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La escaramuza

El hermano Trump

El hermano Trump
En nuestro medio, con cierta facilidad se tiende a identificar como regímenes populistas todos aquellos gobiernos que surgen  en países cuyos niveles de desarrollo muestran un retraso considerable frente a los países del primer mundo, esta imagen sin duda es un producto natural de las frustraciones históricas que nuestros pueblos sufrieron a lo largo de su historia y como una consecuencia natural del estado crónico de postración. Se considera que las clases dominantes y las potencias externas son los responsables y beneficiarios de este estado de cosas. Esta, sin embargo, no es la regla, populismos han surgido en países altamente desarrollados a pesar del bienestar general de su población y de altos estándares de vida. Trump podría ser una expresión de este.

En realidad el populismo pretende reordenar los términos del discurso político, redefinir las relaciones políticas de las fuerzas involucradas  y construir nuevas identidades, y esto se hace necesario en la mayoría de los casos por encima de los niveles de desarrollo económico. Los populismos se dan cuando hay un agotamiento de la sociedad civil, fenómeno que caracteriza la sociedad norteamericana de las últimas décadas, en consecuencia, Trump se presenta como un esfuerzo por reinventar la política en esa sociedad, apelando con este fin –como en todos los populismos- a la noción de "pueblo”. Esto parece evidente cuando el nuevo mandatario decía a los norteamericanos  que su victoria no era una mero cambio de administración: "hoy –sostenía- no estamos simplemente transfiriendo el poder de una administración a otra, o de un partido a otro, sino que estamos transfiriendo el poder de Washington  D.C. y devolviéndoselo a ustedes, el pueblo estadounidense… este momento les pertenece a ustedes”.

Cuando Trump decía a los norteamericanos que "lo que realmente importa no es qué partido controla nuestro gobierno, sino, si nuestro gobierno está controlado por el pueblo” o cuando señalaba que "el 20 de enero de 2017 será recordado como el día en que el pueblo se convirtió en el gobernante de esta nación nuevamente”, no hacía nada diferente a lo que los populismos latinoamericanos sostienen como argumento ideológico fundacional de sus propios populismos; hacerle ver al ciudadano normal que quien gobierna  (teóricamente) está por encima de los intereses particulares de cualquier naturaleza u origen, pero, además, que los sistemas de representación vigentes están en duda, lo que supone una reconfiguración sustancial de las estructuras de poder real al interior del Estado.

El nuevo presidente sostenía en su discurso que los Estados Unidos han "…hecho ricos a otros países, mientras que la riqueza, la fuerza y la confianza de nuestro país ha desaparecido en el horizonte”… Durante muchas décadas, -decía- hemos enriquecido la industria extranjera a expensas de la industria estadounidense; hemos subsidiado los ejércitos de otros países, permitiendo a la vez el triste deterioro de nuestro ejército; hemos defendido las fronteras de otros países mientras nos negábamos a defender las nuestras; y hemos gastado billones de dólares en el extranjero, mientras que la infraestructura de Estados Unidos ha caído en desuso y decadencia”, explicitar así el principio de fe de todo populismo; la imperiosa preeminencia de lo propio, la hipertensión de lo nativo, la exaltación de la nación como entidad rectora de todo principio subalterno y la tristemente célebre reminiscencia de un pasado usurpado por el resto del mundo, conlleva la idea de que todos son culpables fronteras afuera y de que todos los males de la nación son el resultado de la maleficencia ajena, lo que hace  del mundo un enemigo potencial.

Seguramente un análisis de contenidos más elaborado daría mejores señales de las dimensiones del cambio que Trump supone para los Estados Unidos, sin embargo, todo indica que en la Casa Blanca se ha instalado un populista de última generación, uno que, como todo populismo, exaltará su propio poderío a cualquier precio. La gran interrogante es sin duda, si este populismo de la abundancia será capaz de mantenerse en los marcos de una democracia de la talla de la norteamericana, y si una sociedad criada en el respeto de los derechos civiles será capaz de soportar algo como eso, y quizá algo aún más serio, dado que una cosa es ser populista en un país pobre, y otra cosa en la primera potencia del planeta, habrá que verse si este experimento no resulta, como muchos otros, en una expresión filo-fascista y en un riesgo global de magnitudes impredecibles.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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