de un gobierno puede cambiar dramáticamente cuando los ciudadanos se percatan de que el estado de la sociedad en que conviven se ha hecho problemático.

La reflexión pasa por preguntarnos qué tan legítimo es un gobierno  después de una larga gestión. Todo parece indicar que en una situación así mantenerse en el poder ya no es una cuestión tan fácil; en nuestro caso, -por ejemplo- el gobierno del MAS se ha hecho problemático, ha perdido legitimidad. La sociedad ya no está dispuesta a refugiarse en sus  fueros internos en espera de mejores tiempos. A más de una década los niveles de disidencia interna en las filas del partido de gobierno ya son una amenaza. La ineficiencia, el repliegue de sus mejores intelectuales, el descreimiento internacional ante un gobierno que ofreció ser la "reserva moral del mundo” y terminó como uno de los regímenes más corrompidos del planeta se percibe ahora como una cuestión problemática y hace del régimen un gobierno cada vez menos legítimo.

En la Edad Media, cuando el "orden Divino” fue puesto en duda, el sacro poder de entonces desencadenó la Santa Inquisición. En el imaginario de aquellos tiranos las almas volverían al letargo de la fe por la fuerza coercitiva o la violencia desenfrenada. En la modernidad se hace lo mismo pero de manera diferente; se suprimen los derechos individuales o se los ignora, se hacen y se rehacen las normas a medida del dictador, se liquidan las instituciones democráticas, y en el óptimo posible se eliminan los contrapesos. Se sabotea a los partidos y se elimina la división de poderes, mejor aún, se declara oficialmente una nación unipartidaria (como Cuba, por ejemplo) y detrás de todo este artilugio, una cortina de sutil miedo, de coerción instituida y de violencias encubiertas  forma el telón de fondo. Sin embargo, en estricta aplicación de un principio matemático, el resultado en términos de legitimidad es "inversamente proporcional”: a mayor violencia estatal menor legitimidad.

 Este estado de cosas, de por sí problemática, se combate echando mano de categorías totalmente amorfas, la principal de ellas "el pueblo”, una instancia abstracta que puede ser fácilmente construida si reúno cuatro o cinco corporaciones en nombre de todos los anónimos ciudadanos. En la parafernalia de este peligrosos juego todos los actos se hacen en nombre del pueblo; esto, sin embargo, colisiona si el pueblo define una línea y el poderoso otra. Lo hemos visto cuando  la voluntad de los pueblos originarios es defender el medioambiente y sus territorios, y la del régimen avasallarlos o cuando el pregón de la conciencia moral colapsa con un rosario de escándalos ya casi cotidianos.

 Desde el punto de vista de la legitimidad de un gobierno, la suma total de estas terribles contradicciones tiene tres salidas: una honrosa, que consiste en el repliegue; la desastrosa, que consiste en el prorroguismo; y la más peligrosa, la más obtusa: la medieval imagen de que se es absolutamente imprescindible.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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